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UN AVE QUE SE CONVIRTIÓ EN TALLER

Juan Pascoe

Al principio de mi aprendizaje como impresor, en el otoño de 1971, pensaba que el nombre de un taller se refería al lugar o al conjunto de herramientas; de ahí que pusiera “The Cummington Press” (fundada en Cummington, Massachusets) al pie de mis primeras obritas: unas traducciones de Leopoldo Lugones y una cita de Dioscorides del ejemplar de mi abuelo. Mi maestro me dejó un recado escrito: que por favor desistiera de usar el nombre de su imprenta en mis trabajos, pues esta representaba un nivel de calidad de concepto y logro que no se observaba en nada de lo hecho por mí. O sea que el nombre era una abstracción, un mote portátil, un apodo formal, una marca flotante. Durante el año de mi estancia ahí, y en la primera temporada de mi regreso a México –con la intención de armar una imprenta–, cada edición hecha por mí llevaba el pie de “Imprenta Rascuache”. Mi maestro hablaba el italiano de Dante, nada del español coloquial, y nunca entendió tal referencia.

En el otoño de 1975, vivía en Mixcoac y era dueño de una prensa vieja, cuarteada, y de unas cajas de letra fundida Garamont (la versión corriente de la ilustre letra Garamond), y también era maestro de inglés en el Anglo-Mexicano de Guadalupe Inn. Una de mis alumnas, Cristina de la Peña –de la clase intensiva de las 7 am, cinco días a la semana– tenía escrito un conjunto de poemas que me permitió imprimir; ya era hora de que me lanzara o abandonara el intento. Meses después, el cuerpo del libro estaba impreso, pero faltaba la portada, la página donde debía ir el nombre de la imprenta. Lo de “Rascuache” era un chiste útil en las praderas solitarias de Iowa, pero no era mi deseo ser ni mediocre ni miserable. Cristina quedó de traer propuestas, y el día que llegó con una cuartilla mecanografiada a doble columna con posibles nombres, estaba ahí de visita Roberto Bolaño, el joven poeta chileno. Antes de que empezara a leer dije que me parecía mejor que fuera “taller” y no “imprenta”, porque no era posible predecir el futuro y mejor no estar atado a una sola cosa. Entonces comenzó: Taller esto, Taller el otro. Los primeros eran nombres en náhuatl. Dije que no, nada de eso: no se podían pronunciar, ni escribir, siempre habría que explicarlos. Luego comenzó con nombres significativos: Libertad, Penumbra, Vereda, Cordel, etc. Dije que tampoco: no quería que significara nada porque estaría comprometido con aquella línea. De ahí comenzó con mamíferos, reptiles y aves. Cuando pronunció “Taller Martín Pescador”, Bolaño dijo: “Ahí tienes; ¿qué más quieres?”.

En todos los lugares donde viví, el viejo Tlacopac, la reserva pápago en Arizona, Monteverde en Costa Rica, Cochabamba, Jartúm (dormíamos en el techo de la casa y cada madrugada era una sinfonía de pajarracos del Nilo), Tlacotalpan y Tacámbaro, siempre hubo, en las ecologías acuáticas, martines pescadores (Megaceryle alcyon). Estos nunca llegaban, como otras especies, a los árboles alrededor de las casas a cantar al atardecer; sino que eran solitarios, independientes, seguros de sí mismos, guerreros veloces y coloridos. Su canto se parecía a una matraca, similar al de las paitas, cuando en la primavera graznan en las barrancas. Eran aves de trabajo, sin atributos floridos ni de ornato ni de sonoridad.

Supe que han existido imprentas con nombres similares: Kingfisher Press (una, ya extinta, en Oxford, otra, que sigue hoy en día, en California), The Halcyon Press (la admirable imprenta holandesa de Alexandre A. M. Stols, el biógrafo de varios impresores novohispanos). También se escuchaba del lejano eco literario del Fisher King que aparece en La tierra baldía de T. S. Eliot.

El nombre era un poco largo, llevaba una peligrosa cascada de erres, pero sonaba bien, se veía bien: la prueba era comenzar a usarlo, a ver si mantenía su dignidad.

Tenía el posible nombre, y me puse a buscar una imagen: fue una versión europea de la especie, sin la cresta americana, de uno de los volúmenes de Dover que facilita grabados libres. Mandé a hacer un clisé, y el primer uso que encontré fue en una hoja suelta de 1976, una “declaración de principios”. Llegó Bolaño el día que escribía el texto (quería que le imprimiera un poema). Dijo “A ver, a ver…” y se sentó en la mesa con un bolígrafo en la mano. Dijo: “Tú crees que eres un escritor, pero no lo eres; hay que arreglar esto”. Y lo arregló. Declaraba que el Taller Martín Pescador no pretendía ser una imprenta para la élite bibliográfica, sino estar al servicio de la literatura y formar parte de la vieja tradición tipográfica; esto procedía de mí, el velo marxista era la intervención del corrector.

Hacia finales del siglo XX, mi amigo impresor Bradley Hutchinson, de Digital Letterpress, en Austin, producía una edición de la Biblia con 262 grabados de Barry Moser, un grabador que procedía de la escuela tipográfica exquisita de Ben Shahn. Pregunté en cuánto me saldría un grabado pequeño de un martín pescador, mismo que podría utilizar como sello. Reprodujo tres y dijo que ninguno le había agradado del todo, pero que en lugar de pagarle podía enviar la cantidad de obra que yo considerara adecuada. Así lo hice, envié libros y hojas sueltas con el ya longevo pie de imprenta, Taller Martín Pescador, hasta que un día me dijo que ya no tenía que mandar más. Fue así como esta ave nos ha acompañado desde entonces.

En 2008, el grabador Artemio Rodríguez propuso que hiciéramos un Abecedario, y para el colofón, que aparece en lugar de la letra T (hizo un sello, TMP), talló un martín pescador. En algún momento hizo otro, al estilo de los hierros de marcar de las bibliotecas conventuales. En fin, el vuelo continúa.

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