Apuntes sobre una experiencia formativa de narración oral

El énfasis que en las últimas décadas se ha puesto en las prácticas sociales de la lectura y escritura, tanto en el ámbito educativo como en el quehacer principal de muchas instancias privadas o independientes, permite valorarlas en su relevancia en el ámbito de la formación y recreación de niñas, niños, jóvenes, adultos, ancianos y bebés.
El gozo estético y la posibilidad de desarrollo cognitivo del acto lector se han ido contagiando positivamente en sectores de la sociedad que hoy nos permiten reconocer como familiares las figuras de los lectores en voz alta, los mediadores de lectura o los narradores orales. El incremento en el número de programas y espacios dedicados a fomentar la lectura da cuenta de la aceptación y beneficios que los usuarios encuentran en ello. Cada vez son más las personas que se integran a este mundo para compartir su pasión por la lectura. Muchos programas ofrecen instrumentos de formación para el voluntariado y hoy sabemos de la existencia de todo un sector a lo largo y ancho del país dedicado a ello. A partir de la consolidación de esta actividad y la proliferación de propuestas y espacios, surge la necesidad de avanzar en el camino de la profesionalización de los agentes que desean dedicarse a ello.
La mediación lectora, la narración oral y la lectura en voz alta —entre la gama de actividades que en conjunto llamamos promoción de la lectura— requieren el conocimiento y la práctica de herramientas muy específicas, así como de la ejecución competente de estas. Como cualquier actividad en el ámbito de la educación —aunque sea no formal—, amerita rigor y dominio de los conceptos y actividades del quehacer. Todo lo anterior permite plantearnos la importancia de ofrecer cada vez mejores experiencias formativas para mediadores de lectura. Claro que han existido cursos, talleres y, en algunos casos, diplomados de largo alcance y es por eso que hoy el objetivo y la norma deben ser elevar la exigencia en contenidos, prácticas, evaluaciones y, de ser posible, certificaciones. Ya no estamos hablando de mediación voluntaria, en la que cualquier ciudadano o ciudadana es invitado a participar brindándole herramientas básicas.
Estamos ante la necesidad de que nuestros agentes culturales en este ramo sean sólidos y consistentes en su saber, en su hacer, en su intervenir. Hace poco pudimos colaborar con un módulo de formación en el primer Diplomado Internacional en Lectura en Voz Alta y Narración Oral que impulsa la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca. Trabajamos procesos afectivos en la interpretación del relato narrado, un tema avanzado que exige conocimiento de la técnica básica, pero, sobre todo, un fuerte compromiso emocional de los participantes. El resultado fue alentador y grato: una gama expresiva diversa y rica en anécdotas y experiencias. Fueron muestras vivas de sinceridad, orgánicas y poderosamente humanas. Algunas más logradas que otras, pero sin duda todas auténticas y en la búsqueda de la honestidad. Se lograron ejercicios y muestras que con tiempo y práctica, con apropiación de la técnica, alcanzarán lo que pretendemos: que la narración oral, la promoción de la literatura, la tradición oral o el relato propio sean un acontecimiento sensible verdaderamente estético, que nos permita conmover a la otredad y, de ser posible, mostrar un espejo de eso tan grande, contradictorio y complejo que llamamos humanidad.
Encontré en este Diplomado un instrumento formativo consistente no solo por su estructura y diseño académico, sino por la solvencia, riesgo y generosidad en la aplicación del saber y el mostrar de los diplomantes: narradores y narradoras generosos que se forman con responsabilidad y se plantan con amor para contar la vida.