Medio milenio de sincretismo cultural en el CCSP

El Centro Cultural San Pablo posee la facultad de transformarse en una suerte de máquina del tiempo. Más que un simple espacio museístico, este antiguo exconvento opera como una cápsula temporal que transporta al visitante a través de dimensiones tanto reales como imaginarias, nacidas de la creatividad de los artistas cuyas obras albergan sus muros.
En esta ocasión, la experiencia inmersiva nos traslada exactamente cinco siglos atrás, al periodo de mayor auge del Marquesado de Hernán Cortés. En este recinto —el primer monasterio de la Orden Dominica—, los monjes atravesaban umbrales y recorrían pasillos, habitaciones y jardines dedicados al aprendizaje profundo de las lenguas zapoteca, mixteca y nahua, herramientas lingüísticas que emplearían posteriormente en la evangelización de las comunidades originarias.
Nuestra travesía comienza en la actual Sala Refectorio, espacio original de alimentación de la comunidad religiosa. Guiados por William Santiago, custodio de San Pablo, nos adentramos en “Los perros de Dios en Antequera”. Esta exhibición de cerámica policromada es obra del creador mixteco José Luis García, quien, tras un riguroso trabajo de investigación en los acervos de las bibliotecas Juan de Córdova y Francisco de Burgoa, recrea artísticamente los 500 años de la llegada de la orden dominica a la Nueva España.
A través de la muestra, el edificio recobra el misticismo y la solemnidad de su edificación en el siglo XVI. La combinación de sus muros colosales, una iluminación tenue y el canto gregoriano —seleccionado especialmente por el autor— generan una atmósfera que evoca la vida conventual de la época en Oaxaca.
De acuerdo con la explicación de William, la colección gira en torno a la fusión de la fe católica con la cosmovisión prehispánica de Mesoamérica. El maestro José Luis busca propiciar un vínculo interpretativo individual con cada espectador. Es así como surgen distintas lecturas: algunos visitantes perciben en las esculturas dispersas —de las cuales varias superan el metro de estatura— las siluetas de los antiguos frailes reunidos en asamblea. Otros contemplan en ellas representaciones de templos edificados a lo largo del territorio oaxaqueño y mexicano, modelados minuciosamente con la incorporación del azul maya y la grana cochinilla. En la sección posterior de la sala, destaca una interpretación contemporánea del Catecismo testeriano. Conforme a los testimonios del propio artista en su recorrido inaugural, esta pieza fue elaborada a bordo de una embarcación en el mar oaxaqueño, empleando pigmentos orgánicos como la grana cochinilla y el caracol púrpura para capturar la identidad del México mestizo.

A juicio de William, la propuesta visual del maestro García no se centra en el carácter impositivo de la evangelización, sino que, mediante el barro, prefiere acentuar los aportes y la riqueza estética derivados del contacto entre ambas culturas, entrelazando la iconografía cristiana con los mitos prehispánicos. La sección final de la muestra exhibe, en una sala contigua, dos imponentes estructuras de madera y cerámica revestidas en hoja de oro, creadas por el autor para evocar el brillo celeste y concebidas como una reinterpretación de los retablos característicos del Templo de Santo Domingo de Guzmán. Recreando un entorno eclesiástico, al fondo se sitúa la rama de un “árbol de la mala sombra” dispuesta en forma de crucifijo, asentada sobre un bloque de cantera. Dicho pedestal muestra la inscripción grabada en lengua mixteca “Yyacga taniño ychi andehui”, ‘escalera al cielo’, junto al emblema dominico y la efigie de un religioso que, al pie de la escalinata, porta un libro que alude a la Doctrina Christiana, fuente probable de inspiración de la obra.
Los frailes Bernardino de Minaya y Gonzalo de Lucero fueron los primeros dominicos en establecerse en 1529 en este primer asentamiento, bautizado originalmente como San Pablo de los Indios. Estudios arqueológicos señalan que el conjunto conventual fue erigido sobre los vestigios de una residencia noble que pertenece al periodo Monte Albán I, con más de dos milenios de antigüedad. Transcurridos cinco siglos, la estructura arquitectónica prevalece y funciona hoy como un centro de difusión cultural, artística y académica. El público interesado puede efectuar el recorrido bajo la guía especializada de William o del equipo de custodios del Centro Cultural San Pablo.
La exposición temporal “Los perros de Dios en Antequera” se encuentra abierta, de manera gratuita, en las instalaciones del CCSP en la calle Hidalgo 907, de lunes a domingo, de 10 a 20 horas.