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Recuerdos de Francisco Toledo

5 de septiembre, a un año de su fallecimiento

María Isabel Grañén Porrúa

Recuerdos entrañables vienen a mi mente cada vez que pienso en Francisco Toledo. Hubiera querido darle un abrazo fuerte por sus 80 años y, aunque no fuera su cumpleaños, también me hubiera gustado dárselo. Y es que me cuesta trabajo saberlo ausente, cuando lo siento tan presente en los tonos de un atardecer, en las calles de Oaxaca, en las paredes del IAGO, en los libros de su biblioteca, en la mirada de sus cinco maravillosos hijos, en los colores difuminados de la grana y el nopal o en una pequeña hoja comida por los insectos. En cada detalle lleno de belleza y amor encuentro a Francisco. Así era él: detalles de amor y de belleza, la sensibilidad a flor de piel.

Mi encuentro con Francisco no solo fue un proyecto de libros —que fue la razón por la que llegué a Oaxaca—, sino que la existencia me cambió por completo. Toledo me enseñó a ver la vida de otra manera: a maravillarme con el milagro de nombrarla en las diferentes lenguas originarias; a captar el arte en la partícula más simple, en lo más sencillo; a sorprenderme de la belleza en la piel de México. Gracias a Toledo comprendí las texturas y los colores de las piedras y las montañas de Oaxaca; la sabiduría de la arquitectura vernácula; el paso de la luz sobre la fachada de Santo Domingo; descubrí cómo el olor te transporta a los recuerdos más esenciales y cómo uno puede ser feliz con tan pocas cosas.

Oaxaca se convirtió para mí en el centro del mundo: lo que a mí me interesaba llegaba, irremediablemente, a esta ciudad, incluso el amor de Alfredo Harp Helú. Me deslumbró el cielo estrellado que nos arropaba en los patios abiertos del MACO y del IAGO, era la misma cúpula celestial que había cubierto a los habitantes de Monte Albán. Toledo era un imán que atraía a personalidades admirables como escritores, músicos, artistas, bailarines, historiadores, críticos de arte, arqueólogos, fotógrafos, poetas, cantantes, filósofos, cineastas, científicos, naturalistas y hasta merecedores del Premio Nobel iban a buscarlo. También acudían funcionarios y políticos, porque Toledo siempre andaba metido en todo. Llegaban a su amado Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, que Toledo me confió para que fuera su directora. Adoraba esa casa y también su biblioteca. Fueron años entrañables, fascinantes, en los que, sin duda, aprendí más que en la escuela y la universidad.

Me maravillaba cómo la mente de Toledo iba a mil por hora, siempre con alguna ocurrencia excepcional que nos ponía a todos de cabeza. Mi debut fue a las pocas horas de que tomé posesión en una silla de madera con patas de palo. Le pregunté: “¿Qué exposiciones hay organizadas para este año?”. “Ninguna —me dijo—, a ver qué se te ocurre porque ya me cansé de ver la que está ahora”.

La peor parte de mi trabajo consistía en explicarle al maestro la contabilidad que teníamos que entregar al Instituto Nacional de Bellas Artes. Extendía la hoja de cálculo, a Toledo y a mí nos costaba entender lo que era aquello, sabíamos leer letras, pero no números. Entonces, empezaba con mi cancioncita: “Mira, en esta columna están los nombres de los empleados, aquí los impuestos retenidos, aquí el pago al Seguro Social, menos el ISR, que es un impuesto que debemos pagar…”. Toledo cerraba aquella libreta y me decía: “Muy bien, preséntalo al INBA”. Y es que, a Toledo, los números nada más no se le daban. Un día, llegó furioso porque se enteró que la tienda del museo no producía ni siquiera “cuatro mil pesos” que necesitaba en ese momento. La encargada corrió a la dirección asustadísima. Salí a preguntarle al maestro que para qué quería tanto dinero y me dijo: “Pues para comprar mi Jornada”, es decir, para su periódico que costaba cuatro pesos; hacía como tres años que al peso le habían quitado tres ceros y él seguía pensando que costaba cuatro mil.

