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CIEN AÑOS DE LAWRENCE FERLINGHETTI

Matt Gleeson

En San Francisco, Estados Unidos, donde colindan el barrio chino y el barrio italiano, en una avenida concurrida donde los turistas se mezclan con los que frecuentan bares y téibols y esos viejos bohemios que han logrado sobrevivir a la invasión de Facebook y Google, existe la librería y editorial City Lights. No sería exageración decir que a esta librería se hacen no sólo visitas sino peregrinajes. Históricamente, la sede californiana de la Generación Beat –ese grupo de escritores contraculturales que surgieron en la década de los 50 para cuestionar, retar y hasta aterrorizar el conservadurismo de la época, figuras como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs y Gregory Corso– es todavía una librería y editorial que sigue forjando un camino a contracorriente. El lugar da testimonio de la visión y actividad de su fundador, el poeta Lawrence Ferlinghetti.

Siempre robusto de salud y espíritu, Ferlinghetti cumplió cien años de vida este 24 de marzo. En un mundo donde muchos poetas se consumen por su propia intensidad y se nos van temprano, hay que celebrar con ganas cuando tenemos la suerte de que uno tan importante y entrañable siga entre nosotros. A fin de cuentas, Ferlinghetti es un poeta que afirma la fuerza de la vida. No sólo poeta: también editor, pintor, novelista, dramaturgo experimental, traductor, y cabe decir gran amador de los perros callejeros (como debe ser cualquier persona que lucha contra el sistema). Su poesía es sumamente crítica del régimen político norteamericano, y también sumamente popular: su segundo libro, A Coney Island of the Mind (Un Coney Island de la mente), ha vendido un millón de ejemplares. Jamás ha dejado de escribir: su último libro, Little Boy, acaba de salir este marzo. Ferlinghetti siempre estará vinculado con la ciudad de San Francisco, pero viajaba mucho, visitaba mucho México, y volvió una y otra vez a las tierras oaxaqueñas. Así que en Oaxaca también se celebra su vida.

Ferlinghetti es el hombre que, después de luchar en la Segunda Guerra Mundial siendo joven, adoptó una política de pacifismo absoluto. Es el que hizo su doctorado en la Sorbonne en los años de posguerra, y siempre sentía nostalgia por aquel París de Djuna Barnes y Samuel Beckett. Es el que se mudó a San Francisco en 1951 en busca de un poco de libertad y un buen vino tinto, y ahí abrió, con un socio llamado Peter Martin, una pequeña librería dedicada a la venta de libros en pasta blanda: City Lights. Es el que fundó una editorial en la sede de la misma librería, quien escuchó una lectura del gran poema “Aullido” de Allen Ginsberg y acertó publicándolo. Luego perseveró en defender ese libro cuando los policías de Estados Unidos lo arrestaron y lo pusieron en juicio en los tribunales por “editar y vender material obsceno”. Es el hombre cuya editorial fungió de hogar para la vanguardia beat, pero que nunca se consideró a sí mismo un beat: compañero sí, acompaña te deviaje y a la vez el que ayuda a construir el barco (además, uno que nunca destruyó su cuerpo con drogas como hicieron muchos otros). Editó también una gran lista de autores internacionales en traducción al inglés: Nicanor Parra, Pier Paolo Pasolini, Homero Aridjis, Jacques Prévert, Ernesto Cardenal.

En cuanto a su propia poesía, él mismo la define como una poesía “abierta de par en par” (etiqueta que atribuye a Pablo Neruda). De las y los poetas norteamericanos que conoz- co, me parece que él es uno de los que realmente se aferra a la noción (son mis palabras, no suyas) del poe- ta como guardián de la consciencia ética humana: “No son tiempos para que el artista se esconda / en las alturas, más allá, detrás de la escena, / indiferente, cortándose las uñas…”. Una poesía con fama de ser accesible y entendible, pero empapada también de la literatura clásica y moderna. Una poesía disidente, de denuncias del capitalismo depredador y el militarismo de su propio país: “Ten lástima a la nación / que no alza la voz / sino para alabar a los conquistadores / y aclamar al bully como héroe / y que pretende reinar sobre el mundo por fuerza y tortura…”. Una poesía de asombro y de manifiestos lúdicos. “las palabras son fósiles vivientes”. El poeta arma la bestia salvaje… Una apertura del espíritu pero que no tiene vergüenza del cuerpo humano y el sexo, y con toques ácidos de sátira: “Oh, tengo el blues de la procreación / siempre estamos procreando procreando procreando […] Seguiremos haciéndolo / como si no hubiera / ninguna otra meta en la vida / No hay nada más que hacer en el zoológico…”.

En 1970 salió su libro The Mexican Night, fruto de varios años de viajes en México; una traducción al español, La noche mexicana, fue publicada por los editores de la revista Generación. Es un libro de prosa libre y onírica que plasma su fascinación por el país. Celebración turística definitivamente no es: indaga en la oscuridad y la muerte, en la pobreza y la posibilidad de la revolución, en el mito del cónsul alcohólico de Malcolm Lowry. (El libro Bajo el volcán siempre ha sido una referencia importante para Ferlinghetti, y en los años sesenta él publica los poemas selectos de Lowry después de investigarlos en los archivos del autor en Canadá). Aquel libro no agota su experiencia en México. En particular, seguía visitando Oaxaca para dar pláticas, presentar libros o simplemente conocer. Algunos trozos fragmentarios de sus visitas se pueden leer en la colección de sus diarios de viaje: Writing Across the Landscape. En Oaxaca de Juárez anota sus reacciones a las marchas campesinas y al carácter colonial de una formal cena diplomática. En Puerto Escondido escribe un texto sobre los pensamientos de un perro y relata que su hijo, buen surfista, salva a una mujer que casi se ahoga en las olas. Asiste a un curso de grabado y en una ocasión fue recibido con la escenificación de una de sus obras de performance. Enseñanzas, pues, que van en ambos sentidos.

Yo, parte de una generación más joven, tuve la fortuna de trabajar una década en su librería y editorial, y considero a Ferlinghetti como un maestro y mentor imprescindible; debo a él y al entorno que creó una gran parte de mi educación literaria y política. Brindemos por él: gracias por nutrirnos y retarnos durante tan- tos años.

[Las citas de Ferlinghetti en este texto vienen de: “Manifiesto populista,” traduc- ción de John Burns y Rubén Medina, con una corrección; “Pity the Nation,” traduc- ción del autor de este artículo; “¿Qué es la poesía?”, traducción de Betty Ferber y Homero Aridjis; “The Breeding Blues,” traducción del autor de este artículo].

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