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RAÍCES DE ADOBE Y BILIGUANA

 

 

Haydeé Cruz

En una de las principales calles de Santo Domingo Tehuantepec vive la señora Ana María Betanzos Calvo, de 70 años, quien tiene una casa antigua y tradicional de la región, la cual sufrió daños en su cubierta y en sus muros de adobe debido al sismo del 7 de septiembre. La Fundación Alfredo Harp Helú, fiel a su compromiso de conservar el patrimonio arquitectónico, le ayudó a reconstruir su casa para evitar que se demoliera.

La señora Betanzos menciona que en el momento del sismo estaba en la habitación que colapsó. “Precisamente me acababa de cambiar y yo tengo la costumbre de ponerme a hacer crucigramas antes de dormirme, oigo la tele, la veo, pero me pongo a hacer mis crucigramas, eso estaba yo haciendo para que me agarrara el sueño y ya ponerme a dormir, pero en eso estaba yo sentada cuando se mueve. ¡Ay!, dije, un temblorcito. ¡Cuál temblorcito! Cuando me da aquella sacudida, ¡pélate! No, si estuvo duro, estuvo duro, nunca había sentido un temblor así, nunca, nunca. Yo ya ni pedía perdón, ni Dios mío, ni nada, yo ya quería que parara aquello”.

La señora narra que en ese momento se estaba cayendo todo: “Yo decía, ya párale, y ya párale, ya párale y nomás no quería parar”, se hicieron aberturas por toda la casa, “fueron por pedazos, esos hoyotes quedaron ahí”. No pudo salir por ninguna de sus puertas debido al movimiento, así que se refugió en una de ellas, debajo de un tablón grueso que tieneen la parte superior y que sirvió de protección para que no le cayeran los escombros. Menciona que en ese momento llegó su amigo, quien le ayudó a salir y la llevó con él a su casa, donde se quedó mientras él fue a auxiliar a otros, pues veían que la gente tiraba puertas y ventanas para lograr sacar a los que estaban atrapados.

Después del temblor le habló a su hermano Miguel, quien le propuso construir dos cuartos. Ella aceptó, pues ya estaba resignada: “Iba yo a dejar puro patio, lleno de plantas, de flores, levantaba yo una palapita ahí, ahí pusiera mi cocina y mi comedor, y decía yo que ya con eso pues más que suficiente para mí sola”. La señora Betanzos estuvo un tiempo en un albergue y después con una prima en lo que construían: “Me venía a sentar en la casa y aquí estaba metida todo el día; me enfermé, me puse de malas, hasta la presión, todo. De por sí que padezco de la presión y soy diabética. Creo que esos días no podía ni con mi alma”.

Los papás de la señora Ana María eran de la región y hablaban zapoteco. Por un tiempo vivieron fuera, pero regresaron a Tehuantepec. Ella fue la única hija que volvió con ellos. “Desde chiquita me gustaba el campo, cuando veníamos acá mi papá nos metía mucho a trabajar al campo. Sembrábamos maíz. Sembraba ajonjolí mi papá. Teníamos plátanos, cortábamos la hoja para los tamales. Nos ponía a cada quien, nos daba dos, tres cortadores y que anduviéramos atrás del peón, viendo que cortara el coco. Lo contábamos y ya se almacenaba”.

La casa era del primer esposo de su abuela: “Ella se casó a los 16 años con un señor que tenía creo más de 40 años, pero este señor fue nada menos sobrino de doña Juana Cata C. Romero, la benefactora de aquí, de Tehuantepec. Ahí tuvo mi abuelita tres hijos y se apellidaron Romero, llevaban el apellido del papá de doña Juana Cata. Después enviudó ella, vino mi abuelito, se casó, pero ya aquí fue al revés, mi abuelito venía con 25 años, creo dice él, y mi abuelita ya tenía 45, se casa con mi abuelito y tiene un hijo que fue mi papá, nada más ese tuvo”.

Cuando sus padres fallecieron hace trece años, ella se quedó viviendo ahí. Le gusta la casa por ser tradicional y por tener tantas cosas antiguas como una peculiar ventana con barrotes de madera. Le gusta vivir ahí, por eso “cuando la vi me puse a llorar, y no creas, de vez en cuando me pongo a llorar, que la veo que está toda así”.

Declara que le daba miedo entrar a la casa porque la veía en muy mal estado, al grado de considerar demolerla, pero la visitaron los del Instituto Nacional de Antropología e Historia para decirle que no la tirara. También recuerda la visita de don Alfredo Harp y de la doctora María Isabel Grañén Porrúa, de quien recuerda estas palabras: “Está muy bonita su casa, se la vamos arreglar, va a ver, hasta le va a quedar más bonita de como la tiene ahorita”.

Doña Ana María destaca que ayudó con lo que pudo en la reconstrucción, con algo de material y dinero que le dio su hermano Miguel. Su cariño hacia la casa no solo radica en el hecho de ser una herencia familiar, sino también por haber nacido en ella: “Yo nací en esta casa, tal vez por eso me ha nacido ese cariño […] cuando me dijeron se va a tirar, me dolió, sentía yo feo, pero pues qué hacía yo”.

También comparte su pesar al ser testigo de las numerosas demoliciones de las viviendas en su comunidad: “¿Ahora qué va hacer Tehuantepec? Una casa, de puras casas de lámina, […] estoy a gusto que la casa ya no se perdió, que va a ser una de las casas que voy a presumir […] porque la mayoría se desesperó y la tiró, ¡la tiró, la tiró!, yo les decía y hasta lloraba con ellas”.

La señora Ana María menciona que “hay que olvidar todo lo feo […] lo que es bonito pues eso no hay que olvidarlo, que dice el dicho que a veces de los recuerdos vive uno, ¡a veces! Pero que sean bonitos, que sean buenos”. Mientras tanto, la FAHHO sigue trabajando en Tehuantepec para conservar las historias de las familias y la de toda una región.

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