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El AÑO 2020, UNA REFLEXIÓN PERSONAL

Juan Manuel Herrera

Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo en esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero.

Manuel Vicent

Las circunstancias actuales, en tiempos en los que una crisis global, a un tiempo sanitaria y económica, hacen que gobiernos de todo el mundo establezcan el estado de emergencia, alarma o excepción. El ciudadano de a pie encuentra día con día innumerables motivos de inquietud y desasosiego. Entre los cuidados y recomendaciones que –desde la Organización Mundial de la Salud y de las autoridades sanitarias de cada nación– se han difundido clara y constantemente para evitar o al menos atenuar la propagación del COVID-19 y reducir los riesgos del contagio, destaca una tarea esencial, una forma civilizada con uno mismo y con los demás, una obligación frente a la pandemia que involucra a todos y a cada uno de forma personal, familiar, laboral y social.

Como nosotros, y es casi imposible dotar de sentido a las cifras, cerca de tres mil millones de personas en todo el mundo están confinadas en sus hogares. El efecto en la economía global es tan evidente que sus implicaciones son realmente profundas, pero solo el tiempo permitirá conocer el alcance de una situación apenas hace algunos meses inimaginable.

Cuando una situación de tal escala modifica la vida de tantas personas, tendemos a considerar, pues es una preocupación universal unánime: qué podemos hacer y cómo nos va a afectar. Es cierto que los esfuerzos para combatir la pandemia desde el ámbito gubernamental, y desde una perspectiva social, ya establecen un punto de partida inequívoco: las rutinas de vida, trabajo, solaz y tránsito se han modificado radicalmente.

La imponente cantidad de información disponible en torno a la emergencia global –inconmensurable en China y más tarde y de manera abrumadora en Italia y en España, aunque otras sociedades también estén sufriendo graves consecuencias, como en Francia, el Reino Unido, Alemania, Holanda y, muy cerca de nosotros geográficamente, Estados Unidos– es un recordatorio ominoso de lo que inexorablemente veremos entre nosotros y que estará presente en un grado todavía difícil de predecir y que se sumará a las severas restricciones en curso, al cierre de actividades productivas, el cierre de la enseñanza en todos los niveles de educación, confinamiento obligatorio, ciudades vacías, vida intramuros. Incertidumbre. Las cifras pueden consultarse en tiempo real (worldometers.info) y no dejan lugar a dudas acerca de la magnitud de la pandemia.

Decía que la inquietud y el desasosiego dan el signo y marcan la pauta de estos días aciagos. Pero al mismo tiempo, nosotros –como parte de un equipo de trabajo formado en una manera de ser frente a otros motivos adversos, y por asomarnos constantemente al pasado, por luchar año tras año en la defensa del patrimonio de México– acaso estamos mejor preparados para entender.

Como sugiere Jacques Attali, para apartar el escenario más pesimista “Hay que mirar a lo lejos, hacia adelante y hacia atrás, para comprender lo que está en juego”. Se refiere al impacto que las epidemias han causado en la historia: cambios esenciales.

Attali también anticipa que “crecerá un espacio en todo orden para aquellos que sepan mostrar el mayor grado de empatía hacia los demás […] ciertos sectores, la salud, la hospitalidad, la alimentación, la educación, la ecología”. Confía en “una vuelta a lo esencial, que es hacer un mejor uso del tiempo de que disponemos en este planeta, que aprenderemos a valorar como algo escaso y precioso”.

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En ADABI de México, como parte de la Fundación Alfredo Harp Helú, compartimos un espíritu de trabajo con muy elevado grado de empatía. Es el sello de la Fundación. Tenemos una vasta experiencia en enfrentar obstáculos de toda índole para lograr cosas esenciales: en la cultura, en la memoria, en la protección del patrimonio, en la difusión de colecciones, en la promoción de las tareas educativas y de investigación. Como es una tarea callada, que gusta del silencio, conocemos la sensación y el mérito de hacer las cosas bien, de una manera discreta y rigurosa. Tenemos como método el no cejar, el persuadir y avanzar en las tareas de conservación de documentación histórica en los archivos y de joyas bibliográficas en las bibliotecas de México. La conservación y la restauración de acervos son tareas muy exigentes en las que el tiempo se mide de otra manera. Son labores cuidadosas en las que se despliega mucho conocimiento porque el propio trabajo hace que en nuestras mesas descansen objetos de suyo muy valiosos.

Por esa conciencia, y gracias a esa labor en ADABI, debemos estar atentos y confiados en que la adversidad presente debemos entenderla con la misma óptica, con los mismos valores y principios con los que hacemos nuestro trabajo cotidiano. Gracias a la fortaleza personal y a la unión de propósitos, nuestro trabajo en ADABI es una inspiración. Hemos compartido con frecuencia la noción de que es un gran privilegio trabajar en ADABI, y no menos formar parte del equipo de don Alfredo Harp Helú, de la Dra. María Isabel Grañén Porrúa y de la Dra. Stella María González Cicero. La enseñanza y el horizonte en la Fundación es que trabajamos para México; así, ADABI ha realizado una contribución decisiva, transformadora, en el cuidado de nuestra memoria documental y bibliográfica, aunque no sólo eso, también en museos y en colecciones fotográficas, a lo largo y ancho de la nación mexicana.

Son tiempos difíciles, y todavía deberemos enfrentar días, semanas y meses de una gran complejidad para nuestra vida y la de nuestras familias. Las nubes oscuras se iluminan con el ejemplo heroico del personal en los hospitales en todo el mundo. Creo que debemos tener calma, pues será un recurso esencial en estos días. Calma y confianza en que, ya lo enfatizó la Dra. González Cicero, “Saldremos fortalecidos de esta crisis si actuamos con responsabilidad y juntos para superarla. No hay que perder el ánimo, vamos a salir adelante”.

Es un privilegio formar parte de la Fundación Alfredo Harp Helú. Con oportunidad y anticipadamente, su prioridad fue establecer criterios para proteger a la gente, al iniciar la modalidad de trabajo en casa. Creo que resulta indispensable respaldar las decisiones de don Alfredo, pues a lo largo del tiempo nos ha demostrado generosidad y apoyo, somos su equipo en los días felices, cuando celebramos los muchos logros, y también en estos días, en los que lo acompañamos y nos acompaña a distancia desde el Puente. Resulta indispensable mantener día con día el espíritu de trabajo y, desde casa, avanzar en todo lo que esté en nuestras manos en los proyectos que están en curso como nos ha alentado la Dra. María Isabel Grañén Porrúa. Resulta indispensable defender desde ADABI el compromiso con México, que es la escuela de traba- jo de la Dra. Stella María González Cicero y del Mtro. Jorge Garibay, ya que es la única manera de demostrar, en momentos de inquietud, desasosiego e incertidumbre, que el barco mágico llamado ADABI podrá salir con bien de la formidable tormenta que se avecina.

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