Universitas tenebris de Bruno T. en la BH

Palestina era su causa, sin duda,
pero la Universidad era su trinchera.
Bruno T.
El pasado 17 de enero se habló en la Biblioteca Henestrosa de la novela Universitas tenebris de Bruno T., que ya se había presentado sobre el Andador, afuera de la Librería Grañén Porrúa. Emocionados por la presencia de Raúl Calvo (AKA Bruno T.) en la ciudad, decidimos conversar acerca del libro y poner sobre la mesa el debate del que versa.
Esa tarde se leyó un fragmento del poema “La internacional”, y sucedió la charla entre el autor y la presentadora. Mientras el primero portaba la playera de la Universidad de Miskatonik, la segunda llevaba una que reza: “No dejemos de hablar de Palestina”. A continuación, presentamos este diálogo sobre la novela.
¡Arriba parias de la Tierra!
¡En pie, famélica legión!
Atruena la razón en marcha:
es el fin de la opresión.
Del pasado hay que hacer añicos.
¡Legión esclava en pie a vencer!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser.
Jessica: El poema “La internacional” fue escrito en 1871 por el obrero, activista y artista francés Eugene Pottier. Fue musicalizado en 1888 por Pierre Degeyter y estrenada como pieza coral, ese mismo año, en una taberna local en Lille, Francia. Eventualmente serviría como himno de la Internacional Socialista y luego de la URSS, desde 1922 y hasta 1944. En algún momento del siglo XXI, Bruno T., el autor y narrador de Universitas Tenebris, la enunciaría —en francés— el día que asesinan en Gaza al hermano de una de sus personajes.
Camaradas, yo no debía hablar aquí. De hecho, no tengo ningún cargo. No represento a nadie. Y en muchas universidades eso suele significar que tampoco existes —dice—. ¡Pero Mahmuod Nasser existía! ¡Existía y molestaba en tres idiomas! No estaba inscrito en ningún programa oficial, ni tenía plaza fija, no abría congresos, ni cerraba boletines, pero tejía puentes, conectaba personas, traducía ideas. Y eso, al parecer lo hacía peligroso.
Lo primero que pensé al subrayar con bolígrafo este fragmento fue que, si voy a rayar mis libros, si voy a escribir en cada espacio que me deje una caja de texto, tendrá que ser para continuar un diálogo, para preguntar cosas con las que no esté de acuerdo o que no entienda, pero por supuesto también las que sí, las que me resuenen. Y he subrayado mucho estas páginas.
He de decir que la lectura de Universitas tenebris de Bruno T. abrió un caudal de memorias no solo en mi cabeza, sino en casi todo mi cuerpo. Muchos recuerdos se manifiestan en emoción en mis brazos y en la nuca y en el nudo perpetuo de la garganta. Por ejemplo, recordé que en 2006, cuando estalló el movimiento social moderno más conocido, quizás representativo, de la ciudad de Oaxaca, nació mi hermana menor y terminé la secundaria. También estaba de novia con un muchacho más grande que yo y, como remate, para ese momento ya tenía la convicción de que sería poeta. El movimiento popular de los pueblos de Oaxaca paralizó clases, vialidades, actividades esenciales, e hizo lo propio con las formas de pensar y maneras de accionar de la ciudadanía. Yo tenía 15 años, por supuesto que quería cambiar el mundo. Por supuesto que aún quiero hacerlo. Y lo que me sucedió con la lectura de esta novela es que me recordó, intensamente, a todo lo que ha sucedido no solo en mi formación literaria y profesional a partir de ese año, sino en esta parte del mundo, y esa es la mayor de las virtudes de un libro: que te saque por un segundo de aquí, pero que te devuelva armada, emocionada y segura de que formas parte de un todo más grande.
“La universidad”, dice Bruno T., y aquí también acoté que en realidad cualquier centro educativo, “no puede ser el sótano de poder o de la socialdemocracia. Tenemos que ser su campo minado…”.
