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Historia del Festival “Guelaguetza”

Texto por la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova //

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Imagen cortesía del AGEPEO.

Orígenes

El ‘picnic’ español-criollo en el cerro (siglos XVIII y XIX)

No existe evidencia que permita ligar el festival conocido como “Guelaguetza” con las culturas prehispánicas; su antecedente más claro lo constituye el “Corpus del Carmen” del periodo Colonial y siglo XIX. Esta celebración mayor de los Carmelitas del convento de la Santa Veracruz (‘Carmen Alto’) desde 1699 fue una fiesta de las familias españolas y criollas de la ciudad. Tenía lugar el 16 de julio, y concluía con una suerte de “picnic” de su feligresía, que tras participar en la misa, se trasladaba al cerro cercano para pasar una tarde agradable. El oaxaqueño Juan Bautista Carriedo describió este evento en su libro de 1849:

De distinta usanza es el Corpus del Carmen, pues en él se ve lo más lujoso de los trajes en la concurrencia, que toda, después de la función, se dirige al pie al Cerro del Fortín; los plebeyos a tomar la fruta, los tamales y el “chone”. Es pintoresca la vista que presenta el montecito en esa tarde… una atmósfera azul y transparente, el ambiente embalsamado de las azucenas blancas del monte que, en los sombreros de muchachos y, las bellas, en sus pechos, llevan colocadas, teniendo la ciudad y sus calles a los pies; todo, todo enajena a quien tiene la dicha de contemplar el cuadro hermoso de la tarde del Corpus del Carmen”.

El mismo autor hace una comparación con las características que -a sus ojos-, tenían las fiestas de los ‘indios’ celebradas en la parte baja de la ciudad:

Los Corpus de la Catedral y de los Príncipes dan la idea de las funciones religiosas de los indios gentiles… que, con sus santos titulares, malísimamente adornados, sus ropas sucias y rotas y sus destemplados clarines y roncos tambores, meten un ruido infernal y en gran manera desagradable”.

Esta cita, aunque prejuiciosa, nos aclara que cada sector de la sociedad celebraba por su cuenta. No existe ninguna evidencia de una participación o ‘mestizaje’ indígena en los llamados “Lunes del Cerro” hasta la segunda década del siglo XX.

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Imagen tomada del álbum conmemorativo del 4º centenario, Cortesía de la Fundación Bustamante Vasconcelos.

Los “Lunes del Cerro”

La creación de una fiesta oaxaqueña (1900-1930)

A principios del siglo XX la fiesta se fue volviendo una verbena popular sin carácter religioso. Los dos lunes posteriores al 16 de julio las familias almorzaban en las faldas del cerro, y ascendiendo por diversas rutas disfrutaban la tarde recolectando azucenas, degustando comida y bebidas, o escuchando orquestas y trovadores en carpas.

Tras la Revolución, las élites nacionales y locales promovían la integración nacional mediante la exaltación de ciertos aspectos de la historia y culturas del país. El pasado indígena se volvió tema de inspiración simbólica para una población no-indígena. La conmemoración del Cuarto Centenario de la fundación de la ciudad de Oaxaca, en abril de 1932, constituyó la ocasión idónea para plasmar estas inquietudes: un Comité Organizador, conformado por representantes del poder político y económico local, definió un vasto programa de actividades encaminadas a exaltar la “oaxaqueñidad”.

El acto central fue el llamado “Homenaje Racial”, una escenificación realizada en el Cerro del Fortín, en la que participaron “embajadas raciales” conformadas por representantes de 6 regiones indígenas del estado. El libreto detalló una narrativa en la que cada delegación desfiló ataviada con sus trajes ‘típicos’ al son de música regional, para luego ofrendar productos típicos de cada zona y rendir homenaje a la ciudad, representada por la Señorita Oaxaca, a quien los ancianos de cada embajada entregaron bastones de mando de sus pueblos. El simbolismo era obvio: el evento fue la celebración de la sumisión de las regiones indígenas al poder estatal central.

Aunque este Homenaje Racial se llevó a cabo con motivos y fecha diferentes, inspiró posteriores modificaciones en los Lunes del Cerro, que desde unos años antes habían empezado a ser organizados por el ayuntamiento. 

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Imagen cortesía del AGEPEO.

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Espectáculo, política y apropiaciones (1950- al día de hoy)

Entre 1930 y 1950 los Lunes del Cerro no tenían un programa fijo, cada año se integraban distintas actividades: danzas de las regiones del estado interpretadas por estudiantes de la ciudad; homenajes y escenificaciones inspirados en deidades, héroes y heroínas del pasado prehispánico (muchos carentes de sustento histórico); concursos de canción popular; ferias de productos; eventos deportivos y tablas gimnásticas.

A partir de 1951, funcionarios y empresarios locales buscan dar mayor proyección turística a la ciudad. En un afán de presentar “auténticas costumbres”, invitarán cada año a contingentes indígenas de algunas comunidades a presentar bailes y trajes regionales. En 1956 se le empieza a nombrar “Guelaguetza”, término que en realidad se refiere a la costumbre de los pueblos zapotecos de ayudarse unos a otros en momentos clave de la vida (el nacimiento, la boda, la muerte). Con todo esto, se da un barniz ‘indígena’ a lo que a todas luces es un festival urbano.

Desde 1951, los organizadores han decidido lo que es digno de ser presentado, invitando a las comunidades cuyas presentaciones han resultado más “populares”, y exhortando a las delegaciones a presentar atuendos coloridos y coreografías vistosas, independientemente de las realidades culturales de sus lugares de origen. Así, se han fomentado estereotipos que provocan distorsiones: bailes inventados durante el siglo XX (por ejemplo el Jarabe Mixteco y la Flor de Piña) que se presentan como inmemoriales; grupos que se vuelven únicos representantes de regiones étnicamente complejas; el fomento de ideas fijas sobre cómo “deben ser” los indígenas y la generación de una dinámica de afiliación y patrocinio político entre caciques regionales y gobierno. Desde los años 60 la presencia de gobernantes, funcionarios y celebridades se volvió recurrente en la Guelaguetza, dotándola de un tinte político que se entrelazó con su creciente relevancia económica y mediática.

 

La Guelaguetza se multiplica

A pesar de su dudosa representación de las relaciones de poder, la Guelaguetza es una fiesta muy querida y además un importante motor de la economía turística. En un sentido simbólico representa de manera idealizada a la ciudad de Oaxaca como centro del estado, y plantea un traslado atractivo y seductor de las complejas relaciones de poder entre la ciudad y los pueblos indígenas, adquiriendo gran prestigio por su cercanía con el discurso hegemónico.

A tal grado ha llegado este prestigio, que sus elementos son exportados hacia el interior del estado y hacia todos los lugares donde la población sufre la erosión de su identidad. El magisterio juega un papel fundamental en este proceso, divulgando los bailables y trajes en las programas culturales de las escuelas, determinando de esta manera lo que se entiende bajo el concepto de ‘cultura’. El poder político de la fiesta quedó claro en el año 2006, cuando el magisterio tomó la decisión de ampliar su agenda de acción creando su propia Guelaguetza ‘popular’.

Quizá el más importante ejemplo de la multiplicación no sólo de la celebración, sino de sus significados, es el de las comunidades que han retomado la Guelaguetza para resolver sus necesidades identitarias, como sucede en el caso de los oaxaqueños que residen en la ciudad de México y en diferentes ciudades de Estados Unidos. En algunos de estos lugares la celebración ha recuperado una sorprendente espontaneidad sin la participación del poder estatal, y ha logrado retomar su sentido principal como espacio de convivencia y auto-afirmación de la identidad para un público nuevo.

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