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PROHIBIR O NO PROHIBIR LOS PLÁSTICOS, ÉSA ES LA CUESTIÓN

Miguel Rivas

Vivimos momentos inciertos sobre el costo-beneficio ambiental que tienen los plásticos en nuestras vidas. Por un lado, estos polímeros nos han ayudado a disminuir la cantidad de metal, madera y otros materiales, ahorrándonos mucha energía y materias primas, a tal punto que algunos creen que usarlo es una solución verde. Pero por otro lado, somos testigos de la devastación y el daño ecosistémico que deja el abuso de este material, creando artículos que llamamos desechables y que luego afectan a otros seres vivos de este planeta.

El punto es que mientras nuevos materiales más amigables con el medio ambiente son creados, debemos decidir qué pasará con los actuales. Los mismos que colapsan nuestros sistemas de drenaje, van a dar al mar y allí son ingeridos por más de 700 especies, causando su intoxicación y muerte, haciendo un daño irreparable a los ecosistemas y a las personas que subsisten directa o indirectamente de los recursos del mar.

Iniciativas como el cambio de legislación en los estados de Querétaro, Veracruz, Baja California y San Luis Potosí, entre otros, muestran que una forma de poner un alto a la contaminación por plástico se puede lograr por medio de prohibiciones. Muchos países están adoptando estas medidas, poniendo sobre la mesa el debate de cómo podemos prescindir de estos artículos superfluos como las bolsas o los popotes y, además ponen presión a la industria para la creación de nuevos materiales 100% biodegradables e inocuos que permitan seguir conservando y distribuyendo los productos.

Como es de esperarse, la industria del plástico requiere defender sus negocios. Seguro nos hablarán de las miles de bondades de estos materiales y resaltarán cómo no po- demos vivir sin ellos, de lo contrario tendríamos que volver a lo compleja que era la vida antes de 1950, cuando los primeros polímeros plásticos se crearon. Nos dirán que la solución es el reciclaje y que si lo hacemos más y mejor el problema se soluciona, pero eso no será cierto del todo.

Menos del 10% del plástico se ha reciclado desde su creación. Diversos estudios han demostrado que el reciclaje no es una solución para la actual crisis de la contaminación plástica. En el mejor de los casos, si aplicáramos la mejor tecnología disponible, la reciclabilidad alcanzaría el 53%, y para ser honestos, no todo lo que es reciclable necesariamente se recicla. Recientemente el Panel Asesor Científico y Técnico (STAP) del Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas (PNUMA) indicó que la economía circular en sí misma no resolverá el problema de la contaminación plástica, si dichas medidas no van acompañadas de políticas serias de reducción en la fabricación de nuevo material plástico.

No podemos esperar a que todo el plástico sea reciclado porque ésta es una utopía que no ocurrirá al 100%. Prohibir los plásticos de un solo uso es el primer paso para cuestionarnos sobre el abuso que hemos hecho de estos polímeros en nuestras vidas y la responsabilidad que tienen las corporaciones que decidieron vendernos todo, absolutamente todo, en este material. Aclaro que no se trata de acabar con este material para siempre, pero al menos deben estar prohibidos cuando su vida útil es infinitamente inferior a la cantidad que demorarán en descomponerse en el ambiente. Por ejemplo, una bolsa plástica de polietileno tiene una vida promedio de 12 minutos y luego demora entre 150 y 400 años en des- componerse.

En el estado de Oaxaca han sido los municipios quienes han marcado la pauta prohibiendo estos plásticos innecesarios. Esto sin duda trae beneficios como: mayor eficacia del sistema de recolección de basura, ahorro para los comercios, beneficios para el turismo, pero, sobre todo, un beneficio para el medio ambiente local y aquellos que gozan de sus bondades en el estado. Es hora de que el gobierno estatal haga eco de estas iniciativas y legisle sobre el tema.

Esperemos que Oaxaca y más estados se atrevan a regular y legislar sobre prohibiciones a este tipo de plásticos de un solo uso, y tomemos conciencia como sociedad acerca de terminar con este modelo cultural basado en usar y tirar, el cual no es sostenible en el tiempo, en este planeta de recursos finitos, y que pronto el modelo económico migre hacia nuevas formas de entregar los productos a los consumidores en armonía con los ciclos biogeoquímicos del planeta.

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