Los números no se le daban, pero el talento de Toledo llegaba más allá de las cifras. Un día compró unos hermosos grabados de Piranessi y con ellos organizamos una exposición. Me hizo mover cielo, mar y tierra para conseguir el permiso de reproducción de un hermoso texto de Marguerite Yourcenar, que quería que incluyéramos en un pequeño catálogo que publicaríamos con los ahorros del IAGO. Otro día llegó con la nueva de que organizáramos la proyección del último documental sobre Juan Rulfo; o la presentación del libro recién salido de Homero Aridjis o el de la contaminación del río de Juchitán. En una ocasión, ideó una exposición irreverente sobre las caricaturas en la época de Benito Juárez y el texto lo escribió don Luis González y González. En otra, pidió que llamáramos a Elías Trabulse para quediera una conferencia sobre el antiguo reloj de sol de Santo Domingo, porque los arquitectos restauradores habían decidido hacer uno nuevo, ya que, según ellos, existieron dos relojes. A veces teníamos que improvisar una conferencia porque tenía algún invitado que había llegado a visitarlo, como Carlos Monsiváis, Iván Restrepo, Teresa del Conde, Alberto Blanco, Alberto Ruy Sánchez y muchos otros que él consideraba importante que escucharan los jóvenes oaxaqueños. Hubo un tiempo en que se empeñó en buscar citas de grandes escritores sobre lo absurdo que era erigir monumentos sin lógica alguna, como una crítica feroz al desatino de los gobernantes por su afán de inaugurar estatuas de grandes héroes. Siempre había algo nuevo que aprender de Toledo, porque él era una explosión de ideas, y mi trabajo consistía en hacer realidad esas ideas, aunque, la verdad, no siempre eran factibles y, por supuesto, también tenía que decirle que eran imposibles.

Recuerdo aquella vez en que compró una hermosa casa en el centro histórico. Decidió convertirla en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo. Por supuesto, hacía mucha falta un espacio para reflexionar sobre la fotografía y es un éxito que continúe hasta el día de hoy, fue otra de sus grandes herencias. Don Manuel Álvarez Bravo estuvo en la inauguración fascinado por el lugar y el proyecto. Toledo nos asombraba siempre. Otro día, me llamó para pedirme que atendiera a unos finlandeses que estaban sentados en el patio del IAGO porque querían donar una máquina desfibradora para hacer papel con plantas de Oaxaca. Y ese fue el comienzo de una virtuosa experiencia para crear un taller artesanal de papel y experimentar con fibras locales.

La confianza que Toledo depositaba en mí, al ofrecerme el proyecto de organización de los libros antiguos de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, la dirección de su amado IAGO, con su maravillosa colección de artes gráficas, del Centro Fotográfico y del Taller Arte Papel Oaxaca en San Agustín Etla, ha sido uno de los mayores aprendizajes de mi vida. Me sentía afortunada, y eso me daba seguridad, jamás lo defraudaría.

Podría seguir enumerando la cantidad de actividades que se llevaron a cabo cuando fui directora del IAGO, ahí donde llegaba Alfredo Harp Helú a cortejarme. Entonces, Toledo iba a a la oficina y me informaba: “Ya está Harp allá afuera”. Apurada, le decía: “Ya lo sé, pero todavía no termino, ya lo mandé a bolearse los zapatos, pero creo que ya regresó”. “Sí, —me decía— ahora está hablando por teléfono y preguntando por los Diablos. Apúrate”. Y salía disparada a ver al novio.

Algunas veces, había tanto trabajo que me quedaba hasta tarde. Una noche, se asomó por los barrotes de la oficina y dijo: “Ya no es hora de trabajar”. Tenía razón, comprendí que la jornada laboral se terminaba cuando cerraba el museo y que la vida estaba más allá del trabajo. Toledo solía preguntarme si no me sentía sola, pero no, no tenía tiempo para la soledad, siempre sentí el cariño de la Chatita, de Freddy, de mis amigos y, además, mi familia siempre estuvo muy cerca. Una tarde, Toledo me contó que cuando vivía en París, la casera se compadeció de su soledad, entró a su cuarto y le cambió las sábanas. En la noche, cuando llegó, al meterse a la cama, el olor le recordó a su mamá, lloró y decidió que ya era hora de regresar a México, necesitaba el calor del hogar. Así de terrenal era Toledo, también así de excepcional.

