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POETAS EN OAXACA

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Fernando Lobo

Elaborar una compilación literaria es, en cualquier caso, un acto arbitrario, lo cual no es pretexto para no intentarlo cuantas veces sea necesario. Para celebrar el Día Mundial de la Poesía (21 de marzo) la Biblioteca Andrés Henestrosa convocó a 64 autores (24 mujeres y 40 hombres), algunos nacidos en Oaxaca y otros de origen foráneo que escriben en tierras oaxaqueñas, para exponer sus escritos seleccionados, a modo de piezas colgantes, en los corredores de la Biblioteca. En palabras de la poeta Araceli Mancilla, quien emprendió la tarea: “No son todos, no son los únicos. Ésta es sólo una muestra libre y abierta. Se ofrenda al público el traba- jo de los creadores que, al compartir este espacio común, hasta en la distancia y desde otros países y lugares de México, enviaron sus poemas en español y en algunos casos también en sus lenguas de origen”.

Al recorrer la instalación Poetas en Oaxaca, lo que pudo inferirse es que la poesía de procedencia local ha alcanzado una masa crítica, un grado suficiente de autonomía y originalidad que permite enunciar cierta denominación de origen. En el texto de sala, Mancilla asume el riesgo de caracterizar esta diversidad: “Así, resuena en sus versos la antigua alabanza a la tierra al lado de lenguajes modernos de origen prehispánico. Los recorren reflexiones que van del desconcierto de la existencia a la entrega amorosa. Formulan declaraciones poéticas y establecen filiaciones inusuales con el receptor. Dan cuenta de la violencia feminicida, apuntan al corazón de tradiciones oscuras e ironizan sobre la condición femenina. También, en sus líneas transitan calles devastadas por los desastres naturales y se observa la melancolía y las injusticias que las habitan”.

Y así, el poeta oaxaqueño puede tener veinte años o setenta, ser furibundo o sereno, siempre y cuando acometa una y otra vez la empresa de resignificar la poesía, como lo hace Guadalupe Ángela, una de las exponentes más notables: “Es el sonido de la tecla del espacio / Es la migaja que deja el borrador / Es el dedo con saliva pasando la hoja / Es la carta escrita a mano a tu padre / Es la duda en el semáforo y la mano de quien conduce”. O el buen Charly A. Secas, en su intento, tal vez involuntario, por definir al gremio: “No somos transparentes. / Sólo tenemos huecos / por donde / nos traspasa la luz”.

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