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DECHADOS Y PSICODELIA

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DECHADOS Y PSICODELIA
Alejandro de Ávila Blomberg

Pocos años después de la conquista española, Andrés de Olmos recopilaba dichos y proverbios como ejemplos de buen lenguaje, para que otros evangelizadores aprendieran a hablar el náhuatl con elocuencia. Encontró que ciertas partes del telar servían para representar orden y virtud en las relaciones humanas. El lizo, que controla a los hilos de la urdimbre, y el templero, que mantiene pareja la anchura del tejido, eran mentados una y otra vez en las antiguas coplas indígenas. Junto con ellos se hacía alusión al dechado, el muestrario de figuras que guía a la persona que teje para crear diseños. Telar y dechado se convertían así en imágenes de la convivencia ideal de una sociedad.

El Museo Textil de Oaxaca inaugura en marzo una muestra de dechados mexicanos, coordinada con sendas exposiciones en el Museo de Historia Mexicana en Monterrey, en el Museo Franz Mayer y en el Museo del Colegio de San Ignacio de Loyola, Vizcaínas, en la Ciudad de México. Gracias a la generosidad de la FAHHO, el MTO ha reunido una de las colecciones más importantes de este género. Incluye, entre otras piezas extraordinarias, un muestrario temprano de bordados y deshilados con una inscripción en náhuatl. Se exhibe también un retazo del siglo XIX donde la bordadora plasmó acertijos visuales para completar sus versos de amor y desprendimiento terrenal. Las frases en punto de cruz de ese dechado hacen eco a las palabras de sabiduría que recogiera Olmos trescientos años atrás.

Además de los dechados, la exposición incorpora una serie de quesquémeles, blusas, servilletas y talegas donde se hace patente la inspiración en los muestrarios. Con frecuencia, figuras registradas con rigidez en bordados escolares fechados de 1840 a 1890 aparecen trastocadas o reinterpretadas en las piezas de uso, como si las proporciones de una escultura clásica fueran adaptadas a un gusto distinto en manos de un tallador criollo. Los dechados mismos propiciaron el surgimiento de un estilo peculiarmente mexicano, en el que la lógica del muestrario como colección variopinta de diseños se extendió a prendas completas, marcadas por su diversidad y eclecticismo.

Ejemplifican ese estilo algunos huipiles del norte de Oaxaca, donde las artistas chinantecas sustituyeron figuras tejidas de sus abuelas por animales, flores y árboles bordados en conjuntos aleatorios sorprendentes. En la década de 1960, la policromía de esos diseños, antes restringida a hilos rojos y azules de algodón, se disparó al difundirse una paleta muy extensa de madejas mercerizadas. En esos años, el colorido llegó a hacer eco al ecumenismo iconográfico, y la sinfonía visual se desbocó. La nueva actitud estética no se restringió a la Chinantla, sino que cundió por todo el estado y marcó a una generación entera de tejedoras y bordadoras.

El MTO abre también en marzo una exposición dedicada a esa época. Se ha seleccionado a un grupo de prendas hechas para uso comunitario, no destinadas al turismo, que atestiguan el ánimo de experimentación de los pueblos indígenas. Al lado de diseños milenarios aparecen en esas fechas figuras emblemáticas de la cultura visual urbana, dominada ya por los medios masivos de comunicación, y los colores vibrantes de los huipiles y blusas parecen sintonizar las experiencias de los jóvenes sesenteros con los enteógenos, las plantas y hongos sagrados de Oaxaca. Sin aseverar de manera ingenua que las tradiciones chamánicas de los pueblos originarios se reflejan en el estilo textil que tomó forma en esa década, la exposición quiere sugerir que las comunidades indígenas no fueron ajenas al movimiento contracultural que floreció de Avándaro a Woodstock, y facilitó la apertura social que hoy vivimos.

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