Toledo fue un artista muy completo, incursionaba en diferentes técnicas y las dominaba como nadie; admiraba el trabajo manual y artesanal. También le gustaba experimentar con diversos materiales y siempre dejaba su huella. Pero su obra no solo se exhibe en los museos, Toledo creó arte en sus instituciones, en la Biblioteca del IAGO, repleta de jóvenes lectores; en el CaSa, con sus escaleras que chorrean sangre de grana, en la bugambilia que cobija a los lectores del IAGO, en el cinema El Pochote, en el Jardín Etnobotánico y en cada paso que daba en beneficio de su comunidad.

Lo ordinario lo volvía extraordinario. Así sucedió aquella vez. No sé cómo Toledo consiguió que nos prestaran tres libros que el editor Ambroise Vollard le encargó a Marc Chagall para ilustrarlos: Las almas muertas, de Gogol, Las fábulas, de Lafontaine, y las ilustraciones de la Biblia. Bella,
la nieta de Chagall, vino a Oaxaca desde Nueva York especialmente a la inauguración y, después de cenar, Toledo preguntó: “¿Les gusta bailar?”, contestamos que sí. Nos llevó al Bar Efraín, en los confines del río Atoyac, un sitio de mala muerte, donde la pista de baile se convertía en una pasarela con focos de neón en el piso para que las chicas con poca ropa desfilaran. Había una sombra de humo, música, algunas mesas y uno que otro borracho dormido sobre su asiento. Nos llevaron a una mesa con sillas de metal que anunciaban “Corona”. De beber, no había cerveza, así que trajeron una botella de ron, refresco de cola y agua mineral. Jamás en mi vida había visto a Toledo, a Sergio Hernández y a Alfredo Harp beber tal veneno. Pero eso no fue lo peor, sino que agarraban hielos con la mano, los echaban a los vasos y bebían muy a gusto disfrutando el espectáculo. Bella estaba feliz, jamás se imaginó que existiera un lugar así en el universo. Yo tampoco. Por supuesto, no faltó el borrachito que insistía en bailar con la güerita. Como ella se negó, los tipos de seguridad del antro se vieron en la necesidad de sacarlo a empujones. Luego se acercó otro borracho a pedirle un autógrafo a Toledo. Él, sonrió, se “chivió” y firmó con gusto. Después bailamos. La pista se llenó con parejas disparejas. Bailar la pieza con las muchachas del lugar costaba cinco pesos. Iban vestidas con atuendos demasiado estrechos, ajustados en las enormes caderas y con escotes provocativos que dejaban ver sus prominentes bustos. Seducían sus zapatos de tacón de colores llamativos. La más atractiva llevaba unas medias con una línea negra que subía desde el talón al gluteo. Se cubría el pecho con un brasier rojo de satín con flecos. Su pareja era un chaparro nefasto que le llegaba al busto, bailaba con un cigarro y, cuando la abrazaba, le agarraba las nalgas ¡Ni en Hollywood hubieran imaginado un escenario más provocador!

En eso, escuchamos un tamborazo y anunciaron algo que no logramos entender. En ese momento, la gente descendió de la pista. Apareció sobre la tarima una hermosa mujer que vestía una lencería sensual de malla transparente y bordada en tonos blancos. Su mayor sofisticación consistía en caminar sobre unos zapatos de plataforma con tacón alto y grueso. Comenzó a bailar con movimientos ondulantes, giros de cintura, caderas de un lado a otro, brazos ligeros y fluidos, utilizaba un tul transparente que le daba cierta gracia a sus movimientos. Poco a poco, al ritmo de la música, comenzó a quitarse los hilos de ropa que llevaba encima. Cuando era el turno para despojarse del brasier, sonó un tambor y la luz se apagó. Chiflidos y chiflidos, aplausos y más aplausos. Fue una noche inolvidable, como los miles de recuerdos que llevo de Toledo.

Quisiera celebrar a Francisco Toledo con estas evocaciones y decirle cuánto lo quiero y que, dondequiera que esté, vive en mí. Mi gratitud y mi cariño a Francisco Toledo.

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