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ANDO LEYENDO Y RECOLECTANDO PRODIGIOS: LA FORMA DE LAS PIEDRAS

Emiliano Aréstegui

Trabajar a modo de las fuerzas naturales, esculpir como esculpen el viento, el agua y el fuego. Mirar como ven los niños, con esa mirada primera, ahíta en la posibilidad de la sorpresa; es indispensable para trabajar con piedras y metales, alejado de amaneramientos y lejos del preciosismo.

En casa del maestro José Luis García vi a esos animales salvajes e in- móviles, sugeridos: primero por la naturaleza y luego por las manos del maestro. Encontré también a la muerte, una muerte blanca, majestuosa, puros dientes y aristas, con el cráneo expuesto, como una metáfora de las construcciones imaginarias; presente en la entrada del taller, manifestando que sólo los que saben caminar con ella tienen el prodigio de la mirada, son los que saben ir a la caza de nuevas posibilidades para crear, no sólo producir y reproducir, sino enseñando que hay otro mundo, al que sólo se puede acceder si adiestras la mirada: eso hace el maestro José Luis, darnos la posibilidad de ver.

José Luis García trabaja a cuatro manos con lo que la naturaleza lleva años elaborando. Camina, busca, encuentra, junta monolitos; les da vida con las manos y nos invita a mirar desde ese otro lado. Encuentro en una mesa a un viejo cinocéfalo, oscuro, un ser lento y nocturno. Las manos van guardadas bajo un rebozo o un gabán o el manto de la noche: un manto pétreo. Tiene rasgos, una mirada mineral, aguileña. El cinocéfalo mira de lado, con la cara ajada y el hocico fiero. ¿Quién es el viejo que camina? ¿A dónde va? ¿Qué lleva? ¿Qué trae? No se sabe, lo lleva dentro, en los morrales del cráneo. Es un viejo, así lo sugiere su espalda, su modo al caminar; es un mensajero, va y viene, piedra acostumbrada a las veredas. Su flanco derecho lo presiente amargo, se cubre el cuello con el hombro, el aire lo golpea. Sedimentos se cargan como una luz mineral sobre buena parte del dorso: el animal nocturno, el cinocéfalo, también carga luz. El costado izquierdo es más calmo, ya masticó en sus fauces los heraldos, su nariz brilla humedad de obsidiana, lo esculpe inteligente, sabe escuchar, pues no se puede ser mensajero sin antes haber aprendido a escuchar.

Este cinocéfalo me recuerda el poema de Sabines: Lento amargo animal/que soy que he sido/amar- go/como esos minerales amargos… y también Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta. Y lo sabido se hace evi- dente: el arte siempre tiene ríos que convergen. Así estas piezas se preñan de voces si el que las mira sabe interactuar con ellas. Degustó las piezas y ellas se dicen en silencio; no educan, no enseñan, sugieren; para entender- las, para leerlas, toca ser la última par- te, toca afilar el pensamiento, frente a ellas el espectador no debe ser pasivo. Así pues, si tienes la fortuna, podrás ver un cinocéfalo, un celacanto y puedes también ver a la muerte, buscarle los ojos y los dientes.

Y, mientras cierro estas líneas, me doy cuenta: me falta ver cómo trabaja, me falta ver al maestro manipular los trebejos. Ojalá pronto me haga también de ese prodigio.

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