Entonces vinieron memorias de 2014, septiembre. Yo estaba de movilidad escolar en la Ciudad de México y aunque las manifestaciones comenzaron un poco antes por la base estudiantil del Politécnico Nacional, a finales de septiembre todas las preparatorias y universidades marchábamos al Zócalo capitalino gritando consignas, alzando fotografías de alumnos desaparecidos, enunciando cantos inventados en ese momento y otros muchos que han sido cantados por tantas y tantas generaciones. Tenía 22 años y por supuesto que quería cambiar el mundo. Y aún más estando rodeada de cientos de miles más que igualmente querían hacerlo.
Desde sus primeras páginas, la novela narra la vida académica de un puñado de profesionales que son invitados a dar clases en la Universidad de Miskatonik, en Massachusetts, Estados Unidos. Confieso que al encontrar la primera mención de este sitio fruncí el ceño y pensé, “Ajá, a ver, qué es esto, amigo friki-amante de Lovecraft”. Pero luego hice el famoso pacto con el texto y accedí a todas las licencias que Bruno se había tomado: me causó ternura leer cómo se van tejiendo las relaciones entre los profesores de una universidad (porque los profesores/académicos/escritores somos un gremio lindo y curioso y bastante ñoño que puede pecar de pedantería, pero de verdad que solo es desconocimiento de las reglas de socialización modernas), algo que pocas veces ha sido narrado como en estas páginas.
Empiezan a presentarse los profesores de la Universidad de Miskatonik:
“Camila Ríos, historiadora, México. Trabajo con pensamiento anticolonial latinoamericano siglo XX y XXI y con todo lo que la academia prefiere no mirar de frente.
“Óscar Márquez, de Bogotá, lingüista especializado en lenguas indígenas, nahuatl, quechua, guaraní. Estaré hablando de estructuras sintácticas como quien habla de constelaciones, más o menos.
“Alfredo Pená, filólogo argentino. Investigo lunfardo, literatura carcelaria y otras formas nobles de lenguaje que nunca pisaron una cátedra. Me gusta pensar que doy clases con permiso de lenguaje, no del ministerio.
“Alejandro… solo Alejandro, ingeniero informático, Chile. Trabajo con lógica computacional y estructuras lingüísticas formalizables. En versión excéntrica, estudio cómo las ideas se corrompen al volverse código o al revés, según el día.
“Salma Naer, investigadora y traductora de lengua árabe clásica, andaluza con familia de origen gazatí. La referencia a Gaza provocó una sorpresa silenciosa pero palpable entre quienes estábamos en la mesa. Trabajaré en desmontar tópicos sobre lo oriental.
“Llegó mi turno. Bruno T. Especialista en lógica, semiótica crítica y configuraciones discursivas de poder. Estudio pensamiento político desobediente y estructuras narrativas fallidas. Una mezcla que solo se permite en universidades como esta. A veces sobreviven, a veces mutan, y algunas otras, se suicidan”.
Aseguró la presentadora que en este libro hay una historia de amor, una búsqueda detectivesca, escapadas nocturnas a una biblioteca que resguarda documentos prohibidos y, sobre todo, una narración muy particular que ha llamado más su atención como lectora de literatura: la mención de las clases, específicamente, el cómo suceden las clases.
Pensó, por ejemplo, en las clases de literatura de Julio Cortázar, en cómo desarrolla el tema, su forma de hablar, cómo parece que está haciendo un ensayo tal cual a la hora de dar la clase. Pero lo que sucede en las lecciones narradas en esta novela, es singular: se asiste a una clase y es nada más y nada menos que una charla con amigos, un coloquio ameno. Hay un momento en el que uno de los maestros dice: “Prefiero que los estudiantes salgan de clases con más preguntas que con certezas estúpidas”.
