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MIXTECOS. ÑUU DZAHUI, SEÑORES DE LA LLUVIA EN PALACIO NACIONAL

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María Isabel Grañén Porrúa

La Mixteca ocupa un lugar central en el mapa mesoamericano y la historia nacional. Es una vasta extensión montañosa que va desde el sur de Puebla, el oriente de Guerrero, hasta la costa, el norte y el centro de Oaxaca; un mosaico que alberga hablantes del mixteco, chocho, ixcateco, triqui, amuzgo y náhuatl, al lado del español. Es una región que nos cautiva por ser tierra de grandes artistas, de ricos mercados y poderosos señoríos prehispánicos; un sitio que bajo el do- minio español logró un nuevo auge económico gracias a la producción de seda, el cultivo de grana cochinilla, la crianza de ganado y el florecimiento del comercio; un área que se reinven- tó una vez más durante el siglo XX a través de la migración de sus jóvenes y la diáspora de su cultura.

La grandeza de la cultura mixteca perdura en sus habitantes actuales, que mantienen sus costumbres, tradiciones, conocimientos y lenguas originarias. Es heredera de un rico patrimonio cultural, documental y arquitectónico; persiste en sus artesanos, artistas y comunidades migrantes que se inspiran en ella para buscar nuevos caminos hacia el futuro. Sin duda, los hombres y mujeres de la Mixteca han dejado y seguirán dejando una huella duradera en el mosaico cultural que es el México de hoy. Por lo tanto, ha sido una decisión oportuna presentar la historia, la vida cotidiana y el arte de los mixtecos a través de la exposición Mixtecos. Ñuu Dzahui, Señores de la Lluvia en la Galería de Palacio Nacional, un monumento icónico para la vida de México.

La Fundación Alfredo Harp Helú (FAHH) lleva años de trabajar en la Mixteca en proyectos de investigación arqueológica, rescate documental, restauración arquitectónica y de bienes muebles, así como la promoción de las tradiciones musicales y textileras, además de implementar proyectos productivos. Por ello y con el deseo de enaltecer las culturas de la Mixteca, la FAHH se ha sumado al esfuerzo de varias instituciones para montar esta magna exposición que establece un diálogo entre el pasado prehispánico y sus pueblos herederos.

Esta exposición explora la larga trayectoria cultural de la Mixteca mediante el vínculo entre la arqueología, la historia y el arte contemporáneo. En la muestra se aprecian piezas prehispánicas de una belleza sorprendente como la cerámica policroma, la alfarería, los grabados en hueso y el arte de los mosaicos de turquesas. El esplendor de la arquitectura virreinal se percibe en las maquetas que muestran la sofisticada técnica de las bóvedas de diversos templos y la impornente capilla abierta de San Pedro y San Pablo Teposcolula. Simultáneamente, se admiran hermosas obras de barro bruñido, realizadas por el artista de Huajuapan de León, José Luis García, o piezas pictóricas de Rufino Tamayo, uno de los artistas mexicanos que ha enamorado al mundo entero y para quien las culturas de Oaxaca eran una importante fuente de inspiración.

Entre las muestras de refinamien- to de la cultura mixteca destacan los tesoros de la majestuosa Tumba VII de Monte Albán, descubierta por Al- fonso Caso y los resultados de las ex- cavaciones recientes que fueron reali- zadas gracias a la colaboración entre el INAH y la FAHH en el Pueblo Viejo de Teposcolula, Yucundaa, donde se localizaron importantes testimonios del drama de la Conquista en un en- tierro de alrededor de 800 fosas con víctimas de una gran epidemia. En la exposición de la Galería del Palacio Nacional se logra recrear de manera fantástica una ofrenda mortuoria de la Señora de Yucundaa, que data de la década de 1540, en la que se encon- traron cerca de 70 000 objetos.

La Mixteca ha heredado al mundo contemporáneo la mayor cantidad de códices, lienzos o mapas pictográficos. Gracias a la relación afectiva que la FAHH ha entablado con varias comunidades se logró el préstamo de piezas emblemáticas como es el Mapa de San Vicente del Palmar, un documento en el que se evidencia la dinámica política y económica de al- gunos pueblos de la Mixteca Baja durante la gran transformación cultural del siglo XVI. Por ser una cultura con escritura desde tiempos prehispánicos, es fascinante la adaptación de las letras europeas para escribir el náhuatl, el mixteco y el chocho que produjo una rica tradición escrita durante la época colonial.

En esta exposición se percibe un eco del proceso continuo que se ancla en el pasado, recae en el presente y se proyecta hacia el futuro como un espejo en el que la cultura mixteca se mira a sí misma y se sabe heredera del linaje real y antiguo de los Ñuu Dzahui. Su camino siempre sigue adelante: el ir y venir del hule en la pelota Mixteca del torneo anual en Fresno, California, parece simbolizar los viajes entre la Mixteca y de los destinos de sus migrantes.

La vida cotidiana es visible en cada objeto de la exposición y también se percibe en las melodías que escuchamos al unísono de los músicos mixtecos que en el presente siguen sonando, también allende el Río Bravo. Esta exposición cumple su objetivo al parafrasear la canción mixteca que los mexicanos entonamos con nostalgia cuando estamos lejos de casa: “Oh tierra del Sol, suspiro por verte”, una tierra que vibra y llena de orgullo a México.

 

 

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