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NANCY Y LOS PENDONES DE HAITÍ

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Giovanna Galán O.

La pintora estadounidense Nancy Hild era una gran viajera; así fue como conoció y apreció los pendones que adquirió no sólo para su placer personal, sino también para apoyar a grupos haitianos en sus causas y necesidades. Nancy se enamoró de Juchitán y de Oaxaca, decidió vivir aquí y aquí decidió morir. Preparando su último viaje quiso que sus amados pendones haitianos quedaran en un hermoso lugar que ella había disfruta- do enormemente: el Museo Textil de Oaxaca. Quiso estar segura que estos textiles se le donaran y ésa fue una de sus disposiciones testamentarias: que los pendones quedaran bajo el cuidadoso resguardo del equipo del museo, donde puede entrar cualquier persona para disfrutar y aprender sobre lo que ella tanto valoró: ser una con la belleza.

Nancy quería devolverles al MTO y a Oaxaca un poco de las tantas alegrías que le habían dado. Estos pendones tan especiales, mezcla de lentejuela, hilo, conchas y sueños, son no sólo una delicada expresión artística llena de colorido y misterio: su diseño y dibujos son una oración, un diálogo, la plegaria que invita a lo divino a favorecer a lo humano; como tal, cada pendón se viste de sacralidad. Estos pendones le acompañaron en las paredes de su cotidiano oaxaqueño, eran lo primero que veía al despertar… y la vieron también entrar al sueño eterno. Hacer entrega de los pendones es un acto de alegría, como si lleváramos a un querido niño al lugar donde va a crecer.

Con esta donación se cumple el último y más anhelado deseo de Nancy Hild: quedarse en este lugar que tanto amó, rodeada de arte y belleza en un espacio de amor y respeto al arte y las culturas, quedarse en compañía de los oaxaqueños… ya llegaste, Nancy.

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