Mi afición a la filatelia y al futbol

Mi historia con la filatelia empezó a los 11 años gracias al escultismo. Entre los nudos, las excursiones y las insignias de mérito descubrí que la filatelia también era una aventura. Una forma de conocer el mundo y su historia en pequeñas y llamativas “estampitas”, como decía mi padre. Me di cuenta de que un pedazo de papel es una ventana a otro país, a otra época, a otra historia, a otros usos y costumbres. Ahí empezó todo.
Los primeros años coleccioné sin método ni fronteras. Todo timbre que llegaba a mis manos iba al álbum: México, Alemania Federal, Japón, Nigeria, Checoslovaquia, países árabes. Me emocionaba la diversidad de idiomas, monedas y diseños. Era la etapa de acumular mundo. Aprendí a usar pinzas, a distinguir un timbre usado de uno nuevo, a odiar la bisagra que maltrataba la goma. Fue mi escuela: ensayo y error. No tuve guía. No había internet, solo la pasión por agregar nuevas piezas a mi colección. Cuando llegué a tener cinco mil piezas dije: “¡Guau! Ya tengo una gran colección”. Estaba muy lejos…
Hace unos 15 años, la colección maduró conmigo y decidí que era momento de poner orden y propósito. Elegí volver a casa: me centré en México, quise entender mi país a través de su historia postal. Empecé a buscar las series permanentes, los monumentos, los motivos mexicanos: Arquitectura y Arqueología, México Exporta, México Turístico, Creación Popular, México Conserva y Textiles. Buscar los timbres de las Olimpiadas del 68 emitidos por México se volvió una misión personal. Cada timbre mexicano me explica algo: qué celebramos, a quién recordamos, cómo nos hemos visto en cada década.
Pero la filatelia siempre abre puertas nuevas. Hace una década inicié tres colecciones temáticas que hoy son mi obsesión. La primera: Emisiones Mundiales de los Juegos Olímpicos de México 1968. No me limito a los timbres nacionales, he buscado las emisiones de todos los países del mundo que también rindieron homenaje a aquella olimpiada. Se trata de reconstruir cómo el mundo entero vio y honró el mayor evento deportivo y cultural celebrado en nuestro país hasta entonces.

La segunda colección nació del “Encuentro de Dos Mundos”. A finales del siglo XIX, numerosos países comenzaron a conmemorar el IV centenario del llamado “Descubrimiento de América” y, con el tiempo, se celebró también a los Reyes Católicos, a Cristóbal Colón y a las carabelas.
A partir de la década de 1980, muchos países iniciaron las conmemoraciones previas al V Centenario y, en 1992, la gran mayoría emitió timbres por los 500 años de este “encuentro de dos mundos”. Por medio de esta colección podemos dar seguimiento a esta gran epopeya que constituye uno de los acontecimientos más significativos e influyentes de nuestra historia. Es fascinante ver cómo un mismo hecho genera narrativas visuales tan distintas.
La tercera colección tiene nombre y apellido: José Juan, mi hijo. Su pasión por el futbol me llevó a iniciar la más ambiciosa de mis recopilaciones: todas las emisiones mundiales relacionadas con el balompié. Desde la Olimpiada Centroamericana de 1924 hasta Qatar 2022, pasando por todos los mundiales, copas continentales, nacionales, Juegos Olímpicos y las eliminatorias actuales rumbo al Mundial que se juega, en parte, en nuestro país. Tengo a Pelé, a Maradona, a Johan Cruyff, a selecciones africanas que clasificaron por primera vez, a jugadoras del Mundial Femenil. Las hay de todas las formas, tamaños y colores, de todo tipo de materiales, incluso plástico, plata, oro y en tercera dimensión. Espero pronto poder compartirla, comentarla y disfrutarla junto a mi hijo.
Hoy, después de todos estos años, la colección alcanza cerca de cincuenta mil piezas. Va desde 1924 hasta 2026. Hay clásicos en papel grueso con goma amarilla por el tiempo, y hay timbres nuevos autoadheribles con códigos QR. Cada pieza implica investigación: revisar catálogos Scott y Michel, confirmar dentados y filigranas, detectar variedades. Conlleva paciencia, trato con otros coleccionistas, desvelos en subastas en línea. La filatelia me dio disciplina, me enseñó historia universal y me regaló comunidad. Empezó como un reto de boy scout y hoy es patrimonio y legado.
Porque al final no colecciono papel. Colecciono cien años de deporte, arte, política y memoria que viajaron en sobres, todo unido por la pasión compartida por el futbol en todo el mundo. Y colecciono con la certeza de que, cuando yo falte, José Juan heredará cincuenta mil razones para recordar que su papá lo amaba, amaba a México y amaba las historias que caben en un timbre postal.