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AVES EN EL CONVENTO DE TEHUANTEPEC

Ana Rodríguez García

Terminaba el siglo XVI, el caudaloso río que atraviesa Tehuantepec se había desbordado. Los frailes dominicos habilitaron sus propias celdas y el cementerio de la iglesia para los naturales y españoles… Cerca de dos mil personas se encontraban en el interior del inmueble recibiendo, de los frailes dominicos, comida y refugio dentro de una de las obras arquitectónicas más grandiosas construidas durante la evangelización en el estado de Oaxaca. Recrear el interior del inmueble nos lleva a reproducir los muros y bóvedas de gran opulencia, pese a los pocos datos con que se cuenta acerca de las fechas, sobre los maestros involucrados en la construcción o respecto a las decoraciones dadas al inmueble, bien atribuidas al ímpetu de los tehuanos.

Epidemias como la que atravesamos actualmente, inundaciones, como la ocurrida en 1599, y terremotos, entre otras catástrofes, nos hacen recordar –no solo a los oaxaqueños– la capacidad de reconstruirnos y de hacer de ellas la recapitulación de nuestra historia, de los medios y acciones para recuperar la armonía entre el ser humano y su contexto. Así, nos acercamos al terremoto más reciente, ocurrido en 2017.

La introducción de la imagen en el cristianismo tenía, durante la evangelización, el objetivo de convencer y convertir a una nueva religión. La decoración del convento de Tehuantepec pudo expresar el discurso completo de pasajes bíblicos y representaciones religiosas: primero, mediante lienzos que, colgados en los pueblos donde arribaban los frailes, buscaban despertar el deseo de comprender la imagen. Fue entonces que esta se utilizó para enseñar y convertir a los naturales. Encontramos que en las salas, el deambulatorio, las celdas y demás espacios del antiguo convento de Tehuantepec se representaron los principales atributos, cimientos y santos dominicos de la orden evangelizadora.

En una de las esquinas procesionales identificamos la peculiar representación de Santo Domingo, tal como lo soñó su madre estando embarazada: como perro guardián defendiendo la fe contra la herejía. De ahí que a los dominicos se les conozca como los lebreles de Dios: domini canis. Sin embargo, además de dichas representaciones, atraen particularmente las cenefas de elementos orgánicos de flores, frutos y animales como jabalíes, liebres, peces, una gallina silvestre y diversas aves que predominan en las composiciones, algunas de ellas parecen mostrarse en vuelo con las alas extendidas; un par de garzas reales por sus largos y esbeltos cuellos y con plumas en sus cabezas; una cigüeña con alas extendidas, otras aves en diferentes tamaños se observan postradas en los motivos vegetales.

Estas aves, inmutadas en su apariencia, se despliegan en los muros del convento junto con la decoración cristiana, logrando, en algunos casos, parecerse a tales representaciones por la forma de sus alas. En este sentido, seres alados como los serafines, querubines y tronos, o ángeles, arcángeles y principados, entre otros mensajeros cercanos a Dios, han sido tallados, labrados y pintados en siglos pasados para ser motivos de acompañamiento e incluso protagonistas de fachadas, retablos, lienzos y decoraciones. Sin embargo, en las celdas y salas del convento de Tehuantepec, predominan las aves junto con la flora y fauna, que bien podrían ilustrar las descripciones realizadas por los frailes dominicos, impresionados por la riqueza natural que distingue a la ciudad de Tehuantepec que creció a merced de las tierras tropicales.

Actualmente, el antiguo convento dominico se recupera de un terremoto que marcó a los oaxaqueños; en el proceso descubrimos y volvemos a valorar nuestra historia y la memoria que creíamos perdida. Seguimos teniendo fuerte la esperanza en que después de las catástrofes, como la pandemia que atravesamos, volveremos a encontrarnos para reparar juntos y conservar la armonía de nuestra cultura, producciones pasadas, ciudades y contextos naturales.

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