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El orden de los días. Elvira Hernández, Oaxaca, luz & sonido, 2016.

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El orden de los días presenta un territorio y una época precisas. Se trata de una topografía fragmentada de Chile durante los años de dictadura, signado por la represión explícita.

Rodrigo Landaeta

Elvira Hernández (Lebu, Chile, 1951) es una poeta que ha desarrollado un trabajo permanente y silencioso desde principios de la década de los ochenta. Ella misma es una mujer silenciosa, de mirada aguda y palabra pausada. Como editor de este libro tuve el privilegio de recibirla en
noviembre pasado en Oaxaca y México. Me contó, caminando a un costado de la Alameda defeña, que El orden de los días fue escribiéndose durante aquella década, de manera lenta y dispersa, y que un día el destacado pintor colombiano Omar Rayo, de paso por Chile, le ofreció publicar algo en su país. Entonces, Elvira fue a sus papeles, revisó sus ideas, y de forma perentoria, antes que el vuelo partiera, entregó al artista el manuscrito original del libro, que fi nalmente fue publicado en Rodalnillo, Colombia, en 1991. Al recordar esto, pienso en el contraste entre la parsimonia de una escritura desplegada en diferentes tonos y proyectos a lo largo del tiempo, y la prisa puntual de reunir un conjunto para ser publicado. Festina lente podría ser la divisa del trabajo de la poeta, que en el último tiempo se ha visto reunido en valiosos libros que lo recopilan. Entre ellos, la antología Los trabajos y los días que publicó la editorial Lumen a fines del año pasado.

El orden de los días presenta un territorio y una época precisas. Se trata de una topografía fragmentada de Chile durante los años de dictadura, signado por la represión explícita. La percepción del tiempo y el estado de cosas, los días y su orden, se muestran a través de una constatación pormenorizada y a la vez discontinua del presente. En este repertorio aparecen, a través de un estilo enrarecido a veces, otras veces llano, significantes de la época vivida en el cruce de lo íntimo y lo social. Están los sujetos de la vida, los testigos-nadie, los propios días, humanizados por un sentir colectivo de incertidumbre cuyo ángulo de expresión no es la denuncia panfletaria, codifi cada en consignas, sino la perspectiva de una conciencia quebrada por los discursos y por tanto escéptica de una referencialidad directa.

En este impacto el lenguaje asume un giro por el cual reintroduce la realidad a su ámbito de experimentación. Este giro también es un quiebre, un quiebre con las formas tradicionales del decir. El sujeto de esos días es colectivo, pero traspasado por la subjetivad de la visión verbal en que es desplegado: “¿alguien sabe algo que pueda decirlo? / ¿por qué el sudor como un pantano dulce de algas hidrosolubles? / ¿y el ojo como una lengua elongada desorillando las cosas?” Se trata, en estas preguntas formuladas en el poema “Miércoles de ceniza”, de interrogantes que constatan el estado de perplejidad de una conciencia extrañada que fi sura el lenguaje, aunque la primera de ellas sirva como marco general para la más urgente que se hacía el país en ese momento: ¿dónde están los desaparecidos?

Creo que la metáfora del ojo como una “lengua elongada” ilustra bien esa idea de fisura, y también de sinuosidad y merodeo, del proyecto de Elvira: una “radiografía psíquica del territorio urbano”, como apunta la crítica Raquel Olea. Para Efraín Velasco, autor del prólogo, “Hernández observa a sus semejantes en un ambiente impregnado por la mugre de la pavura, elaborando postales que fijan imágenes feroces. En un tono casi telegráfico, realiza un levantamiento del paisaje urbano, no a la distancia, sino que padeciendo ese gravamen invisible que abrasa al transeúnte en una capitulación continua”. La pavura, la telegrafía, el gravamen son notas
que Velasco destaca acertadamente, dado el carácter material de toda realidad impuesta externamente (el control policial, los montajes, la violencia económica) y que la poesía intenta presentar, en este caso, como una comunicación intermitente, testimonio fragmentado de una totalidad opresiva encarnada en la ciudad y percibida como un organismo vivo.

Elvira Hernández ha sido el último tiempo candidata en Chile al premio nacional de literatura, pero su trabajo está fuera de las perspectivas oficialistas, y la poeta no ha desarrollado una tarea programática y voluntarista en busca de algo, como han señalado algunos críticos. De todos modos, que este libro haya sido reeditado en Oaxaca (tiene en sus fibras el aire y las piedras de esta ciudad), debe servir para dar cuenta de la importancia que adquiere su obra en el contexto de otras tradiciones. Como editor tengo la esperanza de que su difusión en esta región y este país tenga una rica repercusión entre los lectores.

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