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LA VIDA DE LAS AVES EN EL ARTE

Isidro de Castro, siglo XVIII.

Juan Manuel Yáñez García

Leonardo da Vinci decía que las plumas de los pájaros engendraban bellísimos colores, a la par de sus distintos movimientos; él mismo, según Vasari, compraba las aves a los comerciantes solo para echarlas a volar y restituir su libertad perdida. Pero ¿cómo llevar esta vida al arte? Son incontables los ejemplos que podemos encontrar y el lector tendrá sus favoritos por sus justas razones.

Durante siglos, la imitación de la naturaleza fue el canon perseguido por los artistas. El escritor de la antigüedad, Plinio El Viejo, elogiaba en su Historia Natural la labor de Zeuxis de pintar unas uvas tan realistas que los pájaros bajaban a picotear la obra. Otra anécdota narraba que, en la isla de Rodas, Parrasio pintó un sátiro junto a una columna y encima de ella una perdiz: “lo cual hacía tanta ventaja a todo lo demás, que todo el pueblo dejaba de mirarlo por alabar a la perdiz”.

Estos relatos dan cuenta de los mitos fundacionales del arte de la pintura en los que la mímesis produce una suerte de engaño al ojo y un carácter vital de las representaciones gracias al dibujo, los colores y las proporciones. Tal como lo entendió el Renacimiento: “La pintura posee una fuerza divina que representa ante los vivos a los que llevan siglos de haber muerto”. De esta manera, el pintor Francisco Pacheco decía que las mejores pinturas “parecen vivas, y son iguales a las demás cosas del natural”, recordando que Navarrete El Mudo pintó una perdiz tan bien que “si llegamos a cogerla ha de volar”.

No podemos dejar de mirar una pequeña perdiz que habita uno de los cuadros del retablo de San Nicolás de Tolentino de la iglesia de San Agustín, en Oaxaca, obra del pintor oaxaqueño Isidro de Castro, contratada en 1701. Tal como ha estudiado Selene García Jiménez, la obra narra el episodio milagroso en que los agustinos ofrecieron a Nicolás dos perdices cocinadas, pero el fraile, aunque débil y enfermo, se negó a comerlas y aquellas salieron volando.

La perdiz sobre el plato es uno de los atributos iconográficos del santo, a pesar del ayuno que practicaba, así como por el rechazo a la lujuria, ya que la perdiz expresa “libidinosidad y desenfrenadísima lujuria”, tal como nos ilustra el estudioso de la pintura Cesare Ripa, pues el macho puede destrozar los huevos que incuba la hembra en busca de atención. La imagen también muestra la vivacidad del ave, antes cocinada y luego a punto de volar. Así, el arte ostenta una condición “mágica” y vital, merced de su relación antigua con la naturaleza, en este caso, con las aves.

El Centro Cultural San Pablo se enorgullece de difundir esta vitalidad por medio de sus colecciones y exposiciones artísticas. Quizá las obras que presenta ya no obedezcan al estricto canon clásico de la mímesis, pero guardan la vitalidad del arte en relación con la naturaleza en sus pinturas, esculturas, fotografías, grabados, figuras de barro y otros soportes, técnicas y materiales.

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