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EL SONAR DE LA CAMPANA, ENTREVISTA A MANUEL NAPOLEÓN

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Rogelio González

Don Manuel, extrabajador del Ferrocarril Mexicano del Sur de 93 años, vestido con su clásico paliacate en pecho que siempre caracterizó a los ferrocarrileros, nos compartió parte de su vida en la Antigua Estación del Ferrocarril e hizo sonar, una vez más, la vieja campana que daba salida o bienvenida a los cientos de pasajeros que abordaban los trenes de Oaxaca.

Don Manuel, usted trabajó durante 49 años en Ferrocarriles Nacionales de México. ¿Cómo inició esta aventura?

Inicié el primero de marzo de 1945, en el Departamento de Vía como reparador de vía, sacando durmientes viejos y metiendo nuevos. Este trabajo era muy pesado, generalmente éramos una cuadrilla de 25 hombres que trabajábamos en la reparación de 6 durmientes diariamente. También me tocó trabajar en una obra muy importante: el ensanchamiento de la vía angosta, una obra que permitió que las máquinas de diésel llegaran a Oaxaca. El ensanchamiento se iba realizando en paralelo a la vía angosta, los trenes pasaban por en medio mientras nosotros íbamos poniendo los rieles de la vía ancha. La medida de la vía estrecha era 1046 mm y la ancha 1435 mm, siempre respetando las medidas ya que un error podría causar terribles accidentes. Fueron muy buenos años los que viví ahí. Por la vía pude viajar por otras partes del país como Veracruz, Ciudad de México, Puebla, hasta regresar a Oaxaca.

Los accidentes eran algo muy común en la vida del tren, y usted en carne propia lo vivió. ¿Cómo y dónde sucedió su accidente?

Sí, fue un accidente trágico. Nos encontrábamos muy cerca del Tule, viajábamos en un motor explorador a una velocidad de 40 km/h. No sabemos quién, ni por qué, pero pusieron un clavo sobre los rieles. Al ser tan pequeño el objeto, no nos dimos cuenta. El coche motor golpeó con los clavos de vía, se volcó y los tres trabajadores salimos volando. Sólo yo sobreviví. Me atendieron en una clínica exclusiva para ferrocarrileros y sus familias. Este lugar fue pagado con las contribuciones de los ferrocarrileros y la atención siempre fue muy buena. Después el sindicato donó las instalaciones para que se creara la clínica 38 del IMSS.

Después del accidente, ¿cómo fue su tra- bajo en el ferrocarril?

Estuve de baja por unos meses hasta que me recuperé. Después me dieron varias opciones para continuar trabajando. Una de ellas incluía prepararme para un puesto como portero checador en la estación de Oaxaca. Decidí que era una buena opción y un gran honor, porque ese trabajo también consistía en tocar la campana en cada salida del tren. El primer toque era para avisar a toda la tripulación, desde el maquinista, garrotero o auditor, que era momento de subir a la unidad. La segunda campanada era para avisar a los pasajeros y a la tripulación que todo estaba listo para partir. En la tercera campanada, el maquinista tenía que responder con dos toques de su bocina, entonces yo gritaba: “¡Vámonos!” Y el tren partía a su destino.

¿Cómo era un día a día en el Ferrocarril Mexicano del Sur?

Era un espacio lleno de voces, ruidos, gente y sentimientos. Las filas para comprar boletos era larguísima, yo tenía que estar a las vivas, por la cantidad de personas, para checar el boleto. También la sala de espera es- taba llena, los comedores y el área de paquetería y telégrafo. Los andenes se encontraban con trabajadores que acarreaban equipaje o mercancía a las bodegas. El sonido de la zona de talleres, el sonar de la campana y el característico sonido de los trenes llegando y partiendo. Esta era una estación con mucha vida.

Eso fue antes que Oaxaca estuviera bien comunicada por carreteras. Recuerdo la llegada del tren conocido como “El Nocturno”, salía de Puebla a las 10 de la noche y llegaba a Oaxaca cercadelas 8 o 9 de la mañana.

Era un tren largo con 12 coches de pasajeros. Uno era el coche dormitorio donde los ricos venían cómodamente. E segundo era el coche comedor, tenía un menú muy especial para las personas que podían permitirse un desayuno de primera clase. El tercer coche era la primera especial, que era para la segunda clases, con algunas comodidades como un sillón acojinado y baño. Los siguientes ocho vagones estaban llenos de segunda clase sencilla y siempre había un vagón dedicado a la paquetería y el correo.

También recuerdo los grandes trenes de carga. Hoy en día aún me pregunto cómo lograban las maquinas subir las tremendas cuestas de la Mixteca con 30 furgones de 80 toneladas cada uno.

En mis últimos años de servicio, ascendí a vigilante. Era el encarga- do de revisar los trenes de carga, de asegurarse que el cargamento viniera intacto y sin anomalías. ¡Qué bonitos tiempos!

¿Recuerda algún momento que haya marcado su vida en el ferrocarril?

Sí, cuando trabajaba en el Departamento de Vía, cerca de un cambio en Parián. Ahí viví una experiencia que nunca se me va a olvidar. Era un domingo en la madrugada, toda la cuadrilla estaba durmiendo en los campamentos. No me explico por qué desperté, salí a tomar aire y a mirar las estrellas. No pasó mucho tiempo cuando empezó a sonar el ruido característico de los trenes. Vi que a lo lejos venía un tren de carga proceden- te de Puebla con mucha fuerza, pero al otro extremo también venía un tren de pasajeros desde Oaxaca con la mis- ma intensidad; ya que ésta era una zona plana, las máquinas no tenían que ser forzadas. Me di cuenta que ninguno de los maquinistas estaba bajando la velocidad. Corrí rumbo al tren de pasajeros, saqué mi paliacate e hice señales para que se detuviera. El maquinista del tren de pasajeros empezó a bajar la velocidad hasta llegar a mí. Él, un poco molesto, me dijo: “¿Qué quieres?”, Le contesté: “¡Ahí viene otro tren en la curva!”. Entonces hizo sonar su bocina hasta que el otro maquinista le contestó. Del tren de pasajeros se bajó el garrotero y juntos hicimos el cambio de vía, pasando libremente el tren de carga y evitando un terrible choque.

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