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ILUSTRANDO LETRAS

Darío Castillejos 

Tuve la oportunidad de ser invitado a impartir un pequeño taller sobre estrategias para la lectura en el marco de las actividades que realizan las bibliotecas móviles y el programa de fomento a la lectura Seguimos Leyendo, apoyado por la Fundación Harp, el DIF de Oaxaca y la Universidad La Salle.

Hablamos de diversos asuntos y pude compartir en diversos espacios lo que para mí es más una pasión de vida que una vocación: el dibujo. Recordé que, siendo yo un niño, tuve acceso a ese medio de expresión cuando tomé el primer lápiz en mis manos, y desde entonces puedo decir, como lo expresara Frederick Franken: “Lo que no he dibujado, no lo he visto realmente”. Conocí a tres grupos integrados por hombres y mujeres de distintas edades y pareceres, pero con algo que parece común en las distintas generaciones adultas: la idea de que no saben dibujar.

Esta frase tan común y tan repetida se ha convertido en una especie de obsesión y reto a vencer para mí. Conozco bien la cara que ponen las personas cuando me atrevo a desmentir esa premisa: algunos ríen, otros se rascan la cabeza pensando que escucharán un sermón aderezado con falsos ánimos para pasar el rato; otros de plano miran al techo y escépticos respiran con resignación. Sin embargo, nada se compara al mirar los rostros sorprendidos y las sonrisas extasiadas cuando se logra terminar un dibujo al final de la sesión.

Nunca he dejado de preguntarme por qué dejamos de lado el apetito creativo, las ganas de expresarnos a través del dibujo y, por qué no, de soñar a través de los trazos. Una de las razones la encontré leyendo un libro muy conocido de la maestra Betty Edwards, cuando mencionaba que la mayoría de las personas deja de dibujar a los nueve años de edad, que es precisamente el periodo de nuestras vidas en que los adultos nos exigen tomar con seriedad los asuntos importantes (a su parecer) de la vida.

A partir de esta castración creativa algo pasa con la natural habilidad del dibujo. Ante los reclamos en casa y en la escuela, los dibujos que aparecían llenos de color en todo el espacio de las hojas en el kínder empiezan a migrar hacia los márgenes de los cuadernos, enmarcando entonces todas las notas y lecciones dictadas; se convierten en dibujos marginales. Seguimos creciendo y crecen también las llamadas de atención para dejar de perder el tiempo en la distracción del dibujo y los garabatos emigran hacia la parte posterior de las libretas, convertidos ahora en dibujos clandestinos. Son pocos los rebeldes que persisten en resguardar a toda costa un lugar para que sus dibujos sean mostrados a quienes prefieren pasar de largo. La habilidad y la creatividad dibujística al final caen rendidas ante un hechizo de sueño, como en La Bella Durmiente, para no volver a despertar.

Al considerar y confrontar todos juntos esta historia, decidimos despertar de a poco al instinto creativo de su letargo con una serie de ejercicios. Consideramos juntos la importancia que tienen las imágenes para entender y asimilar una idea. Esto lo sabían los dibujantes de Altamira, los chinos, los egipcios, los fenicios, los griegos y los romanos. Un mensaje que se transmite acompañado de imágenes es 80% a 90% mejor asimilado que cuando se transmite por texto o simplemente se escucha. Tuvimos pues ahora la oportunidad de comprobarlo nosotros también, y, para ello, recopilamos una serie de poemas infantiles de diversas autorías que hablaban de peces y cocodrilos voladores, nubes que se convertían en sueños y pasteles risueños. Los dibujos comenzaron a aparecer, muy tímidamente al inicio, pero se asomaron cada vez más y más, saliendo de sus escondrijos y de las páginas olvidadas. Las risas curiosas y los ojos avivados empezaban a llenar de destellos el lugar y fuimos entonces a dar el beso cual príncipes y princesas al pequeño durmiente.

Era un agasajo estar entre trazos, hablábamos el mismo idioma y tuvimos curiosidad por conocer las creaciones de unos y otros; sonreíamos como si pudiéramos darnos la mano sobre un muro que nos había impedido saludarnos desde hace tiempo. Surgieron también las historias propias y conocimos los contrastes y las visiones de aquellas cabezas que, según nos dijeron un día, eran mundos diferentes. Recuerdo a Juanita, dueña de una risa tímida y mirada discreta, abstraída en una hoja moviendo por toda ella los lápices y los colores en un mundo que le era familiar y al que había vuelto nuevamente. Su dibujo me recordó mucho aquella etapa en la que la felicidad de mi niñez cabía en una hoja blanca.

Siempre que tengo la oportunidad de participar en actividades de este tipo soy muy feliz. Me siento como aquel chico que cuando compartía sus dibujos encontraba que los demás hablaban el mismo idioma universal: el del dibujo. Espero poder volver mientras tenga aliento a ese lugar común, a ese mundo en el cual se traza lápiz en mano, una vida de eterna inspiración.

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