Boletín FAHHO Digital No. 65 (Ago 2026)

Altolaguirre; el invisible de la generación del 27

César Elí García
Dedicatoria del editor Altolaguirre a Andrés Henestrosa. Fotografías: Acervo de la Biblioteca Henestrosa

El oficio del editor busca siempre ser invisible; cuando se lee un libro, nadie busca el nombre del editor hasta que encuentra en el texto algún error sintáctico u ortográfico, incluso una errata. El error lo hace presente; el editor más exigente siempre pasará inadvertido: su buen trabajo lo vuelve invisible.

Quizá por ello algunos de los grandes editores de la literatura terminan siendo olvidados. Cuando se habla de la Generación del 27 en España, siempre se piensa, sin duda, en poetas como García Lorca o Rafael Alberti. Pocas veces se pronuncia el nombre de Manuel Altolaguirre (1905, Málaga, España–1959, Burgos, España). Fue poeta, editor, impresor y librero, pero casi nadie recuerda que fue él quien editó gran parte de los libros de la citada generación española.

Altolaguirre estudió leyes en las ciudades de Málaga y Granada, donde conoció a Lorca; sin embargo, abandonó la abogacía para viajar a Londres, donde se formó como tipógrafo. Gracias a este oficio y a su inquietud literaria, fundó, al lado de Emilio Prados, las revistas Ambos y Litoral.

Durante la guerra civil española y la posterior instauración del franquismo, Altolaguirre tuvo mejor fortuna que Lorca y logró exiliarse. Después del fusilamiento de sus hermanos, en 1943 llegó a México en calidad de exiliado. Entre las varias amistades que fraguó en las tierras del Anáhuac se cuenta la del escritor ixhuateco Andrés Henestrosa; testimonio de ese vínculo son los ejemplares dedicados que resguarda la biblioteca homónima.

La Biblioteca Andrés Henestrosa conserva al menos diez publicaciones del poeta malagueño. Entre ellas destaca Poemas de las islas invitadas (SEP, 1944), ejemplar dedicado por el autor al escritor ixhuateco.

Para Andrés,
en los primeros días, después de muchos años,
estos poemas que solo escribí para buenos amigos como tú.
Un gran abrazo, Manolo.

Uno de los poemas representativos del trabajo literario de Altolaguirre es “Dos aguas”; en él personifica el río y sus aguas, atribuyéndoles cualidades humanas. A partir del ciclo hídrico construye una metáfora existencial: un viaje en el que contrasta la pureza inicial del líquido con el caos de sus aguas finales, como si se tratara de un individuo que termina sus días destruido.

Aguas sin suerte, solteras
despreciadas de los trigos,
canosas ya por la espuma
de las riberas del río,
¿qué infancia de nube airosa
recordáis? Habéis perdido
la niñez en cielos altos
y ahora andáis largo camino
hacia la mar que es la gloria
del agua, su paraíso.
¡Qué vejez la del torrente!
¡Qué angustioso torbellino!
Sin calmar la sed de nadie,
y sin ser para Narciso
espejos, vais a la muerte,
aguas finales del río.

Tal vez ahí resida también el destino de Manuel Altolaguirre. Mientras muchos recuerdan a los poetas cuyos libros imprimió y editó, pocas veces se vuelve la mirada hacia quien hizo posible la existencia material de buena parte de aquella generación. Como los mejores editores, Altolaguirre terminó siendo casi invisible; sin embargo, basta con abrir uno de sus libros para advertir que detrás de aquellas páginas hubo también un creador cuya obra consistió en hacer perdurable la de los otros.


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