Boletín FAHHO Digital No. 62 (May 2026)

Documentos con significado: La experiencia del archivista

María Fernanda Bante

La memoria ya ha entrado en su consciencia, pero hay que descubrirla.
Surgirá en los sueños, en la vigilia, al voltear las hojas de un libro o al
doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos.
La memoria de Shakespeare,
J. L. Borges

La bienvenida a la primavera se dio en el marco del Día Nacional del Archivista, y el equipo de Adabi lo celebró en la ciudad de Morelia con la presentación de los 37 inventarios resultado del Proyecto Rescate de Archivos Parroquiales de la Arquidiócesis de Morelia.

El proyecto se originó a partir de la ejecución del rescate del Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano de Morelia. Este esfuerzo fue una iniciativa derivada del Curso-Taller de Archivos Parroquiales impartido por Adabi en la Universidad Michoacana en 2017 y 2018. Así, la necesidad de preservar y organizar estos documentos históricos motivó la formación de un equipo dedicado a la recuperación y conservación de archivos parroquiales.

Tras la conclusión del rescate del Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano, Adabi le propuso al arzobispo de Morelia el proyecto para el rescate de los archivos parroquiales de la Arquidiócesis. A esta encomienda en pro de la memoria histórica de Michoacán se unió el Gobierno del Estado —mediante la Dirección de Archivos del Poder Ejecutivo—, con lo que se logró un fructífero trabajo tripartito entre la Arquidiócesis, el Estado y una asociación civil.

La experiencia de trabajo en el rescate de archivos
Como dicta el epígrafe al inicio de este texto, la memoria ya existe, está; solo es cuestión de descubrirla, de traerla al presente y resignificarla. Junto a la memoria que habita la inaccesibilidad de las conexiones neuronales de cada individuo, se teje la memoria colectiva que, al volverse tangible, constituye la evidencia que nos permite habitar un pasado común. En ambos casos, su pérdida implica una pérdida de identidad. Ya sea a través de documentos o por medio de un relato oral, mientras se hace en conjunto, la memoria se alimenta y se retroalimenta hasta consolidarse como un pasaje de la historia. Fue así, como de manera adyacente, intentamos rescatar ese pasado que forma parte del proyecto, pero que proviene de diferentes individuos con un objetivo en común: preservar el patrimonio documental de su estado.

El equipo de analistas que llevó a cabo el rescate de los 37 archivos se integró por seis personas, todas ellas egresadas de la carrera en Historia de la Universidad Nicolaita, aunque para la mayoría esta era su primera vez frente a un trabajo de tal magnitud y alcance. Adabi siempre ha sido consciente de que el mejor archivista es aquel que posee una base de conocimientos históricos sólidos, gracias a que ha adquirido el criterio para poder contextualizar los papeles que encuentra en un archivo. Aunado a ello, está el espíritu humanista que se adquiere al empaparse del entusiasmo en una carrera universitaria donde la sensibilidad hacia la memoria, el conocimiento escrito, las letras y los sucesos del pasado cobran gran relevancia para dar sentido al presente. Los analistas tenían claro que toda memoria, oficial o no, precisa de una organización y un orden para que pueda llegar a ser un elemento referencial en la formación de identidades,1 lo cual les permitió poner en práctica lo aprendido en los cursos y capacitaciones que Adabi les impartió, en función de una metodología archivística consciente de la vitalidad de los documentos.

En nuestra visita a Morelia para la entrega formal de los inventarios, se nos ocurrió entablar una charla con los jóvenes que participaron en el proyecto, aquellos que hicieron posible que cada uno de los 37 archivos quedara en óptimas condiciones para su consulta y preservación. En medio de los protocolos institucionales, nos dimos a la tarea de abrir un espacio de diálogo en el que ellos, desde su experiencia, nos contaron cómo fue trabajar en este proyecto: lo bueno, lo desagradable, lo memorable. Durante dos horas —como si de una conversación de sobremesa entre amigos se tratara, con un café y, de fondo, escuchando los preparativos para la celebración del Día de la Primavera—, Gabriela, Lucía, Carlos, Alan y Daniel (cinco de los seis analistas participantes en el proyecto) platicaron sobre sus hallazgos, las dificultades enfrentadas y las satisfacciones obtenidas durante los dos años que duró el proyecto de rescate. Entre las cosas que comentaron se encuentran las trabas que surgieron en algunas parroquias, a la vez que reflexionaban sobre la necesidad de difundir la importancia de los archivos, y con ello generar confianza en aquellos que los custodian y en las comunidades mismas.

La típica frase “por amor al arte” cobra gran relevancia en el trabajo ejercido por este equipo: las dificultades vividas, como el acceso a aquellos lugares casi insalubres en los que los archivos se encontraban alojados, la difícil movilidad para llegar a poblados casi inaccesibles por el simple hecho de ubicarse en uno de los estados más conflictivos del país, o el depender del horario de cada parroquia para ingresar a sus instalaciones y llevar a cabo el trabajo, aunque eso significara quedarse sin vida social por algunos meses, son circunstancias que pasaron a segundo y tercer plano cada vez que sus ojos se posaban en un documento valioso. Sí, eso es amor al arte, a la historia, a los documentos como patrimonio de la humanidad.

Uno de los hallazgos más impresionantes que hicieron ocurrió dentro de un expediente sobre un pleito de tierras. Mientras Alan, uno de los analistas, se encontraba hojeando dicho expediente para poder dar cuenta de la información contenida, se topó con una hoja que no pertenecía al grupo: la letra era completamente distinta a la del resto de los papeles. Se trataba de una letra cortesana característica de los siglos XV y XVI, temporalidad previa a aquella que se encuentra en el resto de la documentación. El hallazgo le produjo extrañeza al equipo, así que comenzaron a indagar, hasta que se dieron cuenta de que se trataba de un permiso firmado por don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España, al encomendero de Chucándiro, una comunidad en Michoacán, justo donde se llevó a cabo el descubrimiento. De no ser por el afán y la curiosidad que caracteriza a un historiador —y que quedó claro que forma parte de la formación de estos jóvenes—, quizá el documento habría sido pasado por alto y puesto a un lado, como si se tratara de una equivocación más. Sin embargo, el reconocimiento no fue inmediato, ya que, como ellos mismos cuentan, les tomó tiempo investigar acerca de la información contenida en ese permiso, y llevar a cabo un pequeño estudio comparativo de firmas, fechas y documentos encontrados en las otras parroquias que se consideraron a lo largo del proyecto. Quizá para algunos se trate de un dato menor, pero para estos jóvenes, este descubrimiento cubre la cuota de desavenencias vividas, pues se sintieron afortunados de tener en sus manos documentos tan valiosos para la memoria histórica de México y, sin duda, para la memoria de cada uno de ellos como individuos e historiadores.

1 Michelle Pollak, “Memória e identidade social”. Estudios Históricos, núm. 10, 5 (1992): 200-212.


Lo sentimos, la página que buscas no existe.

¡Muchas Gracias!
En breve nos pondremos en contacto contigo.