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X ANIVERSARIO

Textim

Jaime Cuadriello (UNAM)

En la primavera de 2008, caminando por la esquina de las calles Hidalgo y Fiallo de la ciudad de Oaxaca, con mis colegas y amigas Angélica Veláz- quez y María Isabel Grañén, tocamos con una aldaba el portón de un edi- ficio de cantera verde del siglo XVIII y, traspasando el dintel en cuya clave sonreía un mascarón, los albañiles y carpinteros nos dieron la bienvenida a “la obra negra”.

Entonces allí se gestaba lo que en unos meses iba a inaugurar- se como el primer museo textil de nuestro país, sí, aunque era penosa la prolongada ausencia de una institución con este perfil, a la vez resultaba halagüeño, se trataba de la apertura de un recinto precursor y promisorio consagrado a la protección, estudio, análisis y exhibición de esa “otra forma” de escritura lectio-visual que son, precisamente, las prendas de uso cotidiano. O de aquellas vestiduras de cuerpo y casa que desde tiempo inmemorial y hasta el presente, nos han conferido identidad y abrigo, porte y elegancia, pudor y liviandad; en una palabra, lo que para muchos eran simples “trapos” ahora han permitido, después de una década, ingresar a una dimensión de la visualidad y el tacto que en pocos lugares se puede disfrutar, conocer y aprender como en el Museo Textil de Oaxaca.

Encomiable y oportuna iniciativa de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y de un entusiasta equipo de colaboradores, voluntarios y donado- res que están allí más por vocación y profesionalismo, que por simple vínculo laboral. Todos ellos han he- cho posible, por medio de sus me- morables exposiciones temporales y sus respectivos catálogos, que la cultura textil, ahora mismo, sea un campo fértil y generoso para los estu- dios culturales, antropológicos, etno- gráficos y peculiares de la historia del arte.

Para mí ha sido una distinción y un privilegio haber podido seguir de cerca el desarrollo de este centro de cultura y quizás lo más valioso es su modelo de gestión y exhibición, en que caben por igual la imaginación y el buen gusto. Me refiero a su distintivo rostro espacial e institucional: pese a ser un centro de exhibición de áreas constreñidas y adaptadas, con gusto tradicional y una mirada contemporánea, la vida del museo es sumamente intensa y expandida por sus visitantes, sus programas y su presencia en los medios electrónicos. Quiero decir que no se necesitan modelos faraónicos y dispendio- sos de instituciones culturales para poder penetrar entre el público de todos los niveles, en donde es protagónico la intervención de las comunidades indígenas para llevar a buen puerto un modelo de selección y co- lección, que hoy por hoy no tiene semejante en el ámbito de los museos en México. Tanto así que han llegado a una década de vida sustentable e igualmente promisoria.

No me queda más que felicitar y reconocer al equipo del museo, a los colaboradores externos y a la visión de la Fundación Alfredo Harp Helú que bajo este esquema se puede abrir y se consolida una iniciativa cultural de amplio espectro y pro- fundas raíces.

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