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LAS MITOLOGÍAS DEL HORAZERIANO TULIO MORA

César Elí García

Hablar de Hora Zero, movimiento poético nacido en el Perú, es hablar de vanguardia latinoamericana, con el ineludible eco de la vanguardia histórica europea. Para comprender los alcances de Hora Zero hay que remontarse a sus orígenes en los setenta, cuando los poetas Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz firmaron el manifiesto Palabras urgentes.

Esta fue la primera piedra que cayó sobre las tranquilas aguas de la poesía peruana, cuyas ondas expansivas llegaron hasta México, e influyeron en la promoción del movimiento infrarealista, capitaneado por el más infra de los infra, el poeta chilango Mario Santiago Papasquiaro.

De aquel manifiesto podemos citar el siguiente párrafo como máxima medular de su posición política –puesto que una posición poética es también política– que nos sitúa y responsabiliza en la geografía social: “Debemos decir que la crítica en el Perú, y en la mayoría de países latinoamericanos, está ejercida por escritores fracasados en otros géneros, y si a esto se añade una ignorancia descomunal, el resultado de estas contingencias suele ser espantoso. Se ejercita el silenciamiento, la confusión, la venganza política, la degradación perversa”.

Hora Zero, originado al calor de una juventud crítica y rebelde, nos deja en claro que la vanguardia se funda en una rabia colectiva hacia la mediocridad.

En 1977 surge la segunda generación de Hora Zero, sumándose de manera esencial el poeta Tulio Mora. La primera vez que oí su nombre fue hace varios años, en boca del poeta de origen oaxaqueño Virgilio Torres. Una tarde, mientras bebíamos una cerveza, me comentó que el poeta peruano Tulio Mora prologaría su libro Danza como Alfiler, en trámite de publicación con la Secretaría de Cultura. Al poco tiempo, y como buen adorador del becerro de oro de la poesía, me lancé al ciberespacio en busca de información sobre este poeta. El primer libro con el que tuve contacto fue Cementerio General, después con Mitología.

Tanto el movimiento infra como el horazeriano nos enseñan que hablar de poesía es hablar de colectividad. Pero ¿qué es lo colectivo si no apostamos por una ética del respeto y por supuesto de la honestidad? Los griegos planteaban que la única manera de acceder a la belleza era por medio del bien, la verdad y la justicia. Por separado, estas virtudes son inútiles. La verdad científica es valiosa, pero debe ser custodiada por el bien y la justicia, llevándonos a la ejecución de actos bellos, que se reflejarán entonces en nuestros hijos, leyes y discursos. Y claro, en nuestra poesía. Estableciendo como principio el diálogo, se manifiesta que somos seres incompletos y que la palabra es la clave que nos conecta con los demás.

No fue gratuita la amistad que Tulio y Mario Santiago construyeron durante la estancia del primero en México. Fue justamente Virgilio quien me instara a leer un texto escrito por Tulio, llamado Mario Santiago: un zapatista disfrazado de pachuco. En él hace recuento de sus días en la ciudad de México, andando las calles con los poetas infra, entre chatas de brandi y cigarrillos.

Al confrontarnos con Mitología advertimos que estamos frente a los cimientos de la poesía contemporánea, pero lo sorprendente es que Tulio Mora haya escrito un libro sumamente vanguardista aludiendo a lo más arcaico: el mito. No existe civilización nueva o antigua que no se halle fundada en él. Culturas tan distintas como las griegas y las mesoamericanas tienen sus cimientos en las mitologías que les corresponden. El génesis bíblico es otro referente. Pero Tulio Mora no busca los orígenes en una fenomenología mitológica, sino que se apropia de los mitos fundadores del Perú y los resignifica al interior de la contemporaneidad, con el fin de explicarse a sí mismo como un individuo inmerso en una sociedad cruzada por conflictos políticos y morales.

Dentro de estas coordenadas nace Mitología, un libro representativo de las poéticas de finales del siglo XX, con un gesto experimental propio de Hora Zero: dar vigencia al mito y confrontar el mundo circundante de una generación que desafió a las feroces dictaduras militares de Sudamérica en los años setenta y ochenta. México no pasó exactamente por esta experiencia, por el simple hecho de que este país ya se encontraba dentro de una dictadura cívico-política.

Es un acierto reeditar una obra como esta en Oaxaca, tierra que se balancea entre el mito y la oralidad, aunados a un lirismo clásico. Si bien existen obras signadas por lo van- guardista o conceptual dentro de la poesía local, la preeminencia de las formas tradicionales es la norma.

Podría decirse que en su libro Los hombres que dispersó la danza, el escri- tor y recopilador Andrés Henestrosa intentó reunir la mitología del estado. La diferencia con Mitología reside en que el volumen de Henestrosa es un acopio de relatos míticos, pero no da un salto lírico hacia la reapropiación de los mismos. Entonces, la estrategia de Mitología es renovar la voz antigua dormida en el mito, presentificándola. Lo común es pensar que la mitología es algo así como un archivo pasivo, reflejado en la fragilidad de la aventura oral. Tulio Mora reclama un no rotundo para esta perspectiva. La palabra escrita, etérea y mutable dota al mito de la línea de choque que nos guía por la senda siempre oscura del presente.

Por eso es valiosa esta reedición oaxaqueña de Mitología, ya que nos ofrece una visión innovadora de las palabras y la oralidad, elementos con los que nos relacionamos cotidianamente en este antiguo territorio. Apreciamos una mirada fresca de largos versos y esquemas visuales, donde dialogan el inca Pachacuti y su voz orgánica, junto a una bomba molotov y su grito sintético de vena industrial. Mixtura de lo arcaico y tecnológico en medio de la percepción del hombre contemporáneo.

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