Boletín FAHHO Digital No. 60 (Mar 2026)

Biushita: La flor inmortal de Oaxaca

Marla Ramos / Isabel González

De mi cuerpo podrido crecerán flores
y yo estaré en ellas; y eso es eternidad.

Edvard Munch

“Eternidad” es una palabra grande, persistente, insistente, infinita; una afirmación lingüística del acontecer natural del mundo, tan natural como el hecho de que la humanidad haya secretado una idea cuya manifestación más bella se halla en una flor. Flor inmortal o siempreviva es su nombre, o bien, “siempre me verás así”, como también la llaman en San Antonino Castillo Velasco, Oaxaca.

Aunque la especie más conocida en la literatura botánica es originaria de Australia, en México existen múltiples especies nativas con inflorescencias persistentes y brácteas secas. Su característica principal consiste en que sus brácteas —las estructuras vistosas que reconocemos como pétalos, pese a que no lo son realmente— están constituidas por células con paredes gruesas, rígidas y secas, que no dependen del agua para mantener su forma; por ello no colapsan ni se degradan al secarse.

Las brácteas no se marchitan fácilmente, sino que retienen su forma y color, incluso durante decenas de años. Esa capacidad ha permitido que estas flores sean las protagonistas de una práctica que transforma la fragilidad vegetal en permanencia simbólica y cultural. Se trata de las artesanías con flor inmortal producidas en San Antonino Castillo Velasco, de donde también son originarias Francisca Lidia Sánchez Mateos y su hija, Laura Raymundo Sánchez, artesanas de la flor inmortal del taller Biushita,1 fundado por la familia Raymundo Sánchez.

El nombre proviene de una voz zapoteca, cuyo significado fue revelado por Laura Raymundo: “en la comunidad, cuando algo ya no crece dicen que se quedó biushito”, es decir, se quedó pequeño, chiquito. Como aclara la maestra Francisca, biushita es también la forma cariñosa de referirse a la flor inmortal blanca, la más pequeña de todas con las que trabajan.

El misterio que la siempreviva parece guardar ha encontrado en la familia Raymundo Sánchez un lugar seguro. “Sagrada” es la palabra con la que la maestra Francisca describe tanto a la flor como a la labor que les permite realizar, ya que hunde sus raíces en tradiciones ancestrales, especialmente en las fiestas patronales y los convites.

El arraigo de Francisca Sánchez en la flor inmortal es apasionante; tenía 19 años cuando inició este camino que continúa a sus 69, y que ha de prolongarse por medio de sus siete hijos y sus bisnietos. El oficio lo aprendió de la familia de su esposo, el maestro Israel Gerardo Raymundo Cornelio, específicamente de los abuelos maternos de este, quienes elaboraban, principalmente, arreglos florales e imágenes para bodas y mayordomías. Para la maestra Francisca, casarse con él fue también contraer nupcias con este arte y amarlo. Ella misma describe el oficio de la flor inmortal como “un amor del pueblo, un amor celestial, un amor de Dios”, porque “nace del alma, del espíritu, del corazón” a partir de una conexión especial con las flores y su significado ritual y espiritual. Ella no sabe leer ni escribir, por eso tiene la certeza de que su habilidad artística y las palabras con las que bendice su trabajo y a las personas que lo valoran vienen de lo alto.

Sin embargo, esta sabiduría infundida no podría florecer sino mediante el trabajo arduo. El ciclo de cultivo de las flores dura alrededor de tres meses, y los cuidados, además del riego, van acompañados del amor y de un himno que se lleva a la parcela para pedir una buena cosecha. Esto implica tanto la abundancia de las flores como la diversidad de sus colores, pues de esa variedad dependen las creaciones y, en consecuencia, la vida misma de sus artífices. Es por eso que la señora Francisca no puede hacer una diferencia entre su arte y su vida.

El proceso creativo se encuentra palpitante en el cultivo, y aunque es necesario esperar a que las flores sequen, esto no impide que las ideas empiecen a surgir. En primer lugar, habrá que concebir la forma y el tamaño de la pieza deseada en la imaginación, tales elementos se ciñen a los objetos producidos en el taller Biushita: imágenes y esculturas religiosas de vírgenes y santos, cruces, corazones, estrellas, azucenas y animales como borreguitos, palomas y toros, por mencionar solo algunas. También se elaboran diseños para joyería, como aretes y collares. Las obras a escala se realizan con una técnica, propia del maestro Israel Raymundo, que consiste en trazar sobre la tierra un bosquejo de la pieza para sacar la medida de los carrizos. La selección de los carrizos es otro momento importante en el proceso, pues con estos —cortados en tiras— ha de elaborarse la base o el armazón de la obra, sobre la cual se zurcen hojas secas de plátano para crear el soporte que han de recibir las flores, de donde la obra toma su aliento vital.

“Cada pieza tiene una historia, un decir”, señala la maestra Francisca. Pero, como apunta Laura Raymundo, todas tienen un origen festivo y ritual en las celebraciones religiosas, y fue precisamente ese carácter el que las popularizó entre la gente, principalmente gracias a la elaboración de canastas con imágenes religiosas que las mujeres portan en las calendas. La pieza más antigua que conservan es precisamente una canasta en forma de arpa, cuya edad ronda los 56 años. Con el paso del tiempo, a las obras de carácter ritual se han sumado las ornamentales hasta llegar a la creación de piezas más pequeñas que viajan a otros estados y países. Esto ha sido posible gracias al impulso que Laura y su hermana, Monserrat Raymundo Sánchez, han dado al taller por medio del uso de las nuevas tecnologías y las redes sociales.

La familia Raymundo Sánchez no desea que la herencia de este saber muera con ella. Afortunadamente, existe un claro interés por parte de las nuevas generaciones: no obstante, Laura considera que lo importante es enseñar y aprender este arte con responsabilidad. Es necesario “transmitirlo de una manera real: primero hay que conocer la historia y a los creadores, así como el significado de los materiales”, pues este legado tiene un profundo valor simbólico que atraviesa a cinco generaciones, y su permanencia se debe a la responsabilidad con la que se ha transmitido. En este sentido, para la maestra Francisca y su hija Laura, aprender y enseñar con responsabilidad y amor es parte fundamental para preservar el arte de la flor inmortal, partiendo del reconocimiento y la valoración de la labor ancestral de los maestros artesanos.

El compromiso de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, mediante la Galería de Andares del Arte Popular, se inscribe en esta misma línea de revaloración del arte popular. En este marco, en el mes de mayo el taller Biushita hará presencia en el Centro Cultural San Pablo con una exposición. Porque, en cada flor que no se marchita, en cada color que resiste al tiempo, la obra de este taller afirma que la eternidad no es una promesa abstracta, sino un acto cotidiano. Mientras haya manos que siembren, voces que canten a la tierra y flores que guarden la memoria de una comunidad, la flor inmortal seguirá diciendo —en silencio— que nada verdaderamente sagrado desaparece.

1 El taller Biushita está ubicado en Independencia 57, San Antonino Castillo Velasco, Oaxaca.


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