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CEÑIR EL PARAÍSO: LA COLECCIÓN DE TONY Y ROGER JOHNSTON

Alejandro de Ávila

Tony y Roger llegaron a la Ciudad de México en 1968, y se enamoraron de nuestro país. Acá vivieron durante quince años y acá crecieron sus tres hijas.

La vocación de Tony como escritora de libros para niños y la profesión de Roger como banquero les permitieron conocer a varios devotos del arte y las tradiciones populares.

La joven familia viajó a muchos lugares remotos y atestiguó los cambios dramáticos en la vida de los pueblos indígenas durante ese periodo. En uno de sus primeros viajes, adquirieron una faja que visten las mujeres de Cuetzalan en la Sierra Norte de Puebla, adornada en un extremo con lana
de colores encendidos.

De regreso en la ciudad, un amigo de Roger opinó que semejante tejido luciría bien sobre la tapa del WC. Indignados por ese comentario, y alentados por conocedores del arte textil como Irmgard Johnson, Ruth Lechuga y Donald Cordry, Tony y Roger comenzaron a reunir una muestra de las fajas y los ceñidores de todo México. Así nació la colección que Tony donó al MTO en 2017, y que ahora exhibimos como un homenaje a la visión y la generosidad de ella y de su finado esposo.

Entusiasmados por la belleza de los textiles que iban encontrando desde la Sierra Tarahumara en Chihuahua hasta los Altos de Chiapas, la colección fue creciendo año con año. Roger era particularmente perseverante y logró convencer a muchas personas para que le vendieran ejemplos sobresalientes, algunos de ellos en uso, otros guardados como recuerdos familiares.

Habiendo cubierto la mayor parte del país, los Johnston ampliaron la mira y empezaron a adquirir fajas, ceñidores y cintas para el cabello en Guatemala. De manera paralela, incorporaron a su colección prendas análogas de la gente hopi y navajo del suroeste de Estados Unidos, y también bandas ceremoniales tejidas por los pueblos originarios de la región de los Grandes Lagos en el sureste de Canadá, completando de esa manera un acervo excepcional, representativo de toda América del Norte.

La institución financiera donde laboraba Roger lo envió a La Paz, en Bolivia, así inició una nueva fase en la vida de la familia y así surgió un segundo núcleo de la colección, tan rico y tan variado como lo que habían
reunido en México.

En la región andina, Toni y Roger explayaron su talento como amantes consumados de los textiles. A principios de los años 1980, recién llegados ellos a Bolivia, se daban a conocer los tejidos excelsos que varias comunidades aymaras del altiplano habían conservado durante cien o doscientos años.

En esas fechas algunas familias decidieron vender parte de su legado y los Johnston pudieron comprar ponchos, awayos (capas de mujer) y otras prendas ceremoniales, además de las fajas maravillosas que los seguían fascinando.

Viviendo en La Paz, emprendieron viajes a Perú, Ecuador y Chile, donde encontraron ejemplos adicionales, buscando siempre tejidos de excelencia. Años después, cuando la familia regresó a California, llevaba consigo una colección extensa y magnífica de fajas y ceñidores de toda América.

Hasta donde sabemos, no hay otra que se compare a ella en manos privadas o museo alguno.

Siempre inquieto, Roger se lanzó posteriormente a Bután, donde reunió un último conjunto de fajas, complementando las que Tony y él habían conseguido del sur de China, Indonesia, el centro de Asia, Turquía y Marruecos.

En 2016, segada la vida de Roger en un accidente de esquí, deporte que lo apasionaba, Tony tomó la decisión de donar el acervo entero a este museo, sumando casi mil piezas. Cuando conocimos sus textiles en su hermosa casa de San Marino, cerca de Los Ángeles, amueblada con armarios antiguos mexicanos y baúles oaxaqueños, con obra plástica de Francisco Toledo –y de otros artistas contemporáneos– colgando sobre las paredes, sentimos que entrábamos en una esfera íntima llena de amor a nuestra cultura.

Nos conmovió mucho percibir la sensibilidad con la que Tony y Roger reunieron cientos de obras maestras del arte textil durante más de cuarenta años. Admirando pieza tras pieza por varios días, la riqueza de los matices y la vitalidad de las figuras tejidas nos remitieron con fuerza a las imágenes que uno como niño se forma del jardín del edén.

Al donarnos su colección, la familia Johnston hereda a Oaxaca su esfuerzo, su cariño y su visión del paraíso.

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