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HÉROE DE LA TRADICIÓN ALFARERA

Lorena De la Piedra Ordaz

Desde los seis años, José aprendió a modelar jugando con el barro. Fabricaba sus propios juguetes mientras su mamá “levantaba” cántaros, apaxtles y pichanchas para intercambiar en el mercado.

Las hijas del maestro José crecieron entre las etapas del barro: cuando es piedra y lo convierten en arena, cuando el agua lo vuelve una especie de plastilina lista para jugar, cuando las manos van dando forma a lo que dicta la imaginación y cuando el fuego, el aire y la reducción de oxígeno lo materializan en piezas frágiles y bellas. Ellas aprendieron viendo las cantidades de material que utilizaba, el tiempo de la quema en el horno y el secreto para convertir las piezas en color negro.

El maestro José disfruta de la elaboración de diseños nuevos y de piezas que le piden clientes retadores. Él acepta cualquier adversidad o contratiempo que se presente en su trabajo, y lo representa con esta frase: “El barro como en la vida misma, si se cae o se rompe la pieza, la vuelves a levantar”.

Para don José, ser artesano es un don con el que se nace, y lo afirma diciendo: “Alfarero a tus cántaros. Cada artesano debe trabajar lo suyo, cada quien con lo que Dios le haya dado permiso de hacer y así van a salir cosas buenas”.

El taller de la familia López Aragón es una fachada más de San Bartolo Coyotepec, alejado del centro, sin ninguna señal indicando que ahí se guarda y comparte la tradición. Si tocas el portón verde, pueden abrirlo dos mujeres jóvenes o una señora, y al entrar, don José estará sentado sobre trapos llenos de barro tendidos en el suelo, con una almohada en el pecho, raspando con sus manos grandes un cántaro color gris, quitándole el exceso, alisándola. Dos perros saldrán a saludar, la familia te contará lo travieso que es “Churro” y que no deja trabajar a su amo hasta altas horas de la noche. A lo lejos, se escuchará música anunciando alguna fiesta, y don José contará interminables historias sobre las tradiciones de su pueblo y los avances ecológicos que han tenido. Sentirás nostalgia cuando hable de su hija menor, que ha tenido que salir a trabajar a la Ciudad de México, pero luego contará el gran orgullo que siente por haber enseñado a sus hijas a trabajar en la alfarería, y presumirá los premios que ellas han ganado.

“Trabajar el barro ha sido nuestra fuente de trabajo, y mis hijas llevan el oficio en las manos y en el corazón. Ahora no se perderá el trabajo de la alfarería que, para mí, es algo tan noble, bonito y que puedo hacer a mi gusto”. José López Aragón, alfarero de San Bartolo Coyotepec, Oaxaca.

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