Cuando fue el turno al micrófono del autor, agradeció a la presentadora y, sobre todo, al recinto. Lamentó que la primera estuviera a su derecha porque “después de haber leído ´La internacional´, estaba totalmente fuera de lugar”. Y comenzó:
“¿Qué diría Lovecraft si se enterase de que su universidad, Miskatonik, se ha convertido en una especie de comuna autogestionada? Porque eso más o menos es esta ficticia universidad”. Y continuó el autor: “Para crear la novela partí de dos ideas, y no sé realmente cuál me vino primero a la cabeza. Diré una primero y otra después porque no me queda más remedio, pero realmente no sabría deciros el orden.
“La primera era: ¿se puede hacer una novela en un ambiente clásico de literatura gótica y de terror, pero que no sea ni gótica ni de terror? Y ahí se me quedó en la cabeza. Y luego se me cruzó una consigna que he oído mucho estos últimos meses, quizá años: ´No dejes de hablar de Palestina´. Y me planteé, ¿se puede hacer eso? No haciendo un panfleto, ni un ensayo. Por desgracia, la gente no lee ensayos. ¿Se puede en una novela, sea de ciencia ficción, sea de terror, sea en un western, sea en una novela romántica, una novela histórica, se puede meter el tema palestino y no hacer un panfleto…? Yo pensé que sí.
“¿Y cuál es el género más despolitizado que hay? Quizá el romántico, ¿de acuerdo? Pues el segundo, el terror. El terror tradicionalmente, con matices y excepciones, claro, ha sido un género escapista. No ha tenido ninguna connotación social o a veces es peor todavía. Cuando tiene connotaciones sociales suelen ser reaccionarias. Y yo lo que veo muchas veces son malas películas en las que se ve una familia de clase media alta norteamericana con mucho dinero comprándose un caserón donde aparecerá un fantasma, o lo que ahora está de moda: la Dark Academia, que no deja de ser un ambiente reaccionario de culto a la autoridad y a una extraña ucronía de pasado remoto y culto, pero que realmente, si rascamos un poquito, simplemente con la uña, vemos que ahí ni cultura ni nada, es pura pose: unos personajes vestidos de negro, de tweed, moviéndose delante de una cámara. Pues tenía que lidiar con todo eso y a ver cómo me montaba Universitas tenebris como una parodia, ¿por qué no?, de la Dark Academia, pero a la vez vaciarla de lo que entendemos por contenido sobrenatural o fantasmagórico. Como ya ha dicho, Jessica, bastante terror nos da la realidad como para tener que recurrir a otro ficticio. Y ahí llega Bruno T. que es quien narra la novela”, sentenció Raúl Calvo. Y continuó:
“En un juego metaliterario se propone que Arkham y la Universidad de Miskatonik ciertamente existen. Al principio de la novela lo dice, ¡meteos en Google Maps y sale! Y allá va él a un seminario experimental en lengua castellana porque la población migrante en Estados Unidos ha aumentado considerablemente y se encontrará con unos personajes que obviamente provienen de diversos lugares y diversas asignaturas. En particular, ya que me han preguntado varias veces, si yo soy Bruno T. A ver: yo también soy maestro, pero soy de matemáticas, y no sé qué clase da Bruno, pero ciertamente no es de ciencias. Eso sí lo quería hacer a propósito para que no fuera tan radical el calco. Bueno, ¿habéis leído a Sherlock Holmes? ¿Quién narra sus relatos? Arthur Conan Doyle o John Watson. ¡John Watson! Conan Doyle es el agente literario de todos. Bueno, pues encantado de conoceros. Soy Raúl, el agente literario de Bruno T. Y a partir de ahí que cada cual ate los cabos que quiera o no quiera.
“Como ha dicho Jessica, quería mostrar el día a día de estas personas, no solo de Bruno. He querido dar voz a prácticamente todos: verlos en clase, la forma en que lo hacen y además no como compartimentos estancos. Unos se cuelan en las clases de otros siempre de manera, si queréis, muy heterodoxa, pero es lo que andan buscando y, como se ha dicho, prefieren que los alumnos salgan con dudas antes que con certezas. Entonces, ¿de qué trata la novela realmente?
“Efectivamente, el hilo conductor es Palestina. Sin destriparlo en exceso: hay una especie de conspiración con el tema de Gaza en el que de alguna manera participa la universidad o personajes de la universidad, pero no quería que fuera un thriller. Quería que estuviera esa nota de fondo, pero compartiendo la vida cotidiana con la de sus protagonistas. Una de las cosas más desagradables y de falta de realismo de muchas novelas es que no vemos la vida cotidiana de sus personajes. Venga, vamos a volver otra vez con John Watson.
“No recuerdo haberle visto nunca en una consulta médica, o trabajando, y la mayoría de los héroes que hay en la novela, bueno, esta gente, ¿qué hace? ¿A qué se dedica? Esta gente trabaja, no están en plan —vuelvo a la misma metáfora de Sherlock Holmes— investigando por la universidad porque tienen horarios que cumplir. Hace poco también lo dije en broma: ´¿Habéis visto alguna vez a Tintín escribir un artículo? ¡Es periodista!´ Yo no lo he visto en la vida y no quería que aquí ocurriese eso. Si están en una universidad, tenemos que verlos y tenemos que entrar con ellos a la clase y cuando acaben, bueno, pues que investiguen y que se metan en lo que quieran. Pero eso quería respetarlo. Por supuesto, aunque la novela es realista, sí he jugado con un ambiente gótico, a veces de manera autoparódica: hay escenas con velas, algunas. Hay escena con velas, hay que provocarla…
Interrumpió Jessica:
“Perdóname, Raúl, también hay otros momentos que forman parte de la cotidianidad de los maestros, y es cuando comen. Hay un maestro que les prepara de comer, ¡y nunca se sabe de dónde saca los ingredientes, pero les hace platillos exquisitos y maravillosos y perfectos y todos terminan chupándose los dedos! ¿Y de dónde los saca? Porque están en un campus universitario…”.
Respondió Raúl: “Pues bueno, además en Miskatonik hay muchas cosas que es mejor no preguntar y no saber. Sí, es interesante, por ejemplo, esta parte de tener un bibliotecario jefe que parece dormir dentro de la biblioteca. Una biblioteca que está abierta de noche”.
Al terminar la lectura de algunos fragmentos del libro y la participación de los comentaristas, una persona del público lanzó una pregunta:
“¿Por qué dejaste afuera a los estudiantes? Porque los estudiantes son los que traen la realidad a la universidad, en especial en Estados Unidos. Es decir, vos te enterás del país a partir de los estudiantes, no tanto quizás de los profesores, porque como vos decís, es una especie de burbuja porque está separada del mundo real, ¿no? Entonces quienes brindan esa realidad son los estudiantes…”.
Y Raúl respondió:
“Sí, sí tiene un motivo. Es realmente por darle una pequeña bofetada a Lovecraft. En sus novelas no aparecen estudiantes, aparecen profesores, pero son todos catedráticos, muy elitistas y como dije al principio, muy reaccionarios. Yo quería romper esa imagen. Los estudiantes, sí, tienes razón, quedarán pendientes para el siguiente texto. Pero en este caso yo quería además acompañar a los profesores. Quería verles convivir. Es fácil ver en otros libros la convivencia entre alumnos, pero quería ver a los profesores compartir mesa y compartir cocina…, por eso me centré en ellos”.
Cerró el autor.
Si el libro Universitas tenebris te ha despertado cierto interés o un par de preguntas curiosas, podrás encontrarlo en algún pasillo oscuro de la Biblioteca Henestrosa, y quizás tengas que ir a pedirlo a algún bibliotecario secreto con una clave de acceso… o no.