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El hogar siempre estuvo aquí

Xavier Rodarte

La identidad de un equipo reside, en gran parte, en su pasado histórico. La memoria colectiva, que enriquece y engrandece la historia de un club, atesora instantes reales y, en muchas ocasiones, ficticios, que abonan al halo mítico que moldea la personalidad de una institución.

La historia de una organización que, sin saberlo, estuvo en búsqueda de casa por más de 70 años, ha permeado en el desarrollo de la liga nacional más importante de beisbol en México. Es curioso cómo un equipo, que bateó todos esos años en búsqueda de diamantes, que ansiaban como casa, fuesen nómadas y, a la vez, sedentarios, al menos en el imaginario de sus seguidores. Haciendo trascender el sentido de pertenencia que tienen los fanáticos a su equipo, —el mismo que tiene el equipo hacía la ciudad que los cobija—, simplemente no se podría concebir una Ciudad de México sin sus Diablos ni unos Diablos sin su ciudad capital.

Ya sea en el legendario Parque Delta, o bajo la comunión que otorgaba el Estadio Fray Nano entre jugadores y aficionados, los Diablos Rojos supieron encontrar refugio en diamantes, que tarde o temprano, les dejarían de pertenecer. Fueron capítulos en su historia que han marcado con alegrías y hazañas el pasado idílico de una afición acostumbrada al triunfo, la misma afición que se ha encargado de inundar, con pasión, la ciudad de color rojo escarlata. Para quien diga que el beisbol es un deporte en el olvido, al menos en el contexto capitalino, no cuenta con la perspectiva que le permite observar a una afición ávida por la pelota caliente en un tenor predominantemente opacado por otras actividades deportivas y de entretenimiento.

Los Diablos nunca estuvieron en búsqueda de un hogar, sino de una casa, de un espacio que fungiera como escenario definitivo de sus batallas; de muros que, acompañados de arte e historia concentraran y relucieran los capítulos de su pasado; de gradas que permitieran hacer latir los corazones presentes al unísono y de un proyecto que, en conjunto, simbolizara el futuro que se ha de alcanzar con la entrega de cada uno de sus integrantes. Así, el Estadio Alfredo Harp Helú mantiene viva la llama de la pasión, haciendo de ella un incendio de emociones y experiencias que logran conectar el nuevo paraíso de los Diablos Rojos con su siempre hogar: la Ciudad de México.

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