Un miércoles de plaza entre las nubes

Cada que entro a un mercado de Oaxaca, algo se activa en mí. Tal vez son los montones de hierbas frescas, las frutas brillantes o todas esas voces que se mezclan entre ellas. De inmediato recuerdo mi infancia, cuando acompañaba a mi abuela a vender cazuelas de barro. Era tanto el ruido que no lograba distinguir qué le decían, pero recuerdo claramente una palabra que se repetía: trueque.
En ese entonces no entendía por qué no le pagaban con dinero, sino con productos como fruta, carne o tortillas. Años después comprendí que el trueque es una forma de intercambio que se ha practicado desde hace siglos y que aún permanece vivo en muchos pueblos de Oaxaca. Recordar esto mientras exploraba la exposición “El Reino de las Nubes” del Museo Infantil de Oaxaca me llevó a hacerme una pregunta: ¿y si el trueque, en vez de explicarse, pudiera vivirse desde que somos pequeños?
En el MIO impartir talleres es siempre una nueva aventura; correr de un lugar a otro en busca de pistas, ver a los niños arrancar verduras del huerto mientras están disfrazados de tlacuaches, o convertir la antigua bodega de los ferrocarrileros en un mercadito. Así nació “Detectives del trueque”, un taller en el que niñas y niños de Oaxaca, a través del juego, se tienen que convertir en exploradores de una historia viva.
Al iniciar el taller, tenían la misión de llenar sus bolsillos de la moneda más valiosa en nuestra pequeña ciudad zapoteca: el cacao. Para ello tendrían que realizar diferentes trabajos a lo largo de la exposición y recibir algunas semillas como recompensa.
Comenzamos en la sala de Arqueología, donde las miradas se dirigieron a la gran urna zapoteca de 8 Temblor. Luego, entre el silencio y el misterio, descendimos a la tumba en busca de un consejo de nuestros ancestros. Y quienes tenían más paciencia, se aventuraron a tejer en el telar, tal como todavía lo hacen algunos abuelos.
Más adelante, el ambiente cambió. La ciudad de nuestro juego se llenó del aroma del copal y así supimos que era momento de dejar atrás las malas energías. Podíamos pasar a hacernos una limpia con hierbas del huerto, en un instante que mezclaba juego y ritual. Después, la curiosidad nos condujo al piye, en donde descubrimos nuestros nombres con base en el calendario zapoteca.
Nuestras riquezas fueron creciendo, y con ellas la expectativa que sentíamos por alcanzar el siguiente reto. Pronto llegamos a la cancha, donde nos esperaba un duelo de juego de pelota. Ahí corrimos, gritamos y nos entregamos por completo a la emoción del partido. Al final, con el cuerpo cansado, pero aún con ánimo, ofrecimos un baile ritual al gobernante del Reino de las Nubes. Para entonces, ya no éramos solo visitantes en el museo: nos habíamos convertido en auténticos been zaa, habitantes de la gran ciudad de Monte Albán.
Entonces llegó el día de plaza. El pasillo que tantas veces habíamos recorrido era ahora algo completamente distinto. Estaba lleno de olor a hierbas frescas, montones de verduras de temporada y un gran escándalo de voces que gritaban al mismo tiempo:
“¡Pásele, pásele, marchanta!
¡Que no le digan y no le cuenten!
¡Lleve el romero pa’ la memoria, la
menta pa’l empacho!
¡Hierba santa pa’l estómago y té de limón pa’l resfriado!
¡Llévele, llévele, que se acaba!”
Con el bolsillo lleno de granos de cacao y el rostro iluminado de emoción y asombro, nos acercamos a cada uno de los puestos para intercambiar las ganancias por los productos que ahí se ofertaban. Regateamos, preguntamos y ofrecimos nuestras semillas a cambio de diferentes productos del mercado. Sin darnos cuenta, estábamos viviendo aquel trueque del que yo solo había oído hablar cuando era niña.
Ver que niñas y niños recorren todos los rincones del MIO, jugando e imaginando la vida de los antiguos zapotecos, nos confirma que la exposición didáctica infantil “El Reino de las Nubes” es mucho más que un espacio museográfico. Es un lugar donde pueden reconocerse, reencontrarse con sus raíces y sentirse parte de una historia que sigue viva.
En cada recorrido, en cada risa y en cada intercambio se abre la posibilidad de entender que esas prácticas no pertenecen únicamente al pasado, sino que siguen formando parte de quienes somos. Ahora me pregunto: ¿qué otras cosas que yo no entendía cuando era niña podríamos transformar en juego para compartirlo con quienes hoy empiezan a hacerse esas mismas preguntas?