Boletín FAHHO Digital No. 62 (May 2026)

Vivencias de Margarita

Margarita Juárez / Adriana Sabino / Salvador Maldonado
Margarita junto a su primo, Normando Flores, frente a la casa, 1971. Fotografía: Margarita Juárez

En el corazón del centro histórico de Oaxaca, entre calles de cantera, iglesias y edificios coloniales, existe una casa que hoy resguarda hilos, tejidos y saberes. Un lugar lleno de voces, de risas, de pasos infantiles corriendo por el patio.

Ahí creció Margarita Juárez Castañón —a quien todos llamaban Mago—. Su historia nos permite recorrer no solo los espacios de la casa, sino también una forma de vida que hoy parece lejana: la de una joven que, entre danzas folclóricas, encontró su voz y llegó a bailar en el Auditorio Guelaguetza con la Delegación de Chinas Oaxaqueñas de Genoveva Medina, en 1975.

Margarita nació en el barrio del Carmen Alto, pero desde muy pequeña su vida transcurrió en distintas casas del centro de la ciudad de Oaxaca. Finalmente, hacia mediados de la década de 1960, cuando tenía alrededor de ocho años, llegó con su familia a esta casa de la calle de Hidalgo, donde viviría una etapa fundamental de su infancia y juventud.

Llegó siendo niña, cuando el centro de la ciudad aún era un lugar profundamente habitado. Las familias vivían puertas adentro, pero también hacia la calle; todo estaba cerca, todo estaba vivo. Con los años, ya de joven, Margarita se integró a un equipo de voleibol llamado Los Bee Gees, un nombre que evocaba a la famosa banda australiana que en esa época causaba furor, y que acompañó también sus días de entusiasmo y crecimiento.

La casa, como muchas de su tiempo, era amplia, pero segmentada. En la planta baja, donde vivía su familia, los espacios estaban divididos por muros que hoy ya no existen. Al entrar, había una sala, después una recámara, la cocina, un pequeño espacio para lavar y un baño. Cada rincón tenía una función, cada espacio, una historia.

A Mago le tocó una habitación distinta: un cuarto oscuro que en parte era una bodega. No tenía ventanas al exterior, apenas un pequeño tragaluz por donde se colaba la luz del día. Por las noches, la oscuridad era total. Y, sin embargo, ese espacio se volvió suyo.

Fachada principal del Museo Textil de Oaxaca, 2026. Fotografía: Acervo del MTO

Arriba vivía otra familia numerosa; en la casa coexistían distintas vidas, distintas rutinas. También había un hombre extranjero, un alemán silencioso que iba y venía, y que, sin decir mucho, dejaba pequeños regalos a los niños. Era parte de ese mundo cotidiano donde todos, de alguna forma,
se reconocían.

Pero si había un lugar que lo reunía todo, era el patio, donde pasaba las tardes y momentos especiales al lado de sus hermanos. Un patio de cantera que, visto hoy, parece contenido, pero que en la memoria de Mago es inmenso. Ahí jugaban a la cuerda, al avión, al bote. Ahí se inventaban mundos. Ahí crecían.

Hoy, al regresar, se pregunta cómo era posible que cupiera tanta vida en ese espacio.

La cocina —o, más bien, su extensión— era el corazón de la casa. En un rincón, junto a un pilar, su madre colocaba el anafre. Ahí se preparaban el mole, el pozole, los tamales. No era solo cocinar: era un ritual. Los hijos se sentaban alrededor, ayudaban, desgranaban maíz, tostaban ingredientes. Era tiempo compartido, era una familia con tradiciones.

Ese rincón sigue siendo, para Mago, el lugar más íntimo de la casa. El lugar donde su madre está presente.

Su padre, transportista, llevaba el mundo consigo. En sus viajes encontraba historias… y, a veces, animales. La casa se llenó de vida de formas inesperadas: patos, conejos, periquitos, una tortuga, incluso un pequeño lagarto rescatado del camino. Algunos se quedaban por un tiempo, otros eran llevados al zoológico del Llano, hoy en día desaparecido. Pero todos formaron parte de una infancia distinta, curiosa, profundamente viva.

La casa no era un espacio aislado. Era parte de una red más amplia: el barrio, las calles, la ciudad. Muy cerca estaba el Zócalo, donde todo sucedía. El carnaval, la Noche de Rábanos, las posadas, las calendas. Las campanas sonaban, los cohetes estallaban, la música llenaba el aire. Los domingos en el Zócalo había marimba y orquesta. En Cuaresma, los Viernes del Llano con su paseo floral transformaban la ciudad. Vivir ahí era estar en el centro de todo.

También estaban los vecinos, las tiendas, los pequeños negocios que daban vida a la casa hacia la calle: la miscelánea, la fábrica de paletas, el despacho. Espacios que no formaban parte del interior familiar, pero sí del paisaje cotidiano. Todo coexistía.

Los años pasaron. La familia creció, el espacio comenzó a ser insuficiente, y en 1972 tuvieron que irse. Poco a poco, la casa se vació; las voces se apagaron y las puertas se cerraron. Un año después, en 1973, la Lic. Serena, dueña de la casa, la vendió al Sr. Sada, marcando así el final de una etapa y el inicio de otra historia.

Durante un tiempo se quedó en silencio. Hasta que un día, mucho después, Mago escuchó que algo estaba pasando ahí. Que la casa sería restaurada. Que volvería a abrir. Sintió alegría. Esa casa —su cas — no desaparecería, porque volvería a tener vida.

Actualmente, convertida en el Museo Textil de Oaxaca, la casa es distinta. Los muros han cambiado, los espacios se han transformado. Pero algo permanece: la emoción de saber que sigue viva de otra manera. Mago lo dice con una sonrisa: “Qué bueno que van a hacer algo ahí, y sobre todo que sean actividades culturales”.

Hoy en día, ese lugar es su favorito: el mismo rincón donde su madre cocinaba y donde la familia se reunía. Es ahí donde sus recuerdos cobran fuerza y la envuelven, mientras se sienta a contemplar lo vivido y a participar en los talleres que ahora organiza el museo. Por eso elige ese lugar en especial, porque entre esas paredes aún habita todo lo que fue y sigue siendo importante para Margarita.

Por eso, cuando entra, busca ese lugar, porque sabe que no es solo un museo. Es una casa que guarda memoria. Una casa donde la vida de muchas personas y familias dejó huella. Y donde, entre hilos, telas, tintes y silencios, todavía resuenan las voces de quienes la habitaron, para recordarnos que antes de ser museo, este lugar fue un hogar.


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