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ENTREVISTA A FREDDY AGUILAR

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Verónica Loera y Chávez

Freddy, ya tienes más de 30 años dedicado a propiciar el placer por la lectura. ¿Quién te enseñó por dónde tenías que caminar? ¿Cómo empezaste?

Son 42 años: comencé en 1975. En la Sierra Sur, de donde soy, no había bibliotecas, apenas había una escuela primaria, pero había maestros comprometidos que te dedicaban siempre más tiempo del señalado en el programa escolar y en los horarios, y te enseñaban a pintar o tejer hamacas, lo cual puede parecer inocuo, pero traslada la enseñanza escolar a un plano más lúdico y fuera de las presiones del programa y de lo cual también se aprende mucho. En mi casa había sólo tres libros, pero el padre de una amiga tenía una pequeña biblioteca en su casa y esta amiga me prestaba algunos libros a escondidas de su padre. Tal vez esa circunstancia de la transgresión representó un acicate para descubrir otros mundos en la literatura. Por otro lado, no había televisión y era muy pequeño para ir a una cantina (que había muchas) así que todo parecía conducir a los libros.

Cuéntanos una experiencia con los chavos o los adultos que te haya conmovido.

Al margen de los estudios bibliométricos, que se acostumbran en mi profesión, o de encuestas de experiencias lectoras, lo más conmovedor —y que también representa una revelación sobre los resultados de la experiencia con los libros— es la conversación con ellos y la constatación de que, a partir de sus lecturas, la biblioteca y los libros, los autores y toda esa cultura del libro está presente en sus vidas. “Mis muchachos” de la biblioteca del IAGO, por poner un ejemplo, se presentan (ya no tan muchachos) a la BS con sus niños porque ya han incorporado la biblioteca y los libros a su quehacer cotidiano como una forma de enriquecer sus vidas.

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Hay dos problemas recurrentes cuando se funda una biblioteca comunitaria: se piensa que al abrirla está el proyecto terminado, que sólo hay que sentarse a esperar lectores, y no es así.

Una anécdota, que es la mejor flor que me han dicho en mucho tiempo, es la de Moi, como le llamábamos a Moisés, un pequeño que tenía cinco años cuando comenzó a venir a la BS: Moi y un amigo jugaban Jenga cuando Moi le consultó a su oponente si podía hacerme una pregunta, porque había llegado a la prueba de que, de las dos piezas de madera que sostenían a la torre, tenía que quitar una. El amigo dijo “sí”, entonces pude ayudar a Moi: “coloca uno de los palitos en medio para que la torre mantenga el equilibrio y quita el otro”; Moi hizo lo aconsejado y la torre no se cayó, Moi exclamó: “¡De veras, es genial! ¡Con razón eres el director!”

¿Qué les recomendarías a las personas que empiezan una biblioteca? ¿Qué aspectos deben tener en cuenta para convocar a la comunidad a que use los servicios que presta?

Hay dos problemas recurrentes cuando se funda una biblioteca comunitaria: se piensa que al abrirla está el proyecto terminado, que sólo hay que sentarse a esperar lectores, y no es así. En realidad el proyecto apenas empieza y hay que dedicarle esfuerzo para atraer lectores mediante oferta de actividades interesantes, actualización y enriquecimiento constantes de las colecciones de libros, mantenimiento de las instalaciones de la biblioteca, actualización profesional de los responsables de la biblioteca; para todo eso se requiere voluntad política, inversión y, sobre todo, imaginación. El otro problema cuando se abre una biblioteca es que generalmente se llena de niños y jóvenes que van a hacer la tarea, a fotocopiar enciclopedias y a utilizar el internet y, lo que las autoridades municipales, jefes de colonia o juntas de vecinos ven como un éxito, en realidad lo que está pasando es que oculta un problema: que el público potencial ve a la biblioteca como ligada a la escuela, porque no hay libros, no hay actividades, ni hay interacción con las personas que no necesariamente van a la escuela: amas de casa, obreros, o profesionales que ya terminaron su carrera. La biblioteca no está siendo incluyente al no ofrecer alternativas de esparcimiento, lecturas, respuesta a las inquietudes y preocupaciones de quienes ya no van a la escuela.

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A quienes empiezan una biblioteca les recomendaría pensar en todos estos problemas a la hora de abrirla.

A quienes empiezan una biblioteca les recomendaría pensar en todos estos problemas a la hora de abrirla: ofrecer colecciones buenas e interesantes para un amplio rango de edades e intereses, organizar actividades para cada rango de edad, involucrar a la comunidad en el proyecto de fundación de la biblioteca, porque siempre hay personas que tienen mucho que aportar al involucrarse en ese proyecto y pensar que tienen que estar pendientes de su buen curso. En una palabra: pensar en la biblioteca como un organismo que hace comunidad. La cultura lleva décadas en desarrollarse y mostrar resultados, como dice Ang Lee. Esa misma idea se puede aplicar a las bibliotecas que, siendo incluyentes, pueden contar con mejores cimientos.

Y otra cosa: estamos convencidos de que el préstamo a domicilio es una formidable estrategia de fomento a la lectura, porque al llevarse libros a casa se está ofreciendo una prueba de confianza en los lectores, quienes consideran por eso mismo a la biblioteca como parte de su vida cotidiana; la cultura es un derecho no un lujo y, por otro lado, al llevarse los lectores libros a su casa, el efecto lector se multiplica ya que comparte sus lecturas con su familia.

El mes de marzo se inauguró otra biblioteca que apoyará la FAHHO. ¿Cómo se llama y a quiénes está dirigida?

Se inauguró la BS Ferrocarril, que comparte el espacio con el Museo Infantil de Oaxaca, en la Antigua Estación del Ferrocarril. Un elemento muy importante de las bibliotecas apoyadas por la FAHHO es que trabaja en ellas un equipo de colaboradores: bibliotecólogos, psicólogos, pedagogos y sociólogos convencidos de la importancia y del poder de la palabra hablada y escrita en la formación de personas valiosas. A ellas nos dirigimos.

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