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DURERO VISITA TLALPUJAHUA

Obra del maestro Olay.

Juan Manuel Herrera

Un libro lleva a otro libro, y a veces esos caminos vuelan con la gracia de los pájaros en el aire, y en el color de su plumaje la imaginación sonríe, lo remoto es cercano y el tiempo anuda lo lejano.

Alberto Durero realizó una serie de obras dedicadas a las aves. La que a mí me parece más maravillosa es una de 1512, conservada en la Albertina de Viena. Se trata de una acuarela, y el motivo es el ala de una carraca europea (Coracias garrulus). También debe tenerse presente que Durero fue testigo de las maravillas mexicanas enviadas por Hernán Cortés al Emperador y que hizo un gran elogio de estas, entre las cuales, había piezas de arte plumario. Conservo numerosos libros y referencias a Durero, uno de los más grandes artistas que ha dado gloria y sentido a la vida del ser humano en el mundo.

Pero quiso el azar que otro hermoso libro fuera editado, en este caso por Fomento Cultural Banamex: Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano. En esta asamblea de grandes artistas, encontré el apellido Olay, un gran maestro de Tlalpujahua, Michoacán.

Llamé a Walter Boesterly, cuya labor al frente del Museo de Arte Popular ha sido de extraordinario valor, y le pedí consejo sobre a quién podría recomendarme como maestro de arte plumario. Me dio un nombre: el maestro Eliseo Ramírez. Logré contactarlo y una mañana se presentó en mi oficina. Es un hombre muy amable, educado, trajeado con pajarita, nunca mejor asociación en el vestir para un maestro de este oficio. De inmediato pensé que había un error, pues concluí con prejuicio obvio que ese artista no correspondía –solo de verlo– con lo que imaginaba que era un maestro del arte plumario. En fin, conversamos muy cordialmente, le conté mi interés en intentar aproximarnos a una obra tan célebre como la de Durero y llegamos a un acuerdo. Algún tiempo después el maestro Ramírez trajo a mi oficina la obra, la mandé enmarcar y la conservo con enorme gusto, pues tiene el gesto artístico que corresponde con aquella acuarela de 1512, y en alguna visita a mi casa de un verdadero erudito en historia del arte, de inmediato, al ver la pieza, me dijo: “¡Ah, el ala de Durero!”. Así que ese elogio vale totalmente para el maestro de la pajarita. Por cierto, el maestro Eliseo Ramírez presentó en Oaxaca, en el Centro Cultural San Pablo, el 25 de octubre de 2017, el libro Arte Plumario. La tecnología de un arte ancestral. Esa tarde, el maestro Ramírez concluyó: “Lo que pretendo es que el arte plumario no se pierda”.

En cualquier caso, seguía yo tras la pista del maestro Olay, y lo seguí buscando. Gracias a la gentileza de la doctora Teresa Rojas Rabiela conseguí alguna información adicional muy valiosa y, en fin, llamé al ayuntamiento de Tlalpujahua, hablé con el mismísimo secretario y, para mi sorpresa, me dijo desconocer al maestro Olay. No me pudieron dar datos precisos de quien yo consideraba debería ser uno de los ciudadanos más ilustres del lugar.

Obra del maestro Eliseo Ramírez.

Mientras tanto, en las frecuentes visitas a San Miguel Allende encontré una galería que tenía muy bella cerámica y un buen día, con la alegría con la que asoma el sol por la mañana, vi que de una pared colgaba una pieza hermosísima de arte plumario: nada menos que del maestro Olay. Por más que intenté persuadir a la dependienta y más tarde a la dueña de que me diera el número y dirección del maestro, no lo logré.

En cualquier caso, en cada visita a San Miguel, lo primero que hacía era visitar al maestro Olay en las paredes de esa galería donde, para no hacer la vuelta en balde conseguí adquirir algunas bellas piezas de otro gran maestro: Gustavo Pérez, a quien tuve el gusto de conocer gracias a mi cuñada, la maestra Hilda San Vicente.

Así que un día me animé a viajar a Tlalpujahua para buscar personalmente al maestro. Estacioné el auto cerca de su bellísima iglesia, el santuario de Nuestra Señora del Carmen. Bajé de mi flamante Jetta azul, estiré las piernas y saludé a una santa señora que salía de la parroquia y venía con la bolsa del mercado en mano. Tras los saludos de cortesía le pregunté si por pura casualidad había oído hablar del maestro Olay. Me vio con incredulidad, como si le hubiera preguntado por el santuario mismo que teníamos enfrente, y me dio su dirección exacta. Entendí que en las oficinas del alcalde no querían, por alguna razón, al maestro, pues era alguien evidentemente conocido, estimado y admirado en el pueblo.

Llegué al lugar, al final de una calle, es de hecho la última casa en esa cuadra: tañido de una campana. Esperar, ladrido de perros. Abrieron la puerta y un hombre me saludó. Pensé que –a diferencia del otro maestro plumajero de la Ciudad de México– este sí tenía el aspecto de ser el verdadero maestro. Y lo saludé así: “Maestro Olay, muy buen día”. Me cortó secamente y me contestó: “El maestro Olay murió”. El alma se me fue al piso. Le dije que había hecho el viaje exclusivamente para saludar al maestro, por lo que me invitó a pasar a su casa, y me contó la historia completa de la estirpe, que es una de las más fascinantes de una familia de artistas y merece ser contada en otra ocasión. En cualquier caso, el maestro Olay ahora era él, aunque consideraba el mote como un homenaje a sus ancestros, que ellos eran los únicos y verdaderos maestros y que él debía ganarse todavía ese reconocimiento. En su actitud noté también un maestro.

Tuvo la gentileza de mostrarme obra y también su taller, así como las formas cuidadosas con las que recopila las alas siguiendo las mudas, como un principio. Así que, desde entonces, tenemos un trato de amigos y he adquirido verdaderas joyas de su taller, que incluye también obras magistrales en popotillo, o popote, como él le dice. Le pregunté también si sus hijos aprendían de ese antiguo oficio mexicano para continuar con la tradición familiar y me contestó, también en forma seca, con una sonrisa no sin una pizca de decepción: “No tienen patas pa’gallo”. Fin de la discusión.

Quien me había llevado a ese recorrido no era otro, sino Alberto Durero, y el lejanísimo año de 1512. Así que llevaba una impresión de muy buena calidad de la hermosísima acuarela y le dejé al maestro el encargo. Muy serio, quedó en pensarlo y, en su caso, en trabajar. Algunas semanas después se presentó en mi oficina, una mañana que recuerdo como de felicidad plena: había hecho el trayecto desde Tlalpujahua en camión y traía en una bolsa, el DureroOlay. Supe reconocer de inmediato la huella inequívoca de la maestría absoluta. Le mostré la otra pieza, y, sin crueldad, creo que es la única vez que lo he visto sonreír, me hizo ver lo que a su juicio eran problemas técnicos de la pieza. El manejo de la pluma tiene unas reglas muy rigurosas que impone el material y, al parecer, el maestro Eliseo Ramírez se había tomado libertades distintas a la técnica del propio Olay. En cualquier caso, esta perspectiva abre un capítulo del mayor interés: no hay una técnica, sino una tradición del antiguo oficio mexicano de hacer arte con plumas preciosas de aves. En cualquier caso, conservo desde luego las dos obras, cada una de las cuales me gusta, aunque evidentemente la de Olay es una obra maestra que estoy seguro habría hecho feliz también a Durero, quien, como he dicho y repito, pues a veces se olvida, admiró y elogió en Bruselas las obras mexicanas que envió Cortés al Emperador.

El Museo Nacional de Arte hizo una gran exposición de arte plumario, cuyo catálogo se quedó en algún cajón sin publicarse. Tengo la esperanza de que en algún momento el buen juicio permita que salga a la luz, pues hasta donde tengo entendi do todo estaba muy avanzado: textos, fotografías, diseño. En fin, seguramente se publicará tarde o temprano.

Por añadidura, quien haya visto una obra del gran maestro Eduardo Sánchez, puede darse una idea cabal de que, lejos de perderse en el tiempo, este arte mayor está presente en México, en las manos de grandes artistas. Es tan conmovedora la maestría en los trabajos del maestro Sánchez que uno quisiera que formara un gran taller o escuela, y que recibiera todo el apoyo para recuperar, difundir y engrandecer esta gran maravilla del arte mexicano.

Pero el arte plumario tiene una correspondencia –a mi juicio– con el tema de la memoria y la ciencia: las colecciones de aves –sus pieles y esqueletos– que se conservan en los institutos de ciencias biológicas. Para no ir más lejos, pues en el mundo hay maravillosos acervos, conviene tener presente que la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto de Biología, conserva el 90% de las especies registradas en México. Leamos a la doctora Patricia Escalante Pliego, curadora de la colección: “De las 1052 especies registradas en México, la Colección Nacional de Aves cuenta con ejemplares de 950 de ellas (90%). Además, se tienen ejemplares en piel de 106 especies que no se encuentran en México, producto de donaciones o intercambios. El número total de pieles catalogadas es de 22966 y aproximadamente 2300 pieles nuevas por catalogar”.

Esas colecciones, desde mi punto de vista, con independencia de su importancia científica también son un muestrario del color y la belleza de las aves, el repertorio del que se desprende la mirada de los antiguos mexicanos, interesados en captar en obras maestras de arte plumario la fantasía del vuelo, la hermosa reflexión de la luz, la iridiscencia y la composición de joyas irrepetibles. Esas colecciones del Instituto de Biología de la UNAM, así como la obra del maestro Eduardo Sánchez, habrían emocionado también, indudablemente, a Alberto Durero.

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