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LA OVACIÓN

Agustín Castillo

Fue un mediodía nublado en Monterrey. De pronto, el sol se abrió dentro del Parque Fundidora, comenzaron a llegar personalidades del deporte, de la vida pública y económica del país.

Se percibía una gran ansiedad por conocer el nuevo Salón de la Fama del Beisbol Mexicano; el recinto que involucró a más de 1200 personas de diferentes rincones del territorio nacional, lo mismo para su concepción que para su construcción.

Con apenas algunos segundos de retraso, apareció una poderosa comitiva. En ella se encontraban el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón y el C.P. Alfredo Harp Helú, quien seis años atrás se había comprometido a rescatar el templo de los inmortales.

Las paredes del imponente edificio retumbaron por primera vez, segundos después de que los oradores tomaron sus lugares. Bastó con escuchar el nombre de don Alfredo para que cada uno de los asistentes le brindara una asombrosa ovación, la más natural y pura de las que se tenga memoria.

Ahí estaban las grandes glorias del pasado, con todos sus hits, con todas sus carreras y con todos sus juegos ganados. Ahí estaban también los poderosos empresarios, los que invierten y siempre quieren ganar. Ahí estaban los artistas de los trazos maravillosos. Ahí estaba la familia de don Alfredo, que como él mismo dijo, “está comprometida con México, que sabe vivir y morir jugando beisbol”.

Nadie podía dejar de aplaudir. Fueron largos segundos de homenaje para el hombre cuya familia no podía estar más emocionada al recibir tanto afecto, tanta admiración y tanto respeto, el que se merece el principal promotor del beisbol en México, como lo dijo en su discurso el Presidente de México.

Don Alfredo no esperaba aquella avalancha de aplausos. El había ido a rendirle homenaje a los grandes del beis- bol mexicano, a inaugurar una obra llena de amor y gloria para su país. Así quedaron atrás los meses de trabajo y preocupación para que abriera sus puertas el edificio del millón de ladrillos, el palacio de las bóvedas gigantes.

Si el beisbol y sus leyendas tuvieran voz, seguramente habrían replicado el mensaje de Andrés Manuel López Obrador: “Párate Alfredo, para que te ovacionemos”.

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