Un día en Monte Albán: El derecho a imaginar

Todos coincidimos en que el patrimonio cultural importa. Tampoco son muchos quienes discuten que los niños tendrían que estar involucrados en él, pues algún día serán sus custodios. Así está escrito, por cierto, en sus derechos culturales. Los adultos no solo tenemos la obligación de darles información sobre el pasado, también debemos lograr que intervengan activamente en la construcción y el disfrute de su propia identidad. Más que crear espectadores, tendríamos que asegurarnos de que las niñas y los niños se conviertan en protagonistas, que puedan reconocerse en las historias, expresiones y paisajes de sus antepasados.
Sin embargo, lo cierto es que entre el consenso y la realidad hay un abismo. Ni la sociedad ni las instituciones parecemos saber todavía cómo hacer que ese patrimonio le hable de verdad a la niñez. Esperamos que los niños se interesen por la historia sin haber hecho antes el esfuerzo de volverla accesible para ellos. Les hablamos en lenguajes ajenos, les ofrecemos experiencias para adultos y después nos sorprendemos cuando el entusiasmo no llega. Quienes trabajamos con públicos infantiles sabemos que nada los aleja tanto de la curiosidad como esa postura tan odiosa de “mírame y no me toques”.
Esto es especialmente común en las zonas arqueológicas. Cuando un niño sube a Monte Albán, suele encontrarse ante un paisaje grandioso, pero mudo. Ve piedras imponentes, una plaza infinita y un montón de lagartijas corriendo entre las grietas. Todos los datos, los miles y miles de años, se desvanecen tan pronto como los escucha. La grandeza se queda en el cerro y, al final del día, lo único que recuerda es el cansancio y la asoleada.
Esa distancia ha sido nuestra principal adversaria desde el pasado septiembre, cuando el Museo Infantil de Oaxaca inauguró “El Reino de las Nubes”, su exposición interactiva centrada en Monte Albán y la civilización zapoteca. Desde entonces, el MIO se ha convertido en un laboratorio de posibilidades. Hemos organizado talleres, recorridos, juegos, conversaciones y toda clase de experiencias pensadas para que la arqueología deje de ser un tema lejano y se vuelva algo personal, tangible y, sobre todo, divertido.
Ha sido un viaje emocionante, pero su vehículo más potente llegó apenas hace algunas semanas, con la publicación de Un día en Monte Albán, el sexto título de nuestro sello editorial.

Como ocurrió con los libros que acompañaron nuestras exposiciones pasadas, concebimos esta publicación como una herramienta para sacar al museo de sus salas. Sin embargo, pronto entendimos que esta vez habría que mirar más lejos. Para lograr que los niños vieran Monte Albán con otros ojos, tendríamos que hacer tres libros en uno.
Lo primero que nos propusimos fue crear una buena historia. No un manual disfrazado de cuento ni una lección escolar encuadernada, sino una obra de ficción capaz de despertar la curiosidad y el amor por el pasado mesoamericano. Buscábamos, además, diseñar la mejor guía infantil posible para visitar la zona arqueológica. Nos imaginamos “un día en Monte Albán” como una ventana portátil desde la cual asomarse a una visión posible de la vida cotidiana: de sus habitantes, sus actividades, paisajes, animales y plantas. Finalmente, decidimos atar todo mediante un juego de búsqueda que invitara a los lectores a sumergirse de lleno en las ilustraciones, a aprender casi sin darse cuenta.