Boletín FAHHO Digital No. 62 (May 2026)

El Reino de las Nubes: Arqueología, patrimonio y juego*

Johana Porras

Arriba brillaba el sol intensamente. Parecía que caminábamos en el
país de las nubes, lejos del mundo y de sus preocupaciones habituales.

Alfonso Caso

Es bien sabido que, en la experiencia humana, el viaje es mucho más que el destino en sí mismo. Es así como describiría, en primer lugar, la experiencia de perderse al interior del Reino de las Nubes —la exposición del Museo Infantil de Oaxaca en colaboración con el Centro INAH Oaxaca y la Zona Arqueológica de Monte Albán—, que nos transporta al interior de la antigua ciudad zapoteca sagrada.

Surgen muchas preguntas a la hora de entender la motivación y la curaduría detrás de un proyecto como “El Reino de las Nubes”. ¿Qué tienen que ver niños y niñas con zonas arqueológicas? ¿Acaso puede un niño o una niña comprender las dimensiones de un asunto tan complejo como el patrimonio?

Estas interrogantes provienen del razonamiento del adulto, quien ha creado un “deber ser” bastante riguroso y ceremonial alrededor de la forma en que debe darse el aprendizaje en la infancia, desconociendo la experiencia infantil.

Debemos aceptar que el escenario museístico y el relacionado con el patrimonio cultural han desarrollado una relación ambivalente con las infancias. Aún hoy en día predominan espacios culturales donde el niño o la niña tienen que despojarse de su ruidosa y agitada naturaleza infantil para acceder, suprimiendo temporalmente uno de sus más naturales instintos y necesidades: aprender mediante los sentidos, manipulando los conceptos e interactuando activamente con el objeto de aprendizaje.

Sin embargo, es necesario plantearnos nuevas preguntas al respecto: ¿para quién cuidamos este patrimonio?; ¿quién debe acceder de forma prioritaria a él?; ¿dónde pueden las infancias acceder con libertad al conocimiento y la experiencia de su patrimonio cultural?

Partiendo de mi experiencia como mamá dentro de una nueva era de crianza, y también como docente dentro de una pedagogía que defiende el acceso de las infancias a herramientas y espacios que les permitan alcanzar la metacognición —la capacidad para reflexionar sobre sus procesos de pensamiento y adquisición de conocimientos— de forma independiente, puedo afirmar que a nuestra sociedad le aflige un mal al que no le prestamos la suficiente atención: el adultocentrismo.

Un mal que por generaciones nos ha llevado a percibir a los niños y las niñas “como personas con menos capacidad para producir cultura o acceder a ella” (Maldonado y Andrade, 2017). Este pensamiento colectivo ha fijado un estereotipo peligroso para el libre acceso de las infancias a los espacios culturales complejos, como los relacionados con el patrimonio cultural. Los adultos hemos decidido, deliberadamente, considerar a las infancias como seres no calificados para comprender el incalculable valor cultural, histórico y económico del patrimonio de la humanidad. Creemos que solo nosotros, los adultos con madurez cognitiva, estamos en capacidad de caracterizar y pormenorizar los secretos de la historia. Solo arqueólogos y científicos especializados podrían desentrañar el significado de un glifo, la pasada utilidad de una urna o la identidad de una deidad.

Tal postura no podría ser más desacertada, pues es justamente la infancia el primer punto de encuentro del ser humano con la indagación por curiosidad y la deducción por experimentación; todo en estado puro. Desconocemos —porque hemos olvidado nuestra propia infancia— la capacidad científica infantil que se manifiesta por medio del juego y la interacción.

Apartándose de los patrones excluyentes, el MIO ha apostado una vez más por los niños y las niñas. La exposición didáctica infantil “El Reino de las Nubes” entiende que existe una deuda con las infancias y su interacción con la historia; una historia de la cual son protagonistas y que ellos mismos continúan escribiendo.

¿Acaso no podría descifrar un niño la antigua utilidad de una vasija de barro de 800 años —elaborada por un alfarero del entonces barrio de Atzompa, hallada en una tumba en Monte Albán—, cuando es muy probable que en su propia casa o en la de su abuela encuentre una indudablemente similar, comprada en alguna visita familiar al centro de Santa María Atzompa?

Tras algunos años de escuchar ambas conversaciones, por un lado la académica con todas sus virtudes de racionalidad, técnica y rigurosidad, y, por otro lado, la de los niños y las niñas, con sus virtudes de espontaneidad, curiosidad y libertad; puedo decir que las hipótesis de los niños frente a la Arqueología y el Patrimonio son mucho más divertidas y, quizá, mucho más certeras.

Durante visitas a diferentes espacios —como el Museo de Sitio de la Zona Arqueológica de Monte Albán, el MIO o el Museo de las Culturas— las infancias han dicho cosas como “Maestra, mi mamá tiene una taza así para los ajos” o “Mira, es como el del tejate”. Estas expresiones son una evidencia de que en Oaxaca la historia no es algo que se consulta únicamente en bibliotecas o museos. Aquí, aún hoy en día, la historia se transita a diario en los pasillos del mercado, en las fiestas, en los nombres de personas y objetos cotidianos, en el cuerpo que es abrazado por el huipil o en la madre que alecciona en su lengua materna a sus pequeños después de alguna travesura.

Dentro de esa historia que se escribe día a día, “El Reino de las Nubes” se erige como resultado de grandes esfuerzos colectivos interinstitucionales; del corazón y propósito de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, pero, muy especialmente, es el resultado de la convicción del MIO por escuchar a las infancias y hacerlas partícipes de su historia, de su comunidad.

En el estado de Oaxaca, las infancias nacen y crecen dentro de un sistema de comunicación que nombra su mundo exterior e interior en lenguas indígenas, sean hablantes o no de alguna de ellas: palabras que nombran fiestas, pueblos, cerros, recintos, objetos e incluso a sí mismos o a sus amigos. Por ello, la labor que realiza de forma extendida esta exposición es de vital importancia, pues ha permitido acercar diferentes topónimos y conceptos de la vida diaria del antiguo Monte Albán al universo lingüístico de las infancias que asisten a los diversos talleres y sesiones.

La travesía por “El Reino de las Nubes” recoge de forma sensible la extensa teoría que acompaña al estudio de la ciudad sagrada de Monte Albán y sus alrededores, reconociendo los intereses y necesidades de las infancias; y hace esto a partir de la mejor y más natural herramienta de aprendizaje infantil: el juego. En este reino sucede el encuentro de la mirada infantil con una ciudad viva: activa, ruidosa, llena de movimiento y con acciones que suceden simultáneamente; espacios y actividades que pretenden despertar la curiosidad mediante una pregunta lúdica. Pues, además de imaginar cómo era Monte Albán, el MIO intenta que niños y niñas también se pregunten: ¿qué haría yo en Monte Albán?

Qué harían si vivieran el día a día de aquella antigua ciudad, donde definitivamente existieron bebés de brazos, niñas y niños que trepaban árboles, reían, corrían de un lugar a otro con su juguete favorito y, de vez en cuando, rompían alguna que otra vasija de barro con una pelota. Basta una mirada a la ilustración de “El Juego” en uno de los muros de la exposición, para darse cuenta de que la historia escrita ha omitido que todo lo construido por el ser humano fue primero un sueño del niño que habitó en él.

Es por ello que la exposición ofrece espacios con experiencias sensoriales, manipulativas e inmersivas, dedicadas a actividades económicas, artísticas, religiosas y sociales propias de la historia de Monte Albán. De esta manera podemos acercarnos al trabajo con textiles, la arquitectura zapoteca, la escritura y lengua de los Ben’Zaa, los rituales funerarios y la conexión con los ancestros, así como la cocina tradicional.

He pasado muchas tardes perdiéndome en la observación de las ilustraciones de los muros; viajando al interior de una tumba; he dedicado mensajes a los ancestros y, por supuesto, he comido deliciosos tamales de fieltro excesivamente cargados de hoja santa, preparados por las manos juguetonas de mi hija Helena. Así es como, una vez más, me he dado la oportunidad de avanzar en el entendimiento del valor incalculable del juego imitativo.

Como mamá, como docente y como la niña que fui: hoy más que nunca les invito a recordar que las infancias poseen el derecho humano de acceder al arte, a la cultura y al esparcimiento; tanto en el hogar como en espacios de apropiación e interacción libre mediante el juego. En palabras de Huizinga (1968): “El juego oprime y libera, el juego arrebata, electriza, hechiza. Está lleno de las dos cualidades más nobles que el hombre puede encontrar en las cosas y expresarlas: ritmo y armonía”. Jugar, estimado lector, es la forma más notable en la que un niño se puede acercar al arte y a la cultura.

Y en cuanto a nosotros, los adultos —como hizo don Alfonso Caso—, caminemos un rato en el “país de las nubes”, lejos del mundo y de sus preocupaciones habituales (seguro que a todos nos viene bien).

* Para leer esta nota en su versión completa, dirígete al Boletín Digital FAHHO en la emisión de mayo de 2026.


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