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EL SALÓN DE LA FAMA DEL BEISBOL MEXICANO

Agustín Castillo

El imponente Parque Fundidora tiene un motivo más para reunir a miles de personas cada día en sus majestuosos jardines, donde sus gigantescas estructuras de hierro son devora- das por el verde de los callejones. Las enormes bóvedas de ladrillo rojo que componen el nuevo Salón de la Fama del Beisbol Mexicano atrapan las mi- radas a un costado del antiguo ojo de agua de Santa Lucía.

Nuestro rey de los deportes volverá a concentrar la colección más grande de sus memorias en un solo lugar. Los recuerdos y las leyendas se mantuvieron en silencio durante casi seis años; días de incertidumbre que se transformaron en meses de esperanza. El Salón de la Fama dejó de ser el apéndice de una cervecería para encontrar un hogar propio, a la altura de sus inmortales huéspedes.

La apertura del recinto de los in- mortales llega en el mejor momento, precisamente cuando el beisbol está decidido a adueñarse de las mejores portadas, cuando las Grandes Ligas nos vuelven a visitar con frecuencia y cuando contamos con estadios que sorprenden a la nueva ola de aficiona- dos. El Salón de la Fama del Beisbol Mexicano tiene las historias, las respuestas y las explicaciones.

“El beisbol es magia y es un gran conducto para enlazar generaciones”, nos cuenta Francisco Padilla, director del Salón de la Fama: “Tenemos una misión muy clara: Conservar las grandes historias del beisbol mexicano y ser el medio de transporte para que, sobre todo los jóvenes, mantengan viva la esencia y tradición de nuestro deporte. Este lugar se va a convertir en el agente desarrollador de la cultura deportiva en los niños y no tan niños”.

Los relatos de los kilométricos homeruns de Héctor Espino, de los jeroglíficos de humo que lanzaba Martín Dihigo desde la loma y de los asombrosos tiros de “La Mala” Torres desde la profundidad de los jardines no pueden esperar más para apoderarse de la emoción de chicos y grandes. Las fábulas del beisbol no han cambiado, pero la forma de contarlas sí. Abrazado de la museología actual, el Salón de la Fama diseñará la estrategia ideal para no perder dinamismo y mostrar algo nuevo a quienes los visiten más de una ocasión.

En este nicho todo es de dimensiones gigantescas: Una enorme biblioteca con zona infantil, un auditorio, un patio con juegos interactivos, una tienda de recuerdos y una explanada para exaltar a sus futuros habitantes. Todo lo anterior complementa el ecosistema donde reposarán las doscientas placas de jugadores, mánagers, ampayers, directivos y periodistas, que son el corazón de un edificio que rebasa cualquier pensamiento futurista de Alejandro Aguilar Reyes “Fray Nano”, promotor de la primera elección de inmortales hace ochenta años. El tren de los recuerdos nos transporta nuevamente a momentos de gloria. Resultará irresistible detenerse a observar el Bat de Plata donado en vida por Beto Ávila, que lo avala como el campeón bateador de la Liga Americana en 1954, logro que hasta ese momento no había sido alcanzado por un jugador latino. Con porcentaje de .341, el veracruzano superó al fenómeno estadounidense, Ted Williams. Será obligado detenerse a recordar el ingreso de la Liga Mexicana a la Asociación de Ligas Profesionales en 1955, acontecimiento que fue el origen de una placa entregada en 1974 por Henry J. Peters.

La permanencia del recinto en la capital de Nuevo León es muy significativa. Fueron cuatro décadas de trabajo ininterrumpido en su ubicación anterior, lo que convirtió al Salón de la Fama del Beisbol Mexicano en un referente de la ciudad que también es el hogar de los Sultanes, la franquicia más antigua de la Liga Mexicana. A pesar de enconadas disputas por la sede, la comunidad regiomontana conservará el privilegio de mantener en su tierra el sitio donde las Ligas y los colores se unen para celebrar a sus glorias.

Quedó en el recuerdo la tristeza general que causó la posible desaparición del hogar de los inmortales. La oportuna intervención de don Alfredo Harp logró rescatar, junto con sus valiosos aliados, una tradición que ahora vivirá su tercera etapa, seguramente la más emocionante.

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