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AL MAR DEL SUR, CONJUNTO CONVENTUAL DE SANTO DOMINGO TEHUANTEPEC

Ana Rodríguez García

En una mirada al pasado de Teguantepeque, la tierra que Cortés hallaría a su paso en la búsqueda del rumorado Mar del Sur, incierto en aquel siglo, nos es mostrada como la tierra sobre la que las órdenes mendicantes realizarían un esmerado quehacer para llevar a cabo la evangelización, iniciando con los franciscanos. Sin embargo, sería la Orden dominica la que brindaría su icónica contribución en aquel lugar conocido como Santo Domingo Tehuantepec. Aquella amplia extensión de territorio de ásperas condiciones –donde la gente se hallaba esparcida hablando diferentes lenguas– se convirtió más tarde en uno de los principales hitos del Camino Real que conducía de México a Guatemala. De Tehuantepec a México sería denominado como el Camino de los Salazones. Sin olvidar que en su itinerario, el conjunto religioso construido en el siglo XVI haría también de Santo Domingo Tehuantepec parte de la Ruta Dominica.

“Un convento dominico había sido construido en Tehuantepec”, corría el año de 1554 cuando el virrey Velasco anunciaba aquella noticia a Felipe II, enunciando también que su construcción se realizaba con la donación de un gobernador zapoteca. Era don Juan Cortés, el citado personaje, quien antes de ser bautizado fue Cocijopij, Cociyobij o Cosiobi, de la dinastía zapoteca que gobernaba en aquel lugar cuando llegaron los españoles, el mismo que mandaba en aquel año que el barrio de pescadores, el de San Blas, llevara su producto todos los días a la edificación de la suntuosa bóveda que estaba en proceso. Se sabe que para el año de 1545 la obra ya había iniciado, pues se había pagado a un albañil la cantidad de 73 tepuzques por sus servicios realizados en el molino y en la iglesia. En torno a ese sitio se desarrolló una particular arquitectura que es reconocida por sus características icónicas.

La monumental obra religiosa era dominada en el siglo XVI por un atrio en el cual se hallaba la capilla abierta con sus contrafuertes de remarcado esviaje, detallados con casetones; sitio donde los naturales tomaban la misa. A un lado se hallaba la iglesia para los españoles, con su interior de arcos apuntados, bóvedas nervadas y su campanario separado. Probablemen- te la iglesia era más larga y fue modificada años más tarde, de acuerdo a un levantamiento de Robert Mullen en el que representa las ruinas de aquel espacio. Asimismo, es probable que justo al lado de la iglesia se encuentre oculta, entre agregados y transformaciones, una segunda capilla abierta (o tal vez la primera) a la que fue adosado el convento dominico, atendido en el siglo XVI por seis frailes que imaginamos recorriendo las celdas y deambulatorios, entre muros y bóvedas que con seguridad se mostraban mucho más esplendorosos y ricamente decorados con pintura.

En el siglo XIX, con el porfiriato, una época de notable influencia en la zona, en la capilla en la que los naturales escucharon la misa fue incorporado un techo de lámina apoyado en columnas de hierro que duró hasta el siglo XX, cuando el sistema fue sustituido por uno de concreto reforzado. El espacio es ahora conocido por sus devotos como la Catedral de San Pedro, adquiriendo mayor relevancia religiosa respecto al antiguo templo; el atrio fue adicionalmente ocupado por el edificio del obispado, que se construyó probablemente en el siglo XIX al frente dl convento. Con esa composición, el conjunto arquitectónico rd uno de los edificios que más conmueven la vista dentro del tejido de la antigua villa. ha prevalecido por varios siglos y, muy recientemente, a los movimientos sísmicos que dañaron gravemente al estado de Oaxaca en el año 2017.

Es por ese motivo que dese hace un año los interiores descansan en apuntalamientos de madera y cerchas, los contrafuertes que dan al patio del exconvento se encuentran gravemente fracturados y en la planta alta colapsó parte de una de las altas bóvedas de cañón corrido que tanto deseó el gobernador zapoteca, de la misma manera que los arcos ojivales del templo. En ese mismo mes de septiembre, el Instituto Nacional de Antropología e Historia comenzó con el apuntalamiento preventivo de los arcos y cubiertas más afectados. Los contrafuertes fueron asegurados mediante un cinturón de tensores y tablas que ampara de la gravedad a los robustos soportes estructurales.

Dentro del inmueble, en la sala del profundis, el noble espacio dio cabi- da para desarrollar el proyecto de intervención. Desde ahí, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca avanzó en la propuesta de intervención para recuperar integralmente el conjunto y las pintorescas casas tradicionales que embellecen las calles de Santo Domingo Tehuantepec, las cuales se continúan recuperando desde aquel suceso. Dentro de la vulnerable estructura del inmueble, que sostiene delicadamente la pintura mural entre grandes aberturas que atraviesan significativamente o en su totalidad la fábrica de ladrillo de barro rojo y los aplanados, el equipo multidisciplinario, en coordinación con el INAHen sus diferentes secciones (Monumentos Históricos y de Conservación y Restauración de Bienes Muebles e Inmuebles por Destino), valoró los daños y resolvió el complejo criterio con que dio inicio la intervención.

El 26 de noviembre del año 2018, como la vida de una maravillosa obra de arte, comenzó la restitución de la fuerza a las piernas y brazos de la Casa de la Cultura de Tehuantepec, asimilada en sus contrafuertes y muros, al tiempo que se levanta y asegura la piel que se muestra detallada a tramos, con los matices que siglos atrás absorbió la cal, ahí mismo donde distintas manos en diferentes siglos aseguraron el deleite de las siguientes generaciones.

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