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Lo que no se escribe se olvida: atreverse a contar las historias familiares

Lo que no se escribe se olvida: atreverse a contar las historias familiares

Exposición

Hace diez años Regina Santiago publicó un libro, Gonzalo de Murga, Un Quijote en México, casi obligada por el escritor oaxaqueño Andrés Henestrosa. En el libro contaba la historia de su abuelo, Gonzalo de Murga, un español que se enamoró del Istmo y ahí decidió vivir y dirigir el Ingenio de Santo Domingo. Y ahí murió asesinado en 1934

Oaxaca, Oax.- Por circunstancias, casualidades o el destino, Regina Santiago regresó el pasado fin de semana para hablar de su historia familiar, la de su abuelo, el español Gonzalo de Murga, un empresario afincado en el Istmo de Tehuantepec a principios del siglo XX, que fue dueño del Ingenio de Santo Domingo. Ella la contó hace diez años en el libro Gonzalo de Murga, Un Quijote en México. Sin embargo, ahora se encontró con una sorpresa que no esperaba: un archivo documental sobre su abuelo y su relación con quien fuera presidente de México, Adolfo López Mateos.

Regina Santiago ya hablaba en su libro de esa historia, de la que muchos hablaban en el Istmo, y que era más bien un secreto a voces: que Adolfo López Mateos era hijo de su abuelo, medio hermano de su madre.

Ella, que es analista en estrategias de comunicación, en ningún momento tuvo la intención de escribir un libro, y menos sobre su familia. Sin embargo, como ella cuenta, “el libro surge de una inquietud que tenía don Andrés Henestrosa, escritor, político oaxaqueño, pero además un estupendo conversador. Don Andrés conocía la historia de mi abuelo, conocía muchas cosas que habían sido difundidas en el Istmo de Tehuantepec respecto al dueño del Ingenio de Santo Domingo, Gonzalo de Murga, que fue en realidad el padre biológico de Esperanza y Adolfo López Mateos. Entonces, en algún momento, ya casi al final de su vida, don Andrés me llama y me dice, ‘Regina, es tiempo de contar esta historia’. Así comenzó para mí una aventura maravillosa que me cambió la vida a mí, se la cambió también a mi mamá. Y creo que le cambió la vida a muchas de las personas que estuvieron de alguna involucradas, en contacto con esta historia”.

Tras la propuesta de Henestrosa, Regina, no muy convencida al principio, empezó a investigar sobre Gonzalo de Murga. Lecturas, preguntas, viajes, entrevistas y mucho aprendizaje fueron poco a poco formando parte de lo que sería su vida desde ese momento. Ella le decía a don Andrés que no era escritora, que por qué mejor no escribía él sobre esa historia, sobre su abuelo y sobre Adolfo López Mateos. Y Henestrosa le contestaba que “la historia es tuya, es tu familia, disfrútala, profundiza en eso”.

Y en 2005 salió publicado el libro. Cuando lo presentó, le hizo la promesa al escritor oaxaqueño de que haría una segunda parte. Henestrosa se comprometió a llegar a los cien años para también presentar ese segundo libro. Pero, como cuenta ahora Regina, ella no tenía las herramientas para hacerlo. Sin embargo, ahora que vino invitada por la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca para hablar de Gonzalo de Murga, se llevó la gran sorpresa de que en la Biblioteca Francisco de Burgoa hay un archivo de documentos que en algún momento pertenecieron a su abuelo.

Como contó la directora de la Biblioteca Francisco de Burgoa y presidenta de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, María Isabel Grañén Porrúa, el archivo llegó sus manos a través de Francisco Toledo. Al pintor oaxaqueño se lo ofreció alguien hace un par de años en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO). Él creyó oportuno comprarlo y la unió en su empresa.

Pero ni Francisco Toledo ni María Isabel Grañén sabían de la investigación de Regina Santiago. Se enteraron hace unos meses por un artículo del periódico Reforma, donde se hablaba de que Gonzalo de Murga había sido el padre del expresidente de México, Adolfo López Mateos, algo que, de haberse hecho público en su momento, hubiera frustrado su carrera hacia Los Pinos, debido a que la Constitución mexicana prohíbe que los hijos de extranjeros lleguen a la presidencia del país.

Ahora, cuando Regina llega a la Biblioteca Francisco de Burgoa, descubre un montón de documentos que no sólo hablan de la relación de su abuelo con Adolfo López Mateos: también certifican la relación de la hermana del expresidente, Esperanza, con su tía.

Hay cartas, postales, fotografías y muchos documentos más que, en cierta forma, comprometen a Regina Santiago a hacer lo que le prometió a Andrés Henestrosa: la segunda parte de su libro. “Yo no tuve el material para publicar inmediatamente una segunda parte, pero en este momento, con estos documentos que estoy descubriendo, con otras historias que han llegado a mí en estos años, ya podemos. Creo que el tiempo ya está maduro, con la complicidad de todo aquel que conozca algo de Gonzalo de Murga, del Ingenio de Santo Domingo, pues escribir esas nuevas aventuras de un libro que es Un Quijote en México y que merece una segunda parte”.

Como cuenta Regina Santiago, este libro supuso para ella un gran aprendizaje, porque “lo que no se escribe se olvida. Es necesario que también aprendamos a escuchar las historias que tenemos muy cerca, que quizás son las grandes historias, pero como las tenemos tan cerca —las historias de nuestros abuelos y abuelas, madres, padres, tíos—, a veces no las tomamos en cuenta. Don Andrés me decía que hay que escribirlas, hay que escuchar esas historias familiares, porque la gran historia nacional, la historia regional, está formada por esas pequeñas historias”.

Así, ella pudo conocer la historia de su abuelo, “la historia de un ser humano que se enamoró de muchas mujeres del Istmo de Tehuantepec, pero que también se enamoró del Istmo en sí, de la tierra, del Ingenio de Santo Domingo y quiso dejar lo mejor de sí en esa tierra. Ese ha sido mi gran descubrimiento, mi gran aprendizaje”.

Todos tenemos historias que contar, seguro, pero no las vemos, las tenemos demasiado cerca para ver con perspectiva. Si nos alejamos un poco, si nos atrevemos a preguntar, no sólo escribimos la historia familiar, sino también la de nuestro país, como decía Henestrosa.

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