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XV ANIVERSARIO

Verónica Loera y Chávez

Estoy hecho de silencios, de soledades Andrés Henestrosa

Siempre que pienso en Andrés Henestrosa recuerdo la historia de aquel muchacho zapoteco que decidió irse a la ciudad de México para buscar a uno de los grandes personajes de la historia cultural del país, José Vasconcelos. Su paisano había dicho que apoyaría a los indígenas a recibir educación, y Andrés fue a constatarlo. Con la inteligencia que lo caracterizaba, logró su cometido, pues con ayuda de un traductor Vasconcelos lo recibió y le dio una beca para estudiar en la Normal. También le dio una colección de libros verdes que hoy conocemos como los “Clásicos de Vasconcelos”. Homero, Platón, Esquilo, Eurípides y otros tantos serían los primeros autores que ese joven leería en español.

En un primer momento sólo le interesaban para aprender el idioma, aunque más adelante descubrió sus delicias. Esos libros serían los primeros de muchos que formarían su extensa biblioteca.

Con el tiempo, no sólo aprendió, sino dominó el español, a tal grado que formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua. Él decía que había aceptado formar parte de ésta para que todos los que hablaran lenguas indígenas supieran que podían dominar cualquier lengua que se propusieran, aunque no fuera la suya.

El escritor, académico, periodista y político logró conformar una biblioteca con cerca de 40 000 ejemplares de literatura –en todos sus géneros–, filosofía, historia, antropología, arqueología, lingüística, economía, contabilidad, derecho y política, entre otros muchos temas. Henestrosa quiso que el pueblo de Oaxaca tuviera acceso a ella. Una feliz coincidencia hizo que la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y el municipio de Oaxaca de Juárez brindaran las facilidades para que fuera albergada en un sitio digno de ella. Un edificio del siglo XVIII sería el lugar para resguardarla y brindar servicio al público. Nada entusiasmaba más al escritor que inaugurarla el día de su cumpleaños. Todo se planeó para darle gusto.

No olvido la emoción de ese 30 de noviembre de 2003, se inauguraba un recinto que el arquitecto Enrique Lastra, mi marido, había restaurado. Estábamos felices. Freddy Aguilar había terminado un largo proceso de clasificación y ordenación de los 40 000 volúmenes que fueron traídos a Oaxaca en camionetas blindadas para resguardar el tesoro bibliográfico. La casa repleta de gente, cientos de tehuanas luciendo sus maravillosos trajes, don Andrés coqueteando con todas al mismo tiempo, nadie como él para hacerlo con cariño. María Isabel Grañén contando la historia del proceso y del traslado, Alfredo Harp emocionado de ver que los sueños de don Andrés se hacían realidad. Era sólo el comienzo de una gran alegría compartida, de la creación de un espacio que no sólo alberga el acervo que día con día se enriquece, sino que brinda el ambiente perfecto para talleres de distinta índole, presentaciones de libros, exposiciones, seminarios y un refugio para los amantes de las letras, la poesía y la cultura. Este mes de noviembre festejamos los quince años de servicio de la biblioteca junto con uno más de los aniversarios de don Andrés.